31 de agosto
ISAIAH
—Destiny es muy divertida.
—Ajá.
—No sabía que te llamaban Izzy.
—Ajá.
—Sé que no ha sido exactamente como esperabas.
Agarro el volante con fuerza.
—¿Por qué lo dices?
—Porque no has abierto la boca desde que salimos de la bolera.
Me quedé mudo porque mi madre era una altiva dama en lo alto de su pedestal de hielo y activé el piloto automático, pasando el resto de la tarde anestesiado emocionalmente.
Diría incluso que, de los Hansen, solo mi primo segundo y Destiny mostraron sentimientos propios de ser humano.
Él, incrédulo porque aún no daba crédito a mi fantasmal aparición entre sus cultivos, y ella, ilusionada al conocer a un héroe quijotesco.
El apelativo lo decidió Destiny motu proprio ; el adjetivo calificativo lo añadió Alicia, dando pie a una larga conversación sobre el personaje literario que sirvió para disimular un extraño silencio (por infrecuente) entre una madre y su hijo.
Apago el motor del coche, pero aún me cuesta alejar mis manos de la sensación de falso control que me otorga el volante.
El automóvil se cierra con un destello de luces e ilumina el motel: un edificio espartano de pasillos corridos al aire libre, con vistas a la autopista estatal, la ruta más corta al cementerio de Iowa City.
A nuestra derecha, un coche clásico color rosa palo acentúa el carácter nostálgico de estos moteles de carretera, símbolos históricos de los largos desplazamientos y de la vida nómada estadounidense.
Tras esa deriva mental, salgo y rodeo a Alicia con un brazo.
—Estoy bien; no tuve tiempo de crearme expectativas.
«Aunque hasta hoy no hubiera dejado de alimentar la idea de que el vínculo especial con una madre nunca se pierde».
La realidad es que dos décadas de distanciamiento han destejido nuestro lazo maternofilial, reduciéndolo a un hilo invisible de conversaciones de ascensor vacías.
Dentro del motel pasamos por delante de una máquina expendedora de combustible para neuronas alicaídas.
Me vendría bien un chute de dopamina, de esos a los que las urgencias me tienen acostumbrado.
Le echo mi ojo malo (el que conserva el recuerdo de Ángel) a una barrita de chocolate.
El bueno lo tengo puesto en Alicia, que acaba de entrar en la habitación.
Medio bizco y con el tentempié ya derritiéndose en el bolsillo, alcanzo la puerta.
Ella me espera arropada con una colcha con un aire muy setentero.
Al verme, da unas palmaditas al colchón, invitándome a tumbarme con esa expresión de quien sabe reconfortarme mejor que cualquier antojo de comida basura.
Me lavo las manos antes de recostarme a su lado, apoyándome sobre los antebrazos.
Ella arrastra varias veces su palma desde mi frente hasta mi nuca, manifestando su debilidad por mi pelo de puercoespín mientras intenta animarme.
Dice que a mi madre la hemos pillado a contrapié, que quizá, si se lo hubieran avisado antes, habría estado más cercana.
—Lo dudo. Me parece que Destiny, en su idealismo juvenil, se montó una película.
«O quizás quiso dirigirla, sin darse cuenta de que, a Shannon Davis, nacida Hansen, no le hacía ninguna gracia tener un papel en ella».
—Bueno, pero independientemente de que tu madre quisiera verte o no, verla tú era un asunto pendiente que te ataba a ella año tras año, ¿me equivoco?
Niego rápidamente con la cabeza. No se equivoca.
—¿Y cómo te sientes ahora?
Su pregunta me hace rascarme el cuero cabelludo, que todavía agradece su masaje, mientras intento responderle lo más fielmente posible a mi estado de ánimo.
—Por una parte, decepcionado: era una desconocida que, al menos, me habría gustado que fuese simpática. Por otra, he logrado… —me paso yo ahora la mano por el pelo, buscando cómo expresarlo— ordenar el trastero. La caja etiquetada como «Mamá» ya está mejor colocada.
