En tiempo de juego 13 de septiembre
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13 de septiembre

ALICIA

Isaiah recoge las tazas del desayuno en la cocina; le pregunto si ha visto mis llaves de casa.

—¿No estaban en la chaqueta?

—Sí, pero las he vuelto a perder.

—¿Has mirado en…?

—Por todas partes. No están.

Nos damos un beso apresurado y salgo corriendo con sus llaves mientras él me desea un buen día.

El aroma a infusión de matcha de su boca ha pasado a formar parte de mi catálogo de olores predilectos.

Todavía lo tengo presente cuando subo al autobús que me lleva al trabajo.

Guardo el abono de transporte en mi maxibolso, junto a las llaves.

«Este juego no lo voy a perder», me repito.

Aun así, debería acoplar un localizador inteligente al llavero.

Al otro lado del pasillo, un hombre huele a vinagre; probablemente pasó la noche bebiendo y ahora expulsa el exceso de ácido acético, producto del metabolismo del alcohol.

El resto de los pasajeros no parece notarlo, es la desventaja de un olfato sensible.

Me cubro la nariz para bloquear el hedor y disimular los bostezos del desfase horario que arrastro desde Estados Unidos. Cierro los ojos hasta mi parada.

En las escaleras del colegio, la curiosidad que despierto como nueva profesora de Química provoca que algunos estudiantes me lancen miradas furtivas.

Antes de entrar en clase, me cruzo con una compañera con la que he compartido impresiones esta primera semana.

Me informa de que el jefe de estudios ha dejado bombones en la sala de profesores.

Paso la hora repeliendo los ataques de un rebaño de corderos con piel de lobo.

En algunos momentos dudo si podré resistir sin el bombón del jefe de estudios, el dulce; él es un hombre de rasgos bastante picassianos.

Saco fuerzas imaginando el chocolate derritiéndose en mi paladar, aunque sé que no debería tomarlo por su efecto estimulante.

En la sala de profesores me llevo un bombón a la boca y echo un vistazo a la agenda.

El número trece está en negrita. Deslizo el dedo hacia arriba: V de viernes.

Un día más, rutinario. Sonrío, celebrando la cotidianidad de la fecha más temida de mi calendario.

Corrijo exámenes y preparo las clases del lunes.

Luego cierro el ordenador con un golpe de optimismo porque el rendimiento de mis alumnos ha mejorado y he recibido un mensaje de Carla.

«¡Tendrás mucho que contarnos del viaje! Nos vemos en un rato ¡Qué ganas!».

Despejé las agendas de mis amigas con el pretexto de celebrar mi vuelta al cole como profesora.

Ahora que empiezo a encauzar mi vida, quiero desprenderme del malestar que me asalta al pensar en ellas.

Carla y Lucía han sido cómplices de mis alegrías y mis penas.

Por eso, no permitiré que lo que ocurrió con Ángel nos distancie.

Perder nuestra amistad sería como renunciar a una parte de mi identidad.

Subo al autobús, animada, anticipando una tarde revitalizadora con mis incondicionales.

Sin encontrar asiento, termino junto a un chico con una camiseta naranja que huele a pescado frito.

Me lanza miradas fugaces. ¿Tendré cercos de chocolate en la boca?

Paso disimuladamente el dorso de la mano por las comisuras de los labios.

En un giro brusco del conductor, el chico se me echa encima, arrastrando mi bolso hacia el suelo.

Se disculpa de inmediato. Recoloco el bolso y le hago un gesto con la mano para restarle importancia antes de cerrar los ojos, aferrada al asidero.

Al cabo de un rato, una voz pregrabada anuncia mi parada. El chico se baja conmigo. Camino rápido.

Estoy a punto de sacar las llaves del portal cuando Olga, nuestra vecina, sale con prisa. Compruebo que no hay reflejos naranjas en el cristal de la puerta y entro aprovechando que está abierta.

En el descansillo, hurgo en mi bolso sin encontrar las llaves. Oigo el ascensor acercarse. Con la mano todavía dentro del agujero negro que tengo por bolso, retrocedo instintivamente. Huele a pescado frito: el chico de la camiseta naranja me ha seguido.

*

Carla y Lucía intentan calmarme en el supermercado de mi calle, después de acudir a mi llamada de auxilio.

—¡Ay, Alicia! Los que te conocemos sabemos que eres una gran persona, y eso es lo que debe importarte —remarca Carla, despacio, como si hablara para Dieguito, que me mira desde su sillita infantil.

Sus palabras de consuelo no tienen que ver con lo que me hace temblar. Mis balbuceos solo lograron que Marcos subiera a recoger mi bolso del suelo del descansillo, donde lo abandoné en la huida. Regulo la respiración hasta reunir suficiente aire para contar lo que me ha sucedido.

—Me han seguido hasta casa y no es una paranoia, tengo pruebas.

