En tiempo de juego 23 de noviembre
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23 de noviembre

LUCÍA

—¡Cómo pasa el tiempo! Por esas fechas vimos a Alicia por última vez. Hace más de un año.

—Fue ella quien decidió apartarse después de su brote psicótico —respondo con frialdad.

—Ya… —musita con los ojos extraviados en algún recuerdo.

Mi sobrino agita el bote de romero y ya no va a soltarlo hasta descubrir qué suena dentro, como un sonajero con sordina.

Carla se lo arrebata, alegando que aún puede usarse porque la fecha solo indica consumo preferente.

Sigue irritada porque «Alicia se largó ayer del país como una prófuga, tras décadas de complicidad».

Así lo describió, incapaz de aceptar que, a diferencia de unas hierbas secas, nuestra amistad sí tenía fecha de caducidad.

A mí recordar a Alicia no me duele tanto, aunque a veces haga aflorar fragmentos de conversaciones de hace tres años, justo después de que Carla descubriera que Santiago se había citado con ella en un hotel, cuando yo ya llevaba dos meses saliendo con él.

Entonces ignorábamos que nuestra amiga iba a ser juzgada por atropellar accidentalmente a una chica y que Santiago la estaba ayudando; por eso interpretamos aquel encuentro como un intento de retomar su relación.

Recuerdo que me eché a llorar. Me había hecho demasiadas ilusiones con Santiago: atractivo, divertido, rico y, sobre todo, desprendido.

Me veía lejos de trabajos precarios, instalada en uno de los barrios más exclusivos de la capital, para orgullo de mis padres y envidia de las chicas que se lo disputaban.

Mi hermana al ver mis lágrimas preguntó:

—¿Tanto te gusta?

—Mucho. Y creo que podríamos tener algo serio si se olvidara de Alicia.

—Te ayudo.

Aquella respuesta me descolocó. Siempre que Alicia entraba en escena, mi hermana solía protegerla a ella, aunque yo, como hermana pequeña, no lo considerara del todo justo. Agitada por el temor de que él la recuperara, exclamé:

—¡Voy a decirle a Alicia que Santiago está conmigo! Se enfadará con él por jugar a dos bandas.

—Y entonces Santiago te culpará a ti por haberla apartado de él y te dejará. Alicia tiene que quedar con algún chico. Si Santiago ve que ha pasado página, se centrará en ti.

Me perdí un poco en su razonamiento, pero mi hermana siempre había sido la cabeza pensante de las dos, así que asentí. Ella continuó, como siempre, muy segura de sí misma:

—Podemos hablar con alguno, explicarle cómo es Alicia, lo que le gusta… Así será más fácil que conecten. ¿Conoces a alguien que pueda encajar?

—No. Tú eres la que siempre anda buscándole pareja.

—Déjame pensar... ah, ya sé: el programador que contratasteis para ESlove.

—¿Ángel Torres, el que recomendó para la aplicación un contacto tuyo? No lo conozco personalmente; trabaja en remoto.

—Sí, creo que no tiene pareja. Prueba. Háblale de ella.

Seguí su consejo y ante el interés de Ángel, terminé “vendiendo” a mi amiga en una cadena de mensajes. Incluso mencioné su tatuaje, convencida de que podría atraerle, ya que él llevaba uno en el cuello.

A los pocos días llamé a Carla para contarle:

—No lo entiendo. Cuando le propuse conocerla, lo único que preguntó fue si estaba registrada en ESlove.

— Es informático; será de los que se desenvuelven mejor en redes. Intentaré que Alicia se cree un perfil en la aplicación; además, eso la animará a conocer a otros chicos.

Unas semanas después, Carla me llamó con la mejor de las noticias: Alicia chateaba en ESlove con un tal Íñigo. Íñigo o Ángel. La misma persona, aunque entonces no lo supiéramos. A Ángel le interesó Alicia, pero fingió lo contrario. Ya debía de estar tramando algo.

Tras su detención, después de que intentara matarla por segunda vez en aquel hospital, pensé en aclarar que yo no había sido la única responsable de su fijación con mi amiga, que mi hermana Carla también había tenido su parte de culpa.

Incluso me rondó la idea de preguntarle a mi hermana, qué contacto suyo le había recomendado a semejante alimaña para trabajar en la aplicación de Santiago.

Lo descarté enseguida; estaba demasiado interesada en reforzar nuestro vínculo como para incomodarla o reprocharle nada.

Y, en el fondo, sentía cierto resquemor hacia Alicia: me había robado a Santiago para ni siquiera quedarse con él.

A veces, en un intento de consuelo, me repito la frase con la que el profesor más duro de mi facultad cerraba los exámenes: «De toda experiencia amarga es posible extraer una lectura positiva».

La mía ha sido recuperar toda la atención de Carla.

No es agradable ser el segundo plato de nadie: ni de Santiago ni, menos aún, de mi propia hermana.

CARLA

Lucía sale de la cocina con el niño. Desbloqueo el móvil, introduzco las claves y abro el archivo «Alicia» en mi aplicación cifrada, donde todo queda protegido hasta que el sistema lo envíe a sus destinatarios.

Hoy quiero escribir la última entrada, a modo de cierre; por eso quizá sea más extensa de lo habitual.

23/11/2025, 17:05

Cuando te conocí, los amigos y las parejas iban y venían entre fiestas y aulas de la universidad. Tú en cambio llegaste para quedarte. Te convertiste en la mejor amiga de mi hermana porque, según ella, eras un ser de luz.

Un ser que amenazaba mi esencia: la de la niña fascinada por los villanos capaces de controlar la mente ajena; la de la joven que proclamaba que los hombres se la jugaban cuando, en realidad, era ella quien los manipulaba; la de la futura abogada de oficio, dispuesta a defender a quienes se atrevían a transgredir.

Tu alegría constante, el sonido de tu carcajada que llegó a zumbarme día y noche, eran insoportables, y soñaba con borrarte la sonrisa. Una tarde, las historias de tu primera pareja, el biólogo, cristalizaron en la forma perfecta de lograrlo.

Recordarás los gusanos de crin de caballo de su proyecto: unos parásitos cuyas larvas se infiltran en el sistema nervioso de ciertos insectos y los obligan a moverse de forma errática hasta que, por azar, acaban arrojándose al agua.

En ese momento, la forma adulta, que es acuática, emerge y se desliza libremente mientras el insecto se ahoga.

Si tú no terminaste también bajo el agua fue porque aquel biólogo dijo que los parásitos más evolucionados no matan a la criatura en la que se alojan.

Él lo explicó como una estrategia de supervivencia: si el hospedador vive más tiempo, el parásito incrementa sus posibilidades de propagarse.

Yo pensé en algo más interesante: si lo mantiene con vida, puede disfrutar del espectáculo de ver cómo se va consumiendo.

Alicia, cariño, tú eras mi hospedador. Tu vida estaba llena de despistes y giros inesperados porque la tenía en mis manos y la manejaba mediante pequeños movimientos que alteraban el curso de la partida.

Actuaban como catalizadores y te acercaban al límite sin llegar a romperte; en su justa medida, una virtud fundamental en cualquier camino hacia la felicidad.

De ahí que practicara tanto el autocontrol.

Lamentablemente, algunos de mis brazos ejecutores no lo hicieron y han sido los responsables de que te hayas escapado de mi alcance.

Antes, tu existencia discurría como yo la había diseñado: manipulaba tu mente como aquellos parásitos y explotaba tus flaquezas.

Con todo, mi mejor baza siempre fue instrumentalizar a quienes te rodeaban, o a quienes colocaba cerca de ti, sembrando en ellos ideas que germinaban, florecían y te robaban la luz, ensombreciendo tu vida sin apagarla del todo.

Nuestra amistad se descompuso cuando algunos de mis tentáculos se agitaron en exceso, apartándose del camino trazado.

Como consecuencia, te alejaste y tuve que retirarme.

La mala fortuna ha querido que esos movimientos opuestos no condujeran a la reconciliación que ansiaba tras el incidente del supermercado, sino a los miles de kilómetros que desde ayer nos separan.

Te voy a echar de menos. Al fin y al cabo, antes de conocerte yo solo apuntaba maneras.

Contigo desarrollé mi potencial. Tu predisposición al insomnio se combinaba con una personalidad idónea para jugar: distraída, confiada, complaciente, cándida, sensible, perfeccionista…

y lo imprescindible, extremadamente reservada con tus preocupaciones.

Prácticamente hermética. Ese rasgo te convirtió en mi juguete más preciado.

Tu empeño en no compartir tus problemas, convencida de que así evitabas magnificarlos, y tu obsesión por preservar tu autonomía fueron el combustible que mantuvo las ruedas de mi juego girando, cada vez más flojas, deformadas y fuera de su eje.

Y yo, mientras tanto, divirtiéndome sin levantar grandes alarmas, como una criatura parásita que causa una enfermedad silenciosa e irreversible.

En mis comienzos, no había establecido expectativas claras; quizá por eso recuerdo con orgullo simples travesuras.

Una semana te drenaba sin agotarte, obligándote a reescribir tu proyecto de fin de curso que hice desaparecer del ordenador.

A la siguiente, te dañaba sin romperte y te dejaba días enteros culpándote por haber “olvidado” echar el freno de mano, provocando desperfectos en el coche de tus padres.

Cuando nos fuimos a vivir juntas, se desplegó ante mí un abanico de posibilidades.

Dormíamos a escasos metros la una de la otra y tras perfeccionar mis técnicas, sabía cómo despertarte por las noches para hacerte creer que sufrías delirios persecutorios.

Los montajes fueron tan convincentes que mi hermana se desesperó porque no buscabas ayuda profesional.

Te adueñaste de mi atención, convirtiéndote en sinónimo de reto, alerta, euforia y regodeo, el antídoto perfecto contra el hastío existencial.

Una estimulación indispensable que se trastocó el día que decidiste mudarte a Londres.

Ninguno de mis movimientos consiguió disuadirte, ni siquiera la fractura de muñeca, al resbalar en el baño por el exceso de jabón en el suelo.