En tiempo de juego 6 de abril
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6 de abril

ALICIA

La temperatura es inusualmente alta para un día de primavera y propicia un ambiente festivo en todas las mesas. En todas salvo en la nuestra, donde el silencio es sepulcral hasta que me decido a romperlo.

—Estuve con Dieguito ayer. Es muy tranquilo.

Dieguito, en diminutivo, porque el nombre le queda grande y, más aún, completo: Diego Isaiah. Finalmente, el bebé de Carla nació tras siete meses de gestación.

Lucía ignora mi intento de normalidad y mantiene la vista fija en su refresco. Para rebajar la tensión, añado:

—Nada de esto habría ocurrido si yo hubiera hablado antes de lo que pasó en Londres.

Ella alza la mirada y me toma las manos.

—Debiste pasarlo fatal. Te ayudará apoyarte en tu familia y en tus amigos.

Asiento despacio. Hace unos días pedí a mis amigas que me acompañaran a una sesión de terapia: el tercer paso para liberarme del secreto.

El primero fue confirmar a mis terapeutas que había causado la muerte de alguien involuntariamente.

El segundo, hablar con mis padres, que no pararon de abrazarme y de repetirme por qué no se lo había contado.

—¿Tú estás mejor? —pregunto a Lucía, que sigue girando el vaso despacio entre las manos.

—Regular. No dejo de pensar en ese malnacido.

Reprime un quejido y la pareja de la mesa contigua vuelve la cabeza.

Me ajusto las gafas de sol; no quiero que me reconozcan.

La estrategia surte el efecto contrario: me observan como si fuera una persona famosa, acostumbrada a las miradas indiscretas.

Seguro que mi cara les suena, hace poco más de un mes, la prensa publicó que un intrépido perro me salvó la vida.

—Lo siento, Alicia. Debería haber hablado contigo antes de montarme la historia equivocada —se disculpa Lucía, frunciendo los labios con contrición.

Mi amiga se enteró de que Santi y yo nos habíamos reunido en un hotel una mañana de noviembre de 2022, el mismo día en que volábamos a Londres para afrontar el juicio por el atropello: yo como acusada y él como testigo.

Como desconocía el motivo de aquