7 de abril
ALICIA
Anoche, él no tuvo fuerzas para preguntarme por qué me quedé a dormir en su piso.
Ataviada con una camiseta que encontré en la habitación de Marcos, atravieso el pasillo.
El armario parece haber celebrado una fiesta que terminó con la explosión de un cohete lleno de ropa: camisetas amontonadas, sudaderas que asoman bajo los pantalones colgados de una silla y un cinturón que repta con sigilo, alejándose del maremágnum de prendas, como si no quisiera ser culpado de esa batalla campal.
En la cocina, los platos se han amotinado sobre la encimera en una pila inestable, exigiendo un buen lavado.
Antes de colocarlos en el lavavajillas, abro la ventana para que escape el aire enrarecido por los restos de comida quemada.
Estoy rascando la vitrocerámica cuando la voz de Isaiah me hace dar un brinco y rayar la superficie negra.
—Buenos días, siento este desorden. Isabel ha caído enferma y yo no he podido hacer nada. ¿Cómo estás?
Mis manos en alto, cubiertas con unos grandes guantes amarillos, evidencian la acuciante necesidad de una limpieza.
Las bajo rápidamente, apenada. Tiene aspecto de un matón venido a menos, con barba de varios días y un pijama en el que las arrugas han ganado a las rayas.
Al menos sus mejillas han recobrado su color y ya no parece un muerto viviente.
¿Cómo no me di cuenta? Asumí con talento mi papel de enferma, creyéndole invulnerable.
Echará de menos a Murph y estará frustrado por no poder nadar, trabajar ni leer, mientras cicatrizan sus heridas.
—¿Cómo estás? —pregunta insistente.
Lo que planeo decirle se arremolina en el tambor de la lavadora que tengo por mente. Cuando abra la boca, espero que las palabras no salgan a borbotones.
—Voy a vender mi piso. Si aún no tienes a quién alquilar la habitación de Marcos, me gustaría ocuparla.
A borbotones no, centrifugado sí. Me enfado conmigo misma por sonar demente. No es cierto eso de que el orden de los factores no altera el producto. Que el final de mi discurso se haya convertido en principio lo ha dejado petrificado. De perdidos al río, me lanzo:
—No quiero mudarme contigo para llegar a vieja. ¡Es que estoy decidida a volver a quererme a mí misma!
Ese propósito ha resonado en todo el patio a través de la ventana abierta. Yo y mi tendencia a hacer partícipes a los vecinos de mi vida privada (o de la que solía ser privada, porque a veces me veo como un personaje del papel cuché).
—Antes de hablar de cualquier otro tema, ¿has visto que Elisa te ha llamado? Quería hablar contigo —responde.
O no sabe leer entre líneas, o Santi malinterpretó su mirada.
—¡Estoy bien! El perfume me recordó al olor de ese asesino y me descolocó. Nada más. —Desanimada, hago una mueca—. Bueno… y quizá después del ingreso esperaba haber dejado atrás las malas noches.
—Las mejoras suelen ser graduales hasta que un día se vuelven sustanciales.
Levanto la vista de golpe, sorprendida.
—Eso también lo dijiste en el hospital, antes de que llegara aquel hombre. Creí que lo había soñado, como todo lo demás.
—Eso lo dije. Las frases que te parecieron bonitas, probablemente no; a mí no me salen. Se quedan atascadas entre aquí y aquí. —Señala su cabeza y luego su boca—. Se acumulan formando una bola.
—Imagino que lo de Londres ha contribuido. Me ha escrito Santi. Lo sabes, ¿verdad?
Paso el dedo índice por encima del rayón que le he hecho a la vitrocerámica. No tiene arreglo. Ya no puedo contenerme, las emociones afloran y se desbordan junto a las lágrimas.
—No fue culpa tuya —susurra mientras intenta abrazarme con expresión triste.
—Lo dices porque no sabes que la vi perfectamente y, aun así, no frené. Iba medio dormida después de varios días trasnochando con mis amigas y de haberme emborrachado en mi cumpleaños.
—En el accidente concurrieron muchos factores.
—Yo conducía. No se me ocurre uno más determinante.
—Tan determinante como las negligencias que ella cometió o que coincidierais aquel día.
Tu cansancio fue solo un factor más. ¿Quién no se ha puesto al volante alguna vez sin estar del todo en forma?
Trátate con compasión y transforma tu dolor en algo bueno.
Si enseñar es tu forma de honrarla, hazlo sin exigirte tanto.
Y ya que los pensamientos son de lo poco que podemos controlar, sustituye los de culpa por otros más benevolentes.
No puedes ofrecer nada bueno instalada en la desolación.
Perfecto. Ha pulsado el botón de replay de las sesiones de la psicóloga irlandesa.
—Hablaste con Elisa y buscaste a Charlotte, ¿verdad? ¿Hay algo en lo que no te hayas inmiscuido estos últimos meses? —le espeto, sarcástica—. Eres un «caballero blanco» que necesita salvar a los demás para compensar la culpa que sientes. Por eso te volcaste en ayudarme.
—No es así.
—Soy tu expiación.
—No lo eres.
—¡Que sí! Y lo comprendo. Si yo hubiera encontrado una forma de redimirme, también la habría perseguido.
