16 de agosto
ALICIA
En pleno agosto, bajo el cielo encendido del alba, las hojas de los árboles se agitan entre los edificios de la ciudad.
Me saludan inquietas por el viento que me obligó a cerrar la ventana de madrugada.
Desde entonces no he dormido, así que aproveché para retocar el cuadro de Murph y darle más realismo.
Echo un vistazo a las maletas de color verde flúor a los pies de la cama.
Con ese color será imposible no reconocerlas en la cinta transportadora.
Eso fue lo que argumentó la dependienta.
Tal vez marque tendencia con ellas. Me imagino con un vestido ceñido del mismo color, caminando al ritmo del clic-clic de los tacones de aguja.
El atuendo se transforma rápidamente en un chaleco reflectante; el peinado, en un moño desmayado; y mi andar de diva, en un arrastrar de pies sin gracia.
Así acabaré tras el largo vuelo que me espera.
Miro el reloj. Todavía puedo disfrutar de mi nueva adicción, una canción de estimulantes letras convertida en mi himno mañanero.
La tarareo mientras compruebo que el pasaporte sigue en la mochila, junto a los datos del vuelo y la nota de Isaiah.
Su caligrafía es pequeña, pulcra y con las letras bien ligadas:
«¿Por qué esperar? Un beso. Isaiah».
Me derrito al releerla y entono a voz en grito la canción. Me interrumpo de golpe.
—¡Qué susto! No te había oído.
—¿Ya en pie?
Me acerco con energía para darle un beso.
Quiero que coleccione uno cada mañana. Todavía no me creo que ya tenga cien.
Después de mi intento de okupar con «K» la antigua habitación de Marcos, insistió en ir despacio.
Yo misma vi que iba revolucionada y que meter sexta desde primera podía romper el engranaje, así que acordamos vernos una vez por semana.
La tontería del régimen de visitas carcelarias duró menos de un mes.
La tarde de mi cumpleaños ya no salí de su casa: me secuestró el «Doctor Amor».
Esa frase tan ñoña me provoca risa. Él me rodea la cintura.
—¿Qué tal has dormido?
—Más o menos.
—¿Y por qué no viniste a mi cama?
—No quería despertarte. Además, cuando roncas me das cierta envidia. Y ahora recuérdame por qué volar durante horas como sardinas en lata es una idea fantástica.
Él sonríe con esa calma que lo caracteriza.
—Por muchas razones: bombardeaste a Sergio con las rutas de la costa oeste de Estados Unidos cuando dijo que viajaría en verano; pregonaste que soñabas con visitar los paisajes de las películas del oeste que veían tus padres en la sobremesa; y convenciste a Elisa de que el jet lag no te supone un problema porque tus noches en blanco son las horas de luz allí.
Intento besarlo, pero me frena con la mano.
—Además —dice con la misma calma—, veremos a Arturo de vacaciones, algo que no sucede todos los días. ¡Ah! Y todavía no tenemos un perro al que dejar con pena en un hotel canino.
Baja la voz y con una sonrisa socarrona, remata:
—Aunque la razón principal fue no tener que escucharte decir otra vez: «¿Sabías que en Estados Unidos…?»
Le pellizco la mejilla entre risas. Ha evitado mencionar que fue él quien compró los vuelos.
Con mis ahorros nos habría alcanzado para dos pasajes en un buque portacontenedores.
Mis padres, siempre tan sensatos, ya me solían advertir que convenía tener un respaldo financiero por si pasaba algo.
Ilusa de mí, pensaba: «Bah, ¿qué puede pasar? ».
—¡Ay! —caigo de repente—. Se nos olvidó hablar con Marcos de adoptar un perro expolicía. Uno pequeño, para que pueda pasearlo yo y no al revés.
Isaiah contesta que ya se lo dijimos. No lo recordaba, ni tampoco que ya le había pedido que enumerara los argumentos a favor del viaje.
Fue anteayer, cuando me puse mi vieja bata de laboratorio y decidí llevar a cabo un experimento: un masaje craneal para su dolor de cabeza y un “baño de estrellas” para mi insomnio.
Mientras yo contaba luceros en la iluminada oscuridad de la capital, como dijo él, se relajó tanto con mi masaje que confesó estar convencido de que Dios tiene una misión para cada uno de nosotros, una misión que forma parte de un plan mayor.
A lo que respondí con una sonrisa entre irónica y reflexiva:
—¿Un plan? A mí más bien me parece el caprichoso juego de azar de una mente sobrenatural con un grave problema de ludopatía.
