En tiempo de juego 30 de agosto
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30 de agosto

ISAIAH

Ayer no maté a Alicia. Después de intentar salvarla tantas veces habría sido una estupidez.

Me explicó que Destiny vio la foto que subió a su cuenta Alejandra, la ex de Marcos, en la que yo aparecía con Santiago en su boda.

A partir de ahí, consiguió el teléfono de Alicia y el intercambio de mensajes derivó en un plan para que nos encontráramos con mi madre en Farley, Iowa, donde pasé mi infancia.

Al parecer, mi madre quería recuperar el contacto conmigo, aunque vernos hoy era opcional, porque Destiny aún no la había avisado de que estábamos en el país.

Yo lo vi como una encerrona, no solo por informarme con un día de antelación, sino por el chantaje emocional con el que Alicia acompañó la explicación: la salpicó de caricias, la aderezó con abrazos, la endulzó con un beso y concluyó afirmando que ver a mi madre era «la segunda cosa buena que habíamos sacado de lo acontecido» (la primera era yo).

Al ver que no me arrancaba respuesta, se apresuró a decir que no me preocupara, que lo dejaríamos para más adelante (al parecer, Farley queda a tiro de piedra de Madrid).

Reconozco que sabe jugar bien sus cartas y regalarme los oídos.

Lo demás fue un despropósito. Salvo lo esencial.

Eso sí lo había captado: mi espinita por haber rechazado retomar el contacto con mi madre cuando, a mis dieciséis, lo intentó.

Ahora tengo a Alicia en el asiento del copiloto, de camino al encuentro familiar, haciéndome preguntas que me remueven por dentro, porque no tengo la más remota idea de qué llevó a mi padre a pedir ser enterrado en Iowa.

¿Fue el extraño deseo de descansar cerca de una mujer de la que llevábamos años sin saber nada?

¿Quiso él que en una visita casual al cementerio ella llorara su muerte?

Nunca consideré a mi padre una persona retorcida; en todo caso, práctica.

Por eso me repetí que lo hizo para ahorrarme los elevados gastos de repatriación.

Desde entonces, no le había dado más vueltas a su última voluntad, relegando lo incomprensible al fondo de mi mente, hasta que mi pareja lo ha desempolvado, poniéndolo todo patas arriba.

Absorto en mis pensamientos, no me he dado cuenta de que Alicia repite mi nombre. Ese nombre que, en España, fue motivo de bromas entre mis compañeros de instituto y quebradero de cabeza para mis profesores; el mismo que mi padre me rogó no españolizar.

—Perdona, dime.

—¿Crees que la maleta llegará al hotel?

—Seguramente. ¿Te apañas con lo que compraste en las tiendas de la terminal?

Su vistosa maleta acabó en la cinta transportadora de otro aeropuerto.

—Sí, además en la maleta de mano aún tengo ropa limpia. Cuando lleguemos, me voy a duchar para estar presentable —responde, mientras acaricia mi muslo con suavidad.

Lo cierto es que me da igual el desenlace de este inopinado encuentro.

A estas alturas, Alicia ha colado en mi cabeza un ELLA tan grande que lo demás ha pasado a un segundo plano.

Ayer, mientras terminaba de procesar el plan de hoy, acabé emocionado por sus esfuerzos para organizar la visita.

Y eso sin mencionar que se ha graduado con honores en mi especialidad: la intromisión.

*

—¡Vas a hacer un agujero en el suelo!

Me sujeta del brazo para detener mi pie, que no ha dejado de golpear rítmicamente el asfalto del aparcamiento de una hamburguesería de Farley.

—Necesito moverme. Estoy anquilosado después de tres horas de vuelo y otras tantas de carretera.

—Es porque estás en tensión. Destiny me acaba de escribir: llegarán con algo de retraso, dice que vayamos entrando.

—No estoy tenso —replico con más hostilidad de la que pretendía—. ¿Te ha dicho por qué? ¿Mi madre va a venir?

—Sí, está arreglándose.

«Arreglándose» porque se ha descompuesto después de enterarse de mi llegada. O se ha escondido en un armario y Destiny está tratando de persuadirla para que salga. No todo el mundo soporta que le saquen una espinita clavada de cuajo, sin pomadas ni desinfectante.

—¿Damos una vuelta? —propone.

—Imposible; por aquí solo se puede pasear en coche —respondo, cenizo.

Tira de mí, arrastrándome primero hacia un lateral del edificio y luego hacia el otro. Le lanzo una pregunta cargada de retintín:

—¿Vamos a dar vueltas como hámsteres en una rueda?

Definitivamente, lo mío es algo más que una simple tensión muscular. Este agarrotamiento tiene que ser producto del nerviosismo que precede a la extirpación de un cuerpo extraño.

—Podemos ir por aquí.

—Es una propiedad privada. —Señalo el cartel—. Es más, creo que pertenece a mis abuelos. Todos los cultivos, hasta donde alcanzaba la vista, eran suyos.

—Pues es aventurarse por este camino o seguir zapateando el asfalto del aparcamiento como si fuera un tablao flamenco. Si nos adentramos un poco, ¿sabrás volver?

—De mayores enredos he salido —me jacto, levantando la barbilla con orgullo.

—Bien —sonríe, satisfecha—, porque el año pasado, en el Jardín del Capricho, juraría que dijiste que solías perderte en este tipo de laberintos.

Sonrío. Su ardid ha conseguido relajarme un poco.

Caminamos en fila india entre los tallos erguidos de maíz, cuyas hojas se inclinan ante nosotros como si nos rindieran una reverencia.

Ella se arrima a una de las plantas, colocando una mano sobre su cabeza para compararse con la gramínea y después acerca su uña a la punta de la hoja verde amarillenta.

—Así, tan largas y arrugaditas, me recuerdan al dedo de E.T., el extraterrestre. —Me lanza una sonrisa de oreja a oreja—. Están altísimas y hay muchas mazorcas. ¿Es época de recolección?

—En unas semanas; primero tienen que alcanzar los cuatro metros. Mi abuelo solía hablarnos de los cultivos en cada almuerzo. Si no me hubiera marchado, ¿quién sabe? Quizá estaría a cargo de parte de estas tierras.

—Te estoy imaginando con un sombrero de paja, peto vaquero, botas de cuero y una brizna de hierba en la boca.

—Y tú, con ese vestido, serías mi abnegada esposa.

—¡Ya! Quizá si fueras un agricultor del siglo XIX —replica, alisándose la tela del vestido, presumida—. Es el que compré en el aeropuerto. ¿Te gusta?

—Muy florido.

Lleva todo el jardín botánico estampado en la tela.

—¿Verdad? Es de estilo campestre y pastoril, como los de esa serie antigua que les gustaba a mis padres.

Da una vuelta sobre sí misma por si he pasado por alto las flores que cubren su trasero.

—¿Sabes que eres genial? — digo, dándome cuenta de que nunca se lo había dicho.

—¿Y ese arranque de sinceridad? ¿No será que quieres llevarme al huerto? —bromea con las mejillas sonrosadas.

Se cuelga de mi cuello con tanto ímpetu que tengo que dar un paso atrás para no perder el equilibrio.

Mis deportivas se llenan de arenilla y los dedos del entrañable y feo extraterrestre que alimentó mi afición infantil por la fantasía me rozan las piernas, provocándome cosquillas. La estrecho entre mis brazos.

—Es verdad que lugares como estos son propicios para esos menesteres. ¿Te he contado que mis primos y yo pillamos a una pareja bastante ligera de ropa en uno de los maizales de mi abuelo? Todavía me acuerdo porque era la primera vez que veíamos a una chica medio desnuda.

—Define «medio».

—Sin bragas.

—¡Eso no es medio! —exclama, con las mejillas hinchadas como un pez globo en un intento de contener la risa.

—Es que todavía llevaba puestas las botas de cowboy —aclaro, esbozando una sonrisa de medio lado.

La risa le sacude el pecho y las flores multicolor de su vestido se agitan por el movimiento.

Otra vez esa risa en cascada, transparente y bulliciosa, que me causa locura transitoria.

Me apasiona verla florecer. La sujeto por las caderas y la alzo hasta mi cintura.

Aún ríe cuando me rodea con sus muslos y me besa.

Sin querer, mis manos se encuentran con la tela de sus braguitas.

Por el tacto parecen de encaje. Intrigado, bajo la vista y levanto un poco su falda confirmándolo de un solo vistazo.

—¿Qué llevas? —Trago saliva, optando por soplar suavemente en lugar de dejar escapar un silbido grosero.

—La única ropa interior que tenía en la maleta de mano.

Esconde los labios, abre mucho los ojos y levanta un poco los hombros, justificando que, tras la pérdida de su otra maleta no le quedó más remedio que ponerse una lencería sexy para conocer a mi madre. Me río, moviendo la cabeza de un lado a otro.

—No voy a poder concentrarme el resto de la tarde.

Por su expresión, adivino que una idea ha anidado en su cabeza.

—¡Ay, no! Me las quito y de paso actualizas la imagen de la chica entre los maizales, que debe estar más pasada de moda que esas deportivas que llevas.

Con una sonrisa audaz, se libera de mis brazos y apoya los pies en el suelo.

Atacado, veo cómo sube un poco el lateral de su falda y desliza una de las tiras de encaje por su pierna.

Soy incapaz de despegar los ojos de la complicada operación.

La quiero, y también la quiero detener, pero algo (probablemente la vitalidad de su expresión y mi calentón) me lo impide.

Termina de sacar con gracia la tela y sonríe maliciosamente.

El crujido de unos pasos sobre la tierra suelta congela su gesto, que muta de diversión a pánico y dispara mi reacción: me parapeto delante de ella y, sin tiempo para agacharme, piso sus braguitas con la suela de mi desfasada zapatilla.

Un hombre joven se aproxima increpándonos, con marcado acento local.

— Hey, you two! There is a “no trespassing” sign at the entrance. (¡Oigan, ustedes dos! Hay un letrero de «prohibido el paso» en la entrada).

— We are truly sorry. We didn’t mean to… (Lo lamentamos mucho, no queríamos…).

No termino la frase porque él se queda anormalmente quieto, mucho más inmóvil que mi pie derecho. Sus ojos verdeazulados, fijos en los míos, se agrandan con sorpresa.

— Izzy? Is… is that you? (¿Izzy? ¿Eres… eres tú?).