23 de noviembre #3
—Uy, qué raro, se te han quemado un poco —observa Lucía.
—Sí, porque el temporizador con forma de gallina gira de manera inconsistente.
El temporizador funciona perfectamente y mi norma es hornear sin quemar. No sé qué ha ocurrido. ¿Me habrá distraído la luz crepuscular que lo envuelve todo con la marcha de Alicia? Descarto esa posibilidad enseguida; precisamente me desenvuelvo bien en la penumbra mortecina del ocaso.
—Lo encontré entre los trastos que nos dejaron Isaiah y Alicia — me explica Marcos.
—Dieguito lo tuvo en la mano hasta que vio el bote de romero —añade mi hermana con una mueca de tensión, consciente de que me duele recordar la marcha de nuestra amiga.
Mi pareja, en cambio, no se ha dado cuenta. Ni siquiera después de negarme a ir al piso que Isaiah compartía con Alicia. ¿Encima de habérmela robado, nos pedía que pasáramos a recoger unos regalos y unos cachivaches que dejó «por si nos resultaban útiles»?
Los labios de Marcos se curvan en una mueca de culpa:
—Ahora entiendo por qué estaba en la bolsa para el punto limpio que olvidó tirar. Pensé que lo había metido ahí por error; lo usaba mucho en la cocina. Era muy maniático con los tiempos de cocción.
Me planto delante de ellos reprendiéndolos con mi postura corporal.
—¡Pues entre los dos me habéis arruinado el postre!
Les sonrío, aunque ahora mismo no sabría si estamparles la cabeza contra la mesa o metérsela en el inodoro y tirar de la cadena.
Me devuelven la sonrisa, tratando de disimular la incomestible bola en sus bocas.
Dieguito golpea el plato con un tenedor de plástico, provocando una lluvia de trozos que acaban en su pelo rubio.
Se carcajea y sus enormes ojos azules centellean ante el desorden que está causando.
Saboreo esa escena y el estado de placentera anticipación que me produce, porque si hay algo que me excita más que mi poder sobre las mentes humanas en las que me alojo, es pensar en las intensas reacciones que provocaré en los comensales de esta mesa, y en el público en general, cuando, tras mi muerte, todos los archivos guardados en mi aplicación cifrada se envíen automáticamente a mis cuentas en las redes sociales y se descubra hasta dónde fui capaz de llegar con mis juegos. Mi legado.
—Marcos, voy a por los bombones, las tartaletas no están buenas. —Me levanto y, con una idea en la cabeza, me encierro en la cocina para teclearla rápidamente.
23/11/25, 18:11
La mayoría de vosotros pasáis por este mundo sin pena ni gloria.
Algunos intentáis trascender en el tiempo a través de vuestras creaciones, innovaciones, logros o buenas acciones.
Los más ingenuos creéis que os mantenéis vivos por un ridículo tatuaje o dando clases a egocéntricos adolescentes. ILUSOS.
Solo los valientes permanecemos en la memoria colectiva por atrevernos a traspasar los límites éticos.
Y vosotros, los mortales, nos recordáis continuamente, tratando de entender el funcionamiento de nuestras mentes violentas y los motivos detrás de esas transgresiones.
Os empeñáis en humanizarnos sin daros cuenta de que, al igual que las criaturas parásitas, nuestra motivación última consiste en infestar vuestras mentes y controlar vuestras emociones incluso después de habernos ido de este mundo; cada vez que pensáis en nosotros.
Y creedme, acudimos a vuestros pensamientos con frecuencia.
¿O acaso no sigue resonando en vosotros aquel virus parásito que fue protagonista de la historia de la humanidad hace unos años, cerrando fronteras y doblegando naciones?
Para vuestra desgracia, ni ese virus ni yo sabemos desempeñar nuestras funciones más básicas sin hostigar a un hospedador.
Él marcó así el destino de todos; yo gobierno sutilmente el de unos pocos: mis insectos, a quienes podría aplastar con mi dedo meñique si quisiera.
No lo hago nunca, pues disfruto cultivando relaciones parasitarias más duraderas que las que establecía aquel virus.
Relaciones que, a la larga, desestabilizan a mis hospedadores y me reportan una satisfacción prolongada e intensa.
Guardo el móvil y regreso al salón con el surtido de bombones. Marcos está de pie, apilando platos sucios. Le meto en la boca su bombón favorito y digo con dulzura:
—Cariño, ¿invitamos a Sandra a la próxima merienda? Tu hermana es encantadora, lo pasaremos bien con ella.
Le sonrío, ni demasiado ni demasiado poco, en su justa medida. Una oleada de emoción me recorre al saber que en breve un nuevo archivo llevará el nombre de «Sandra».
ISAIAH
Antes de cerrar la puerta de nuestro futuro hogar, me llama Alicia. Descuelgo y escucho unas notas que anuncian un mensaje por megafonía en el aeropuerto de Nueva York, seguidas de un murmullo de voces.
—¿Alicia?
—¡Sí! Perdona, pensé que decían algo sobre mi vuelo.
—¿Qué tal la bola peluda?
