23 de noviembre #2
Consideré seguirte, pese a la dificultad de ejercer como abogada en Londres.
Sin embargo, opté por tu repatriación. Ya me habías torturado lo suficiente con tus posados sonrientes y unos audios absurdamente optimistas sobre el uso en perfumería de un subproducto químico de una reacción industrial.
Una investigación tan soporífera como mi vida sin ti.
No tardé en recomendarte un hostal insalubre para hacerte descender al inframundo y en enviar tu número a Santiago, un hombre con fama de irresistible.
Él te elevaría al reino del alcohol y las drogas, territorio que, según sus amigos, frecuentaba desde la muerte de su hermano.
Tu caída era solo cuestión de tiempo. Volverías a mí, deshecha por las archiconocidas espantadas de ese picaflor y exhausta por la mala vida que yo misma alimentaba cada vez que te visitábamos en Londres.
Desgraciadamente, mi plan no se materializó de inmediato porque Santiago se comportó de forma inesperada: te ofreció su apartamento, se enamoró de ti y aparcó las drogas.
Ni siquiera después de su humillante vídeo se resintió vuestra relación y seguimos recibiendo vuestras fotos.
Hasta que, un día, sin avisar, aterrizaste en Madrid. Sola, triste y sin dormir.
El éxtasis de verte en un estado tan deplorable me sumió en una fase de relajación.
Por eso no advertí de inmediato que el azar había hecho girar la rueda del juego una noche en Londres, sin mi intervención.
Me enteré al investigar lo que inicialmente había tomado por un intento de reconciliación entre Santiago y tú en un hotel.
Poder acceder a tu ubicación en tiempo real, gracias a un permiso que me concediste tras asustarte con el crimen de uno de mis clientes, resultó decisivo.
El icono azul se detuvo en un tribunal penal de Londres.
Empecé a indagar sobre Santiago, convencida de que empujado por mis movimientos para precipitar su recaída en las drogas, habría cometido algún delito.
Al no hallar nada, dirigí la atención hacia ti. Y entonces llegó la gran sorpresa.
No me importó que hubieras matado a alguien; lo que me enervó fue descubrir que el azar podría haber dejado al descubierto uno de mis juegos predilectos: envenenarte en ocasiones señaladas.
Días antes del suceso, en tu veintisiete cumpleaños, habías devorado tu postre favorito: el brownie de jengibre y chocolate, preparado para provocarte primero una euforia desbordante y luego un agotamiento extremo (y con alcohol, una borrachera memorable).
Si la policía hubiera analizado tu cabello tras arrollar a aquella chica, habría encontrado rastros de metanfetamina, el ingrediente secreto del brownie .
Aquella droga estimulante, con la que adulteraba tu postre favorito en ciertas celebraciones, solía provocarte episodios de insomnio agudo que se prolongaban durante una o dos semanas, tiempo en el que disfrutaba viéndote consumirte.
Minimizo la aplicación cifrada y me pongo los cascos inalámbricos. Elijo una canción que cree la atmósfera que necesito para aislarme de las voces que llegan desde el salón. Precaliento el horno, corro a desbloquear el móvil y sigo donde lo dejé.
23/11/25, 17:21
Para recuperar el control del juego, moví ficha en el tablero: le sugerí a Lucía que le hablara de ti a Ángel, un antiguo cliente al que había colocado en ESlove cuando Santiago aceptaba a todos los recomendados.
Sabía que mi hermana, por miedo a perder a su novio pudiente, haría todo lo posible para animarle a quedar contigo.
Cuando, semanas después, me comentaste que habías conocido por la aplicación a un chico que parecía un viejo amigo, intuí que se trataba de Ángel. No quiso ir de frente, pero tampoco pudo resistirse a tu carita de niña buena.
Si ambos os comportabais en la primera cita como era de esperar, tú te negarías a acostarte con él, fiel a tu regla de oro, y él trataría de forzarte.
Y si, como sospechaba al ver tus datos anonimizados en los registros judiciales, habías sido intimidada por algún familiar de tu víctima, tu cabecita podría incluso asociar una agresión con una represalia.
La culpa y la sensación de estar en peligro acelerarían tu desgaste.
Cierro la aplicación y vierto en los moldes la mezcla de las tartaletas. El agua corriente del fregadero arrastra los restos de masa que manchan mis manos. Con la bandeja en el horno, giro el temporizador con rabia y vuelvo a sentarme para seguir escribiendo mientras el postre se hornea.
23/11/2025, 17:32
El problema fue que Ángel se descontroló y casi te mata.
Dos veces. La primera la entiendo si Lucía le había hecho creer que contigo la diversión estaba garantizada y se frustró; pero la segunda demuestra una completa falta de juicio y de control de los impulsos: ¡tomarse al pie de la letra la exageración mediática de que la policía lo tenía cercado y decidir que debía acercarse al hospital para acabar con el problema!
No imaginé que las drogas hubieran deteriorado tanto su capacidad de razonar desde que lo defendí por aquella tentativa de agresión sexual.
Un cargo del que salió absuelto gracias a mi buen hacer, aunque ya entonces supe que volvería a actuar en las redes como el depredador sexual que era.
Ángel merece la cárcel, que ejercite entre rejas su capacidad de contención. No lo pienso representar otra vez.
Ese despojo humano, el idiota de Santiago y otras interferencias, en especial la de Isaiah, me han dejado vagabundeando, sin un buen hospedador al que parasitar.
Te confieso que subestimé a tu pareja. Al principio lo vi como un instrumento para elevar el juego a nuevas cotas.
Los pequeños movimientos ya no me proporcionaban el intenso placer de antes, así que lo concebí, con su debilidad por las causas perdidas, como el tentáculo encargado de enderezar la rueda antes de que se saliera del eje si forzaba el juego.
No me equivoqué: impidió que te consumieras del todo por mezclar fármacos y contuvo a Ángel cuando cruzó la línea. Lo que no anticipé fue que te alejara de mí. Ni siquiera Marcos lo vio venir. Un ultraje. Los juguetes que se comparten no se hurtan, y menos cuando están rotos.
Quizá le permití demasiado porque me vi reflejada en él: tras una fachada impecable, una mente retorcida.
Todos sabemos que el altruismo desinteresado no existe y que nadie carga voluntariamente con una enferma.
Cuando se canse, se irá, llevándose consigo al baboso ser que ahora os acompaña a todas partes.
Entonces volverás a mi lado. Entretanto, y aunque nunca te consideré un bien fungible, buscaré otra mente que socavar.
Bloqueo la pantalla y dejo el móvil a un lado. Abro mi bolso y examino mis angelicales facciones en el espejo plegable. Lo cierro con un clic seco y, sintiéndome inspirada, entro de nuevo en la aplicación.
23/11/25, 17:48
Mi belleza, que intimidaba a mis compañeras de instituto, ahora dificulta que alguien crea que soy algo más que una mujer hermosa e inofensiva.
No hay ni un ápice de malicia en mi rostro, ni un solo gesto que denote mi sed de control.
Mi reflejo sigue siendo perfecto, y mi motivación para hacerte daño, a ojos de las mentes simples, nula.
Por eso me pregunto qué te llevó a sospechar de mí aquella tarde en el supermercado, cuando creíste que un hombre te había robado las llaves y te seguía. Por mucho que metieras en el mismo saco a mi hermana, tu alusión a que jugábamos contigo logró inquietarme.
He repasado cientos de veces los movimientos que mencionaste: regalarte un bikini con un mensaje cargado de intención el verano en que regresaste a España; intentar emparejarte con Ángel, «vuestro compinche», como lo llamaste, sabiendo que podía sobrepasarse contigo (aunque no imaginé que llegaría a acuchillarte); las pastillas que escondí en tu impermeable antes de tus vacaciones, y, el último de todos, filtrar la información sobre el atropello.
Incluso repasé otros que no llegaste a citar: la nota de odio que envié a tu piso, escrita en un folio que firmaste sin darte cuenta entre la documentación para el juicio; los ramos de flores idénticos que compré cuando Ángel te apuñaló y tras tu sobredosis; el perfume con cumarina que elegí para que mi hermana te lo regalara, porque ese aroma te había alertado de la presencia de Ángel en el hospital; o mi relación íntima con el juez instructor, que permitió que algunas diligencias incómodas quedaran fuera de la instrucción de los ataques de Ángel.
Sigo convencida de que no pudiste inferir nada a partir de aquellos movimientos.
Todos estaban diseñados para desconcertar sin delatarme y, en la mayoría de ellos, usaba a mi hermana como pantalla.
El entramado tenía una arquitectura pensada para impedir que alguien llegara hasta mí.
Cuando confluyen tantos elementos y la víctima, trasnochada, cree sufrir delirios persecutorios al despertarse por las noches, ¿cómo identificar quién mueve los hilos?
Yo, desde luego, no voy a alardear de ello; es el error de quienes juegan con la vida ajena.
Lo veo a menudo como abogada de oficio: todos sucumben a la vanidad y acaban encerrados.
Yo, en cambio, sé retrasar la gratificación.
Claro que disfrutaría escuchando el crac final de vuestras mentes, resecas por mis artimañas, y también viendo cómo me idolatráis hasta convertir estas notas en material para una serie de televisión.
Pero conozco la pena de cárcel a la que me expongo y necesito dar rienda suelta a mis instintos en libertad.
Estas pulsiones oscuras son mi forma de vida.
Por eso no abandonaré el anonimato hasta después de muerta.
Entonces leeréis, estupefactos, cómo fui escribiendo vuestras vidas, deliberadamente míseras y desgraciadas.
Guardo el móvil en el bolso y coloco las tartaletas en una bandeja. Salgo de la cocina y se las ofrezco a mi hermana, a Marcos y a Dieguito.