La abrazo, esperando que la metáfora quede clara. Me devuelve el abrazo con cariño y dice:
—Hoy tu madre y tú habéis sentado los cimientos para poder felicitaros las fiestas, y eso es bueno para ti. No lo digo yo; pedí consejo a Elisa cuando Destiny me contactó.
—Sí, gracias a ti, a Elisa, a Destiny y a la casualidad. —Antes de que lo interprete como una burla me apresuro a matizar—: Lo digo en serio. Gracias.
Se aparta un poco, frunce los labios y se sujeta la mandíbula, pensativa.
—No quiero hacerme ilusiones; el trastero sigue siendo la jungla, ¿verdad?
—¿El de nuestro piso? Me temo que sí. Cuando consiga hacer un hueco para abrir la puerta del todo, te prometo que lo arreglo. —Le beso el pelo, riéndome—. Y estoy de acuerdo contigo: Destiny, además de ser una excelente jugadora de bolos, es muy alegre.
—Me ha caído muy bien, y eso que entre los dos me habéis dado una buena paliza en la bolera. Ni siquiera me he beneficiado de la suerte del principiante.
—A los bolos no has dado ni una, pero en todo lo demás, sobresaliente: encantadora, atenta, salerosa… no sé qué habría hecho sin ti.
Lanza una carcajada.
—Bueno, tenía que compensar que iba sin bragas. —Levanta el dedo índice a modo de puntualización—. Por eso he perdido. ¡No sabes lo incómodo que es lanzar con falda y sin ropa interior! —Se pone colorada—. No dejes que vuelva a hacer el tonto de esa forma.
—Honestamente, tu going commando me ha amenizado la reunión. He pasado la tarde esperando un cruce de piernas al estilo Instinto Básico —comento con sorna.
—Jaja, qué chistoso.
Me pega un puñetazo suave en el brazo. Luego se incorpora como si fuera a entrar al baño, pero se queda de pie frente al espejo de la puerta de la habitación.
Toca su cabello despeinado y con un dedo intenta limpiar los restos de rímel y delineador que manchan los pliegues bajo sus ojos.
La sombra oscura le da un aire gótico que contrasta con el toque inocente y colorido del vestido.
Al notar que la observo a través del espejo, me sonríe.
La rodeo por detrás con los brazos y apoyo la barbilla en su hombro, meciéndola suavemente mientras le devuelvo la sonrisa al espejo.
Ella se estira y el gesto eleva su pecho, marcando sutilmente sus pezones.
Acaba de despertar en mí el deseo de comprobar si su sujetador hace juego con las braguitas que intentamos recuperar a oscuras en el maizal, después de despedirnos de Destiny.
Un trozo de tela cuyo paradero no debería quitarnos el sueño; para cuando mi primo lo encuentre enredado en el cabezal de su cosechadora y ate cabos, ya estaremos a miles de kilómetros.
Poso mis manos sobre los tirantes de su vestido. Ella los desliza hacia abajo y mis dedos rozan el encaje semitransparente que enmarca sus pechos. Sonríe. Es la sonrisa de quien sabe tener el control.
—¿Te apetece? —se lo pregunto a su reflejo, como si fuera a participar también.
Toma mi mano. Sé que va a hacer el gesto de silencio con ella.
Me pongo un poco pesado en los preliminares, intentando asegurarme de no hacer nada que no quiera y creo que eso le rompe el ritmo.
Sin embargo, hoy, en lugar de sellar mi boca, lleva mi mano bajo su falda, separando los muslos para dejar un pequeño hueco para mí.
O eso interpreto. Desde que retomamos la relación estoy estancado en una fase de aproximación, tentativa y algunas inseguridades.
Tanteo con la yema de mi dedo corazón su sexo y ella entreabre los labios con morbo.
Vuelve a tomar mi mano y la guía hasta su boca, donde acoge mi dedo, lo saborea con la lengua y lo hace resbalar lentamente entre los dientes al liberarlo.
Retomo los movimientos en su sexo con el dedo humedecido por su saliva, esta vez arqueándolo un poco más.
Me detiene de nuevo para acercar mi dedo a mi propia boca.
Disfruto de su sabor al borde del colapso.
Verla tan sexual jugando frente al espejo, vernos a los dos: esa visión de conjunto me excita en extremo.
Soy a la vez actor y espectador de una buena película porno (si es que «buena» y «porno» se pueden unir alguna vez en la misma frase).
Tengo que refrenarme para no arrancarle de raíz las flores del vestido y empotrarla contra el espejo.
No es tu estilo, Isaiah; el experimento acabaría con alguna luxación y los dos en el hospital, a razón de dos mil quinientos euros la noche, lo que cuesta estar encamado en este estado del Medio Oeste americano.
Acertamos a llegar a la cama sin tropezar, pese a ir robándonos el aliento por el camino.
Me desplomo sobre el colchón, enloquecido.
Ella cae sobre mí con el pelo desmadejado, un harapo por vestido y los labios brillantes por el barniz de mi saliva.
Bajamos un poco mis pantalones y mi ropa interior.
Subimos su falda y de inmediato me agarro a su desnudo, buscando sus pechos con la boca para lamer sus pezones.
Responde rozando su intimidad contra la mía, arrancándome un jadeo.
Me voy a ahorrar comentarle que siento la necesidad de unirme a ella como una clavija a la toma de corriente.
Seguro que nos reiríamos, pero presiento que esa frase arruinaría toda la tensión poético-erótica del momento.
Enfebrecido, agarro su cintura con una sola mano, la acomodo con la otra y la clavo en mí de golpe.
Quiero parar y disculparme, pero la expresión de placer en su rostro después del primer sobresalto me lo impide.
Mis dedos se hunden en su piel, incitándola a moverse.
Ella comienza a bailar sobre mí, subiendo y bajando sin música de fondo.
Solo se escuchan sus gemidos ahogados, mi respiración entrecortada y un golpeteo casi rítmico: el choque de dos cuerpos compuestos por billones de células, organizadas en tejidos, órganos y sistemas que trabajan en perfecta sincronía para cumplir nuestras funciones vitales.
Creo que sigo bajo la anestesia emocional del reencuentro familiar; solo así puedo explicar la urgencia animal de mi deseo.
Me dejo llevar por ese instinto primario, mientras, en un discreto segundo plano, mi mente analítica deconstruye la complejidad de las estructuras corporales que pasé años estudiando en detalle: la textura de su lengua explorando mi boca, el relieve de sus discos intervertebrales bajo mis dedos, el rítmico vaivén de sus costillas al llenar de aire sus pulmones y el pulso acelerado de su corazón en sus arterias radial y carótida.
En este viaje psicodélico, me creo capaz de apreciar la dureza del tejido óseo de sus clavículas cuando las beso y el de su pelvis presionando contra mis pulgares en cada impulso descendente.
Noto la esponjosidad del tejido adiposo de sus nalgas bajo las yemas de mis dedos y la contracción del tejido muscular de sus brazos, sosteniendo su peso.
Me parece oír el leve crujido del cartílago de sus rodillas cada vez que se encaja en mí y la vibración de sus cuerdas vocales en cada interjección.
Percibo el olor de la saliva y el sudor, que emana de sus glándulas; los pliegues vaginales friccionando mi erección, la humedad del moco cervical que resbala por los dos facilitando nuestro acople y la sobreexcitación de mi sistema nervioso, que recibe, gozoso, todas y cada una de esas estimulaciones.
De pronto ella deja de moverse y todos sus músculos se tensan.
La energía atrapada en esa máquina de precisión que es su cuerpo ha alcanzado un punto de no retorno.
Su sexo se contrae alrededor del mío, liberando el exceso de energía en sonoros espasmos de placer que no pasarán inadvertidos en las habitaciones contiguas.
Y yo, hasta ahora siempre silencioso al alcanzar el clímax, condenso el cúmulo de emociones en un gruñido gutural, abandonándome en ella.