—Ha mordido todo lo que encontró a su alcance.
—Estoy deseando verla… ¡veros!
—Menos mal que has corregido rápido —ríe al otro lado de la línea—. Recuerda que en cuestión de días seremos Mr . and Mrs . Martín.
—Tenemos prisa por casarnos para tramitar tu tarjeta de residencia. Y puedes conservar tu apellido, a mí me da igual.
—¡Qué romántico!
Sé que peco de pragmático; por eso, cuando aterrice esta tarde en Miami me gustaría demostrarle que, si me lo propongo, también puedo ser hasta empalagoso. Ella prosigue con tono socarrón:
—Pese a tu indiferencia, optaré por cambiar mi apellido a Rivas-Martín o Martín-Rivas. No quiero perder la oportunidad de que suene más aristocrático, aunque me falte el pedigrí.
—¿Y qué te hará decantarte por una u otra opción?
—¡La boda! —gorjea—. Tranquilo, sin presiones.
—Presión ninguna, tú casi ni la mencionas.
—Mis padres dicen lo mismo.
—¿Qué tal se fueron?
—¡Ilusionados! Siempre quisieron visitar Estados Unidos; solo necesitaban un buen motivo.
Y su hija se los dio de sobra: les pidió que fueran testigos de nuestro enlace, planeó unos días con ellos en Nueva York y después un tour por la costa oeste antes de la ceremonia.
Aprovechó la efímera solvencia que le dejó la venta de su piso para, según me explicó, ser manirrota con los demás y comprar instantes de felicidad para sí misma.
También quiso incluirme en ese derroche de alegría y decidió regalarme un automóvil a mi elección.
Echo un último vistazo al salón. Debería correr las láminas verticales de los estores; le dan a la estancia un aire carcelario que no me convence.
Salvo por ese detalle (y la cocina abierta), la vivienda es funcional.
Forma parte de un complejo con aspecto de residencia vacacional.
Los ventiladores del techo y las palmeras en los espacios comunes aportan ese sabor a verano perenne que solo algunos fenómenos meteorológicos extremos interrumpen.
El último atravesó la zona hace unos días.
Cruzo los jardines y rodeo la piscina comunitaria.
Existe un acceso directo al aparcamiento, pero hoy me apetece comprobar que todo sigue en su sitio.
En el tobogán, los hijos de un hombre que no soportó el riguroso invierno de Ohio y encontró calor en el cuerpo de una cubana; en la piscina, los jubilados que disfrutan de su segunda juventud en este estado del sol; y en la tumbona, Luciana, la agente inmobiliaria que exhibe sin pudor sus lujosas propiedades.
María y Juan Antonio se refugian de los fisgones bajo una sombrilla.
Curiosamente, ellos fueron quienes me pusieron al día de las venturas y desventuras del vecindario; salvo la inclinación de Luciana a la provocación: esa la deduje solito tras el segundo tanga brasileño y la tercera invitación a unas jornadas de puertas abiertas.
Juan Antonio, al verme, se lleva la mano a la frente a modo de visera y pregunta si estuve on duty .
No me vio en la pool . Nacido en Colombia, lleva más de cuarenta años en Miami y mezcla inglés y español, a menudo en la misma frase.
Le contesto que efectivamente estuve trabajando.
Entonces, su mujer se retira el sombrero para saludarme y señala a sus amigas que hacen gimnasia acuática.
—¿Y no entrena hoy? Las chicas lo están esperando.
—Voy al mall y luego al aeropuerto —respondo, sonriendo.
—¿Ya llegan? ¡Qué chévere! Cómprese unas arepas para el dinner de bienvenida —me aconseja Juan Antonio.
—¿Y qué flores llevará a su futura esposa? —indaga María.
Por mi silencio, deduce que no se me ha pasado por la cabeza recibir a Alicia con un ramo en la mano. Primer fallo de mi plan romántico. Al ver mi mueca, ambos se echan a reír con la sincronía resultante de décadas de coexistencia.
—Corra a Dadeland —me aconsejan, cómplices—. Allí encontrará algo lindo.
El Dadeland Mall es la meca de las compras, un centro comercial donde las relaciones sociales se construyen (y se destruyen) en un entorno excesivamente benévolo con el consumo.
Muchos clientes proceden de nuestro barrio, conocido como «la pequeña Colombia» por la alta concentración de habitantes de este país.
No es el único parche de migrantes de la ciudad: Little Havana, Little Haiti, Doralzuela y otras zonas han tejido un mosaico que remienda buena parte de la población de esta urbe.
No fue casual que la eligiéramos como nuevo hogar.
Alicia descartó cualquier estado americano en el que el termómetro bajara del punto de congelación, y ambos tachamos la costa oeste por su lejanía a Europa.
Eso nos llevó a considerar el Deep South; sin embargo, por temor a no integrarnos optamos por Florida y, en concreto, por Miami, por su interculturalidad.
Desde España conseguí un puesto en un hospital.
Ya no estoy a pie de calle; pero a cambio formo al personal de emergencias que se encargará de cuidarla en mi lugar.
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