—De verdad que no.
—¡Que sí!
—¡Que no!
—¡Que sí!
El diálogo ha adquirido un cariz absurdo y repetitivo que me haría reír si no fuera porque los dos lo estamos pasando regular.
—Que no, Alicia. Hace mucho que dejaste de serlo, si es que alguna vez lo fuiste. Me gustas muchísimo —suelta, con la expresión de quien acaba de regurgitar una gran bola de pelo.
Antes de pedirle que me lo certifique por escrito, prosigue:
—Me parece que Santiago no te lo contó. Quedé con él en la cafetería del hospital donde te ingresamos de urgencia.
Quería que desapareciera de tu vida y lo amenacé.
Por eso no te visitó como quería. —Se lleva la mano al pelo, buscando las palabras—.
No he jugado limpio. He comprado compulsivamente números para que me tocara el premio.
—Me señala, arrancándome una mueca de incredulidad—.
Cuando el único número válido es lo que tú sientas o no sientas por mí.
Amañé mi suerte: te ayudé varias veces, salí herido por ello, me deshice del otro jugador…
y ahora remato con esta declaración rudimentaria que me has arrancado.
Es imposible que puedas ser objetiva. No te precipites. No me debes nada.
—Hay que estar chiflado para creer que soy un premio.
Abre la boca para replicar.
—¡Shhh! —le pido que guarde silencio—. Cuando desperté en el hospital, por un momento creí que lo hacía tras la puñalada.
El escenario era idéntico; incluso las flores del jarrón sobre la mesita eran las mismas.
Por eso, temiendo haberte soñado durante la convalecencia, le pregunté a mi madre por ti.
Su «¿Cómo? ¿Quién?», al no entender tu nombre, me desmoronó y me provocó aquel ataque de pánico.
—Alicia…
Le tapo la boca con la mano.
—Tú solo escúchame. Unos días después, aquella declaración de amor que me inventé en sueños me dio fuerzas para luchar cuando ese hombre intentó matarme otra vez.
Así que déjame precipitarme, porque también me gustas muchísimo y quiero permitirme algo bueno por primera vez en mucho tiempo.
Solo espero que me perdones por lo que te grité en aquel parque.
Retiro la mano de su boca. Se ha quedado mudo, así que añado:
—Y Santiago ya no está aquí. —Coloco la mano sobre el corazón—. ¿Igual que Sandra?
Él asiente, confirmándolo en silencio. Justo entonces, nos llega a través de la ventana el sonido de un instrumento de viento que me hace dudar de si no estaré soñando de nuevo.
—¿Lo oyes?
—Es una grabación de La lágrima furtiva , un aria que mi vecina Olga escucha a menudo. Es directora de teatro, y como las conversaciones se oyen en estéreo por este patio, creo que ha decidido ponerle acompañamiento musical a este ensayo nuestro con exceso de drama.
Sonríe y su ojo brilla, empañado, quizá por una lágrima. Conmovida, enredo los dedos en su pelo, trazando líneas al compás de la voz del tenor. Me rodea con los brazos y yo rozo su cuello con la punta de mi nariz, aspirando el eco de un jabón a canela que se mezcla con su olor corporal.
—Me estás olisqueando.
—Echaba de menos a tus inquilinos.
—¿Qué inquilinos?
—Las bacterias de tu cuerpo que en parte provocan el olor de tu piel.
—Ah, pues yo prefiero no saber a qué hueles, de momento.
Aprieto los brazos contra el torso.
—Tranquila —se ríe—, lo decía porque tu fino olfato no ha detectado que la camiseta verde que llevas es de Marcos y que el guante de tu mano izquierda es para limpiar el inodoro.
Lo retiro rápidamente exagerando una mueca de asco y él lo agarra con la intención de guardarlo. Tiro de los dedos del guante hacia mí, como si fuera nuestro único punto de unión y despliego la cara más dulce de mi repertorio.
—No te vayas. Quiero darte un beso antes de que termine la música.
—Te da tiempo —responde—. En la última estrofa Pavarotti sostiene las notas con maestría.
Los matices de la voz del tenor cargan de electricidad nuestros labios, aún lejos el uno del otro.
De pronto, una nota grave parece atraerlos como imanes.
El magnetismo del tacto de su piel me arranca un suspiro que se funde con el suyo entre nuestras bocas.
Y así, como si quisiéramos respirar del mismo oxígeno, el intérprete nos canta: Si può morire. Si può morir d’amor.
Tras el apoteósico final, Isaiah apoya su frente contra la mía, sonríe sobre mi boca y murmura:
—No digo que no se pueda morir de amor, como dice Pavarotti, pero no cojamos nuevas ideas. Nos merecemos un descanso.
Repaso mentalmente las distintas formas en las que hemos rozado la muerte y cuento al menos tres.
Estoy de acuerdo: necesitamos una pausa bien larga.
Entonces, como la primera vez que lo vi sonreír en la boda de Santi y Lucía, le devuelvo la sonrisa.
Con una gran diferencia, esta vez se dibuja otra igual de grande dentro de mí.
Un pulso de felicidad que celebra mi existencia, la suya y nuestra intención de vivir nuestra historia con más alegría (y menos sobresaltos).