En tiempo de juego 29 de agosto
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29 de agosto

ISAIAH

Alicia acaba de caer rendida en el sofá tras unos largos en la piscina de un moderno hotel en Las Vegas.

Me entretengo observando los pelillos dorados que brillan en sus bronceados brazos hasta que empieza a molestarme un picor en la punta de la nariz.

Muevo la boca de un lado a otro para rascarme sin usar las manos; ella está recostada sobre mi pecho y no quiero despertarla.

Improductivo. Necesitaría al menos un dedo para lidiar con el hormigueo.

Intento distraerme dejando que mi mente divague hacia una de sus expresiones de asombro durante el viaje:

— ¡Oh! La luz del atardecer intensifica los tonos ocres. ¡Os hago una foto desde aquí!

«Aquí» era el John Ford’s Point, y el paisaje que la deslumbraba, los monolitos de arenisca rojiza del Valle de los Monumentos.

Sonrío al recordar la majestuosidad de Alicia, embelesada con los colores del lejano oeste americano; su grandiosidad, extasiada ante el Gran Cañón; su belleza, conmovida bajo las descomunales secuoyas; su hipnotismo, cautivada por el árido Valle de la Muerte; y su elegancia, maravillada frente a las lenguas de agua de Yosemite.

Últimamente creo que tiendo a las parrafadas grandilocuentes y a confundir lo sublime, atribuyéndolo por igual a los paisajes y a ella.

En el aeropuerto de Madrid mostró un ánimo tan volátil que por un momento me arrepentí de habernos sumado al viaje.

Como era de esperar, el desfase horario la afectó bastante; ella y Sergio funcionaron a medio gas los primeros días.

Sigue durmiendo mal; sin embargo, la veo diferente.

Feliz. Liberada de su entorno habitual y con ello del pasado.

Elisa acertó cuando, tras expresarle mi temor a que el viaje entorpeciera su recuperación, respondió: «A veces no se trata de hacer lo más conveniente para el paciente, sino lo más adecuado para la persona. Es fácil olvidar que no solo tiene derecho a curarse, sino también a vivir».

—¡Perdón! La alergia al polvo. En este sofá hay bastante —me disculpo al ver que la incontrolable tanda de estornudos la ha despertado.

—Espero que te refieras a los ácaros y no a… —dice, desperezándose y marcando el chiste con un pequeño empujón de pelvis.

Me río, estiro los brazos para desentumecerlos y me levanto decidido.

—Nos da tiempo a dar un paseo antes de ver a Arturo.

Frunce el ceño, como si sufriera una indigestión, y deja escapar el aire entre sus labios en un suspiro prolongado. Leo entre líneas que quiere descansar. Me pasa su móvil masajeando nerviosa el puente de la nariz con sus dedos.

—¡No me mates!

Busca mis ojos con urgencia; yo alzo una ceja. Se adelanta a explicarse antes de que pueda leer el correo.

—Es de Destiny Davis, tu media hermana.

—¿De la hija de mi madre americana?

Lo he preguntado como si tuviera otra madre en otro país. Pero solo tengo una. Y es casi como si no tuviera ninguna, porque no la veo desde los doce años.

—Sí, de ella. Será mejor que te sientes.