23 de noviembre #4
Salgo del centro comercial con el maletero del todoterreno lleno; el frigorífico de dos puertas garantiza que el espacio no sea un problema.
En este país, rara vez lo es. Eso sí, la tendencia al gigantismo, también en las porciones de comida, se ha convertido en un riesgo para la salud.
Advertencia mental (tardía): evitar el círculo vicioso de la comida basura a precios asequibles y las compras impulsivas fruto de estados pletóricos.
Miro mi adquisición en el fondo del maletero y me aguanto la risa.
Frente a nuestro apartamento, un hombre afroamericano saca a una niña del asiento de su camioneta, mientras un perro los espera con la lengua fuera. Imposible que hayan pasado desapercibidos al potente radar de María y Juan Antonio; deben de ser recién llegados. Él me saluda enseguida.
—Así da gusto. —Cierra los ojos y alza la barbilla hacia el sol—. Nos acabamos de mudar, soy Oliver.
—Isaiah, encantado. —Le estrecho la mano—. ¿Y quién es esta preciosidad?
Me agacho para quedar a la altura de la niña y ella lanza un chillido, meneándose en su carrito, enrabietada por la repentina pérdida de su chupete. Lo recojo cubierto de gravilla y se lo doy a su padre.
—Lo siento, creo que la he asustado.
—Tiene hambre. Se llama Isabella. ¡Nos vemos en la piscina! —Me guiña un ojo mientras se aleja, con la niña llorando y el perro ladrando tras ellos.
Parecía un tipo extrovertido, la versión americana de mi viejo amigo Marcos, a quien ayer le di la noticia de que mi viaje a Estados Unidos no era una estancia temporal como le hice creer, sino un traslado sin fecha de regreso.
Alicia insistió en que nadie debía enterarse de nuestra partida, ni cuando me fui yo ni cuando lo hizo ella.
La mudanza era un secreto de Estado hasta que ambos estuviéramos lejos de España.
Hasta mi marcha, Marcos y yo manteníamos un contacto esporádico, intentando no perder lo que nos unía, pese a que las desavenencias derivadas del episodio en el supermercado habían dejado nuestra relación tocada.
Según él, la discusión entre Alicia y las hermanas no tenía por qué haber sentenciado su amistad si Alicia no lo hubiera querido.
Lo cierto es que ella se cerró en banda y yo decidí no interceder: ya teníamos bastante con su propia vorágine emocional, aferrada a la idea de que todos se habían enterado de lo ocurrido en Londres.
De todos modos, creo que los lazos afectivos del trío se habían resquebrajado mucho antes, como consecuencia del papel involuntario que desempeñaron las hermanas con Ángel.
La confianza de Alicia debió de resentirse, aunque no fueran conscientes de lo que desencadenaban al hablar de ella a Ángel o al animarla a registrarse en la aplicación a través de la cual lo conoció.
En cualquier caso, mi inacción generó fricciones con Marcos.
Veía a su pareja deprimida y quería ayudarla haciendo entrar en razón a Alicia.
Insistió tanto que acabé defendiéndome con poca diplomacia: si nadie había hablado, ¿cómo había llegado hasta ese influencer la información del accidente?
Lancé la pregunta al aire y no me detuve ahí, añadí que, fuera quien fuese, se trataba de un bocazas.
Marcos, dándose por aludido, señaló a la propia Alicia como posible fuente.
Su insinuación sobre la salud mental de mi pareja dio pie a un cruce de acusaciones en el que saqué a relucir la deficiente investigación policial.
La discusión escaló hasta convertirse en un campo de batalla plagado de reproches, donde nos lanzamos proyectiles de mediano calibre hasta que Marcos sacó la artillería pesada: los ocho meses que pasé en Nueva York tras el fallecimiento de mi padre, sabiendo que Sandra me esperaba para casarnos; el criticable distanciamiento telefónico con ella durante la pandemia; y la desfachatez de dejarla por la paciente de un colega.
Mi decencia murió con mi padre y con cada paciente que perdimos entonces, al menos en el terreno sentimental.
Aun así, mi comportamiento fue inexcusable.
Ahora esos recuerdos han cedido su lugar a quien tanto he extrañado durante estas semanas lejos de España.
Paradójicamente, será la distancia con nuestro país la que termine por liberar a Alicia de esa sensación constante de estar siendo observada y juzgada.
Ella insiste en que no se siente así; sin embargo, la constante intranquilidad en su mirada la desmiente, al igual que su firme decisión de mudarnos en secreto, pese a que la publicación sobre el accidente pasó desapercibida y nadie en su colegio lo mencionó.
Es más, la directora dijo que la quería en el equipo docente.
Los alumnos la adoraban por su entrega y simpatía, y la aborrecían por su exigencia, prueba de nuestra tendencia natural a la holgazanería.
Antes de desviarme hacia el aeropuerto, atravieso el damero urbano.
A ambos lados se alinean casas unifamiliares, rodeadas de un césped cortado con precisión milimétrica, líneas rectas que exigen un mantenimiento intensivo.
El entorno es idílico; los propietarios confían en la armonía vecinal y no hay barreras que delimiten la propiedad privada.
La protección frente a los intrusos recae en las armas de fuego que guardan en sus hogares.
Una contradicción de esta potencia mundial que es parte de mi historia personal y en la que, no obstante, espero vivir solo de forma temporal.
En cuanto Alicia vuelva a sentirse una persona anónima, regresaremos a España.
En la puerta de la terminal se suceden los reencuentros emotivos entre globos, música y flores. Ahora desearía haber venido simplemente con el ramo que sugirieron Juan Antonio y María.
Ahí viene, directa hacia mí; no ha dudado.
Aún recuerda lo que le solté en aquel cumpleaños de Carla, cuando descubrí su pasión por la ciencia ficción y exageré un poco diciendo que, de vivir en Estados Unidos, sería uno de esos frikis que van a convenciones disfrazados de soldado imperial de La guerra de las galaxias .
Cuando llegue a mí, me dirá que habría bastado con una corbata; yo responderé que entonces no se habría reído tanto ni habría reunido el valor para hacer esto sin esconderme detrás de una máscara.
Ni esa conversación tiene lugar ni yo hinco la rodilla al más puro estilo hollywoodense.
En vez de eso, ella se refugia en mi armadura y solloza; la abrazo luchando contra la rigidez del traje.
La gente nos mira con curiosidad porque no todos los días se ve a un soldado imperial ofreciendo consuelo.
—Me iba sin ella… recogí la maleta y al llegar a la salida me acordé… ¿Cómo pude olvidarla junto a la cinta de equipajes?
Me guardo las ganas de echarle en cara que no me dejara acompañarla tal como le propuse. Se empeñó en que no perdiera días de vacaciones y en que podía con todo sola. De pronto, su aliento me transporta al pasado. Lo que faltaba: ha tomado una bebida energética. Chasqueo la lengua, molesto.
—¿Al menos estás tomando los suplementos, o también se te olvidan?
Baja la mirada, herida y me cubro la boca, arrepentido.
—Lo siento. No sé cómo he podido decirte algo tan mezquino.
—Porque estás enfadado. Yo también lo estoy conmigo misma por ese descuido imperdonable.
Los tomo, pero quizás me emocioné demasiado pronto y solo fue el efecto placebo.
Todo lo que te dije que haríamos… —aprieta los labios y niega con la cabeza— creo que necesito descansar.
—Sus ojos reflejan la tensión constante entre lo que desea y lo que su cuerpo le permite.
—No necesitamos hacer nada especial —respondo—. Solo estar juntos. Te ayudará ir a la piscina a diario. Además, he encontrado una unidad del sueño con terapias similares a las de España. Podrías repetir el estudio…
La última frase la dejo escapar como un susurro al percibir su ruego silencioso de no presionarla, porque el día a día será duro, pero luchar por mejorar a veces lo es aún más. Se aparta para observar mi disfraz y salta del llanto a la risa.
—Estás muy guapo.
Luego se agacha y levanta la pashmina.
—Mírala. Sigue dormida.
Me pongo en cuclillas.
— My furry ball .
El sonido de mi voz despierta sus ojos color avellana. Acaricio su pelo oscuro y rizado y me inclino para darle un beso.
—¡Nora, no! —exclama Alicia.
Demasiado tarde. Nora ha alargado su pequeña mano, arrancándome unos cuantos pelos. Su boca se curva en una sonrisa, mostrándonos su único diente de leche mientras agita su trofeo en el aire. Alicia se ríe.
—Te dije que no le iba a gustar que la llamaras «bola peluda». Y eso que en inglés suena más melódico.
La desato del carrito, la sostengo contra mí con un brazo y con el otro atraigo a Alicia para besarnos.
Nuestra hija reclama su protagonismo apuntando con sus manos regordetas hacia nuestras caras, sin ningún tipo de precisión (ni consideración).
Dos de sus dedos terminan en mi ojo y otros dos entre nuestras bocas.
Con un simple balbuceo logra que besemos sus mejillas, provocando su risa a borbotones.
De pronto, Alicia envuelve parcialmente mi puño con su mano.
—¡Dame el anillo, anda! Y ahórrate lo de arrodillarte, que me va a dar más vergüenza a mí que a ti. Además, yo te lo pedí primero. No creerás que te propuse mudarnos a este país a la ligera, ¿no? Me leí las leyes de inmigración y sabía que teníamos que casarnos.
Me ha gustado ese giro de guion. Le entrego el estuche para que me ayude a abrirlo. El mecanismo de muelle es todo un desafío cuando tienes una niña insistiendo en apretarte la nariz como si fuera el botón de su peluche a pilas.
El anillo llega al aparcamiento del aeropuerto dentro de su caja, le queda holgado; habrá que ajustarlo, igual que las alianzas que compró con sus padres en una joyería madrileña.
Se me adelantaron por ser un lento. Y eso que en algo sí me apresuré aquella noche loca en un motel de Iowa: en «perpetuar mis genes», como ironiza Alicia.