El trayecto en metro hasta el aeropuerto transcurre entre bostezos y miradas cómplices.
Unos jóvenes frente a nosotros se sonríen.
Qué ganas de poner tierra de por medio o, mejor dicho, todo el ancho del Atlántico.
No es la primera vez que creo que me reconocen desde que publicaron que dejé al hijo de Dalia Castellanos por el dueño del perro, un médico que me ayudó en varias ocasiones.
Esa información no habría tenido mayor repercusión si no fuera porque Alejandra, expareja de Marcos e influencer , subió a su cuenta una foto de Isaiah y Santi en la boda de este último.
La imagen acabó siendo reciclada por un programa de crónica social, donde un fotógrafo calvo aseguró haber visto al médico siguiéndonos por la calle a Santi y a mí; el mismo médico que se presentó después en su agencia haciéndose pasar por periodista.
Increíble lo que se inventan algunos con tal de cobrar en televisión.
Su intervención dio pie a teorías extravagantes entre los colaboradores del programa, como la que sostenía que la omnipresencia de ese médico solo podía explicarse si era quien movía las piezas del tablero.
Durante los dos días que duró el pico de interés mediático, no me atreví a salir de casa.
Por suerte, la noticia quedó sepultada por otras, pero mi suspicacia extrema persiste (en el fondo nunca he necesitado mucho para creer que me observan).
—¿Preparados?
Quien lo pregunta es Mario, el hombre a quien Sergio dejó plantado en la floristería-tetería el día que perdí el control de mi medicación y que, pese a lo dramático de la excusa, lo llamó para otra cita. Mario es agente de viajes y un trotamundos.
Él e Isaiah se acercan al mostrador de la aerolínea, momento que aprovecha Sergio para preguntarme al oído si ya se lo he dicho.
—Todavía no, voy a esperar a que pise suelo americano.
—¿Qué cuchicheáis? —pregunta Isaiah, pillándonos desprevenidos.
—Que Sergio va a comprar para Mario unas zapatillas iguales a las que le regalé.
El pobre Sergio asiente como una marioneta y no puedo evitar preguntarme si hago lo correcto, teniendo en cuenta que mi nuevo mantra es cero secretos, mentiras, cafés y bebidas energéticas.
En el control de seguridad, un señor desvía mi maleta hacia una mesa metálica. Espero que mi ropa interior esté en una bolsa de tela como planeé.
—¿Destino?
—Estados Unidos.
—¿Tiene receta? —pregunta, señalando las cajas de medicación dentro de mi neceser.
Le enseño el papel firmado por Elisa y continúa registrando la maleta. No sé qué espera encontrar; no llevo material peligroso a excepción de un conjunto de lencería bastante incendiario.
—¿Y para esta? —añade, sosteniendo los blísteres que acaba de sacar de los bolsillos de mi impermeable.
Su pregunta me provoca una arritmia transitoria. Instintivamente vuelvo la cabeza para ubicar a Isaiah.
—Eh… no, la tomaba antes y se me olvidó ahí.
—Sin receta y caja podrían ponerle problemas en ese destino. ¿La necesita para el vuelo o quiere que se la tire?
—¡Sí, quiero! —contesto con un ímpetu desproporcionado para no tratarse de la ardiente reacción a una poco convencional pedida de mano aeroportuaria.
Respiro hondo. ¿Qué habría pasado si hubiera encontrado mi antigua medicación sola y desesperada por no dormir?
He tenido suerte, este señor me ha ahorrado una tentación peligrosa y una situación embarazosa en la aduana estadounidense (o con Isaiah).
Seamos francos, el estúpido descuido es difícil de justificar como involuntario.
El sonido de la cremallera de mi maleta al cerrarse es canto celestial. Camino resuelta, orgullosa de no haber provocado un alboroto y abochornada por haber olvidado desde hace meses unas pastillas de alprazolam en el impermeable.
—¿Escondías explosivos? —bromea Mario.
Isaiah me abraza por la espalda y responde por mí:
—No, pero es la bomba. Por eso le han hecho un control nada aleatorio.
Lo miro sorprendida; es justo lo que yo habría dicho en un momento más distendido.
—Doce horas aquí, bien apretados —protesto al entrar en el avión y ver nuestros estrechos asientos.
—Descansa, ya verás cómo lo ves de otra manera.
Me ofrece el hombro y sonríe para infundirme ánimo.
Estoy siendo una desagradecida. Dormir mal me vuelve negativa y quizá ese sea ya mi estado natural.
Mi sueño se ha deteriorado tanto en los últimos años que mis noches se dividen entre regulares, malas y espantosas.
Y la de hoy pertenece a la última categoría.
Por eso, mientras esperamos a despegar, cabeceo a la vez que cavilo: siempre escondía mis pastillas entre los productos sanitarios femeninos.
¿Cuándo guardé esos blísteres en los bolsillos del impermeable, arriesgándome a que fueran descubiertos? ¿Fue la última vez que lo llevé puesto?
Mi mente gira como una ruleta hasta frenar en un punto fijo: el momento en que me doy cuenta de que he olvidado el impermeable en el metro.
Si lo perdí, ¿de dónde sale el que tengo en la maleta?
Me revuelvo en el asiento. Isaiah me ofrece una almohada.
La tomo mecánicamente mientras nuevas imágenes se agolpan: unas chanclas nuevas para mi padre, el letrero de una tienda de material deportivo.
¿Aproveché aquel recado para reemplazar el impermeable perdido?
Reviso los movimientos de mi tarjeta. Hay un cargo de esa tienda.
El desasosiego me obliga a desabrocharme el cinturón y levantarme.
—Quiero coger algo de la maleta.
—¿Ahora? ¿Qué necesitas?
—El impermeable negro.
Isaiah saca mi maleta del compartimento superior y, de inmediato, se acerca una azafata atraída por la combinación de mi atractiva pareja y el color de mi maleta. Le pide que por favor se siente porque vamos a despegar. Isaiah me lanza el impermeable, disculpándose con ella.
Juraría que el que perdí tenía las cremalleras blancas; este las tiene rojas.
Eso significa que compré uno nuevo en aquella tienda.
Hasta ahí, nada extraño. El problema es que, según la fecha de la transacción bancaria, lo adquirí en mayo de este año, cuando Elisa ya me había retirado todo el alprazolam y tenía prohibido comprárselo a Elías o a cualquier otro.
Entonces, ¿de dónde salieron las pastillas del impermeable?
Me estremezco al enfrentar las implicaciones de ese hallazgo.
—Te noto preocupada. ¿Quieres compartirlo conmigo? —Me aprieta la mano, alentándome a contárselo.
¿Os suena ese momento en el que elegir una respuesta u otra podría cambiar el rumbo de la historia?
A figuras como Churchill, Nelson Mandela o Gandhi les resultará familiar, pues sus palabras definieron el destino de su tiempo.
A mí no. No puedo darle una respuesta honesta porque todas las caras de la verdad pintan mal.
Entre ellas, la más inquietante es que padezca algún trastorno que facilite olvidar lo que prefiero no recordar.
¿Y si fui yo quien compró las pastillas, las escondió en el impermeable y se escribió a sí misma aquella nota de odio cuya autoría Ángel ha negado una y otra vez?
Una respuesta honesta solo desataría nuevas preguntas. Necesito normalidad. Estoy harta. Tanto que me dan ganas de gritarlo a todo el planeta o, en su defecto, a los pasajeros de esta cabina. Musito entre dientes:
—¡Harta!
Afortunadamente, el avión acelera por la pista con un estruendo ensordecedor y nadie me oye.
Desde la ventanilla veo cómo nos elevamos y los elementos del paisaje se empequeñecen.
Me esfuerzo por creer que lo que dejo atrás no es solo el suelo, sino también las suposiciones, la inconclusión, el miedo, la ansiedad por dormir mejor y la desesperanza que me asalta cada vez que no lo consigo.
Siguen ahí porque, como nos enseñó Lavoisier, el padre de la química moderna: «Nada se crea ni se destruye, solo se transforma».
Pero ahora esas inquietudes son puntos borrosos e indistinguibles en la distancia.
Con un golpe seco de mi mano sobre una mesa imaginaria, decido que se acabó.
Si los sinsabores no terminan, los doy por concluidos yo.
Desde hoy voy a apreciar la belleza que me rodea sin esperar a estar bien ni a que lleguen las circunstancias ideales para hacerlo.
O de lo contrario, un día descubriré que he malgastado mi vida entre la amargura y la insatisfacción.
Cuando el avión alcanza la velocidad de crucero, me acurruco entre los brazos del único pasajero que tiene centrada toda su atención en mí y le declaro, contenta:
—Claro que hay algo que quiero compartir contigo: que te quiero.
Una gran verdad en la historia que estoy dispuesta a construir por él, por mí y, como en los juegos infantiles, por todos mis compañeros. Por los que, como Nora, ya se fueron; por los que me acompañan en la aventura; y por los que llegarán para descubrir las maravillas que este mundo ofrece.