—¡¿Te ha seguido un periodista?!

—¿Me ha seguido un periodista? —repito, incrédula de que eso sea lo primero que se le ocurra a Carla.

Marcos llega con mi bolso en la mano y no puede ocultar su extrañeza al escuchar a su pareja.

—¿Un periodista? No creo, ningún medio de comunicación lo ha publicado.

Las caras de mis amigas se contraen y yo me quedo lívida.

—¡¿Publicado?! ¿El qué?

Desbloqueo mi móvil, la única fuente que puede darme una respuesta imparcial, pero Lucía me lo arrebata. Forcejeamos; en el tirón, la araño sin querer y recupero el teléfono.

—¡No busques! —suplica ella.

Ignoro su advertencia y entro en la redes sociales.

Lucía intenta restarle importancia a la publicación que encuentro, diciendo que nadie tomará en serio a un charlatán.

Yo estoy al borde del abismo. El trágico suceso de Londres es de dominio público.

Ya no soy la víctima, sino el verdugo. Mi nombre arrastrará el recuerdo perpetuo de lo ocurrido, borrando cualquier buena acción futura.

Y lo que más me desgarra en el presente: ¿qué ejemplo voy a dar a mis alumnos adolescentes? No me considerarán digna de respeto.

Durante todo el día me aferré a explicaciones benévolas para justificar las miradas y los gestos ajenos, convencida de que eran fruto de mis obsesiones. No lo eran. Me miraban con condena porque habían visto la publicación.

—¡Eran ojos acusadores! ¡Lo sabían! —exclamo, crispada.

—¿Quién te ha mirado así? —pregunta Lucía, horrorizada.

—¡Todos! Incluso Olga, mi vecina, que siempre charla conmigo, hoy me ha esquivado.

Carla niega con calma.

—No es una publicación popular. —Señala los iconos en la pantalla y luego me mira con tristeza—. Lo siento… cuando nos llamaste llorando, pensamos que era porque la habías visto.

—Roca ya ha reclamado a la plataforma que la retiren —me informa Marcos.

Lucía mira a su hermana.

—Y también pueden demandar a ese imbécil, ¿verdad, Carla?

—Sí, aunque no me metería en otro proceso judicial si la publicación desaparece.

—¿Cómo se enteró? —pregunto, todavía sin dar crédito.

Santi y yo nos hicimos esa misma pregunta cuando, después de que subieran a una red social el vídeo en el que salía borracho, apareció en la prensa una foto nuestra llegando a un restaurante: una cena con sus padres que habíamos improvisado unas horas antes.

Si no recuerdo mal, solo dos personas, además de mis padres, conocían en tiempo real mis movimientos aquellas Navidades de 2021: Carla y Lucía, a quienes también confié el desgraciado atropello. Dicen que los amigos son la familia que se elige, pero… ¿y si uno elige mal?

—Vosotras no habréis contado lo que pasó en Londres, ¿verdad?

Marcos acoge con indulgencia mi velada acusación y propone llamar otra vez a Isaiah, ya debe de haber terminado su turno. Intenta conducirme a la salida del supermercado; me quedo clavada al suelo.

—Lo del atropello solo lo sabíais vosotras y mis padres —recalco, mirando a ambas.

—Y Santiago, Isaiah y tus terapeutas —me recuerda Lucía.

—Y a veces abogados o testigos comentan detalles con conocidos y acaban produciéndose filtraciones como esta —señala Carla.

—¡Pero lo de la cena en el restaurante solo lo sabíais vosotras!

—¿Qué cena? —pregunta Carla, con la misma expresión de estupor que su hermana.

—Después del vídeo de Santi, con sus padres, en Navidades. Solo os comenté ese plan a vosotras y luego apareció en la prensa. Habéis hablado de lo de Londres. ¡Incluso disteis la fecha! El influencer ha esperado hasta hoy, viernes trece, para publicarlo —las reprocho, alterada.

—En la publicación insiste en que el coche pertenecía al hijo de Dalia Castellanos y que él iba contigo. Con la reputación de Santiago, muchos pensarán que era él quien conducía —opina Lucía, creyendo que eso me calmará.

Sacudo la cabeza con furia.

—Por eso Santi tenía pánico a que los medios se enteraran. ¿Queríais vengaros de él también?

Carla da un paso atrás.

—Alicia, ¿tú te estás oyendo? Me estás dando miedo.

Dieguito, contagiado por la tensión de su madre, irrumpe en la conversación con un llanto airado. De un manotazo lanza al suelo la única verdura a su alcance. Me agacho para recogerla, conteniéndome para no unirme a sus lloros. Cuando me incorporo, Lucía intenta abrazarme.

—Todavía estás muy nerviosa.

La aparto bruscamente y grito:

—¡¿Y mis llaves?! Ese periodista me las ha robado para investigar en mi casa.

Mis voces se quedan suspendidas en el aire.

Los tres me miran asustados, como si hubiera soltado una majadería.

Marcos es el primero en reaccionar. Sin decir nada, empieza a sacar objetos de mi maxibolso y los coloca uno por uno en la báscula de las hortalizas.

Observo el peso de lo que llevaba encima.

Con razón me duele el hombro. Debería comprar una mochilita; la marca de accesorios que le gusta a Lucía tiene colores alegres y me dijo que le hacían descuento.

Podríamos pasarlo bien yendo juntas de compras.

Vuelvo en mí; no es momento para distracciones triviales.

Marcos sigue revisando el bolso con la precisión de un experimentado agente antidrogas.

Lo pone del revés y, rebuscando a fondo, encuentra las llaves de Isaiah.

Me las muestra junto al agujero del bolsillo interior.

—Se te habían colado por un descosido en el forro —me comunica, alzándolas.

—¡Ay, pobre! —exclama Carla, con tono conciliador—. ¡Cómo ibas a imaginar que estaban en el doble fondo!

Balancea el carrito de Dieguito para que deje de llorar y añade sonriendo:

—¡Venga! Vamos a tomar esos pinchos y a relajarnos todos. Nos tienes que contar mucho de ese fantástico viaje.

—¡Sí, vamos! —secunda Lucía.

Las dos me sonríen como si esperaran que en cualquier momento señale una cámara oculta y me eche a reír. No lo voy a hacer. Sus sonrisas son las de siempre, amigables, pero ahora sé que detrás de ellas se esconde algo perverso.

Dieguito sigue llorando con una insistencia que perfora los oídos, tan estridente que algunos clientes ya nos miran. En cualquier momento alguien me reconocerá. Lo que faltaba, que me graben y termine convertida en un meme viral, como Santi.

—¡Cállate, pesado! —le espeto, agitando el puerro frente a su cara encendida.

Se queda un instante en silencio, impresionado por mis ademanes, y luego rompe a llorar aún más fuerte.

—Te estás pasando —me advierte Carla—. No descargues tu rabia con nosotros. Marcos, saca al niño.

Él se aleja empujando el carrito con Dieguito berreando. Me giro hacia ellas y agitando las manos les chillo:

—¡Vosotras sois las que os habéis pasado! Urdisteis un plan con Ángel, vuestro compinche. Y metisteis pastillas de mi antigua medicación en mi impermeable antes de que me fuera de viaje.

Carla y Lucía abren mucho los ojos, acorraladas.

—Alicia… —pronuncia Carla con falsa ternura.

—Te esperamos fuera —interviene Lucía, cogiendo del brazo a su hermana para llevársela.

Carla no se mueve. Tiene algo que decirme. Y yo a ella.

—Alicia, cariño, estás distorsionando la realidad y te haces daño —dice con voz dulce. Se vuelve hacia Lucía y susurra—: No podemos dejarla sola en este estado. Es peligroso. Deberíamos acompañarla al hospital para que la evalúen.

Habla como si padeciera sordera o estuviera tan mal de la cabeza que necesitara su tutela. Le grito que no voy a ir y le sujeto la muñeca con fuerza, mirándola primero a ella y luego a Lucía, que parece estar de acuerdo con su hermana en encerrarme otra vez en un hospital.

—Habéis estado jugando conmigo. Tenía que haberlo sospechado; ya me lo anunciasteis con el bikini.

—¿Qué bikini? —preguntan al unísono, fingiendo sorpresa.

—El negro deportivo. Me lo diste tú, Carla, de parte de las dos. No os hagáis las tontas ahora.

—Por favor, Alicia, tenemos que ir a urgencias. Estás delirando —responde Carla, con la voz rota y lágrimas de cocodrilo en los ojos.

—Carla, déjalo. Razonar ahora no ayuda. ¡Salgamos! —insiste Lucía, cogiendo a su hermana del brazo, nerviosa porque las he desenmascarado.

—¡A lo mejor no son delirios y vosotras sois las que estáis locas! —exclamo, blandiendo el puerro delante de ellas como si fuera una espada.

Lucía, que ya había comenzado a arrastrar a Carla hacia la salida, se detiene en seco. Se vuelve y me mira con una expresión que rara vez la he visto.

—¿Así es como agradeces a mi hermana todo lo que ha hecho por ti, todos sus desvelos?

¿Sabes por qué no mejoras? Porque no te da la gana.

¡Toda la vida negándote a tratar tus paranoias!

En el fondo, disfrutas siendo el centro de atención.

¿No crees que ya has acaparado suficiente protagonismo, o todavía no estás satisfecha, qué vas a hacer ahora, pegarnos con una verdura en la cabeza?

¡Alicia, nos tienes a todos orbitando a tu alrededor!

Dejo caer el puerro; nunca había visto a Lucía perder su templanza. Por fin ha dejado entrever su verdadera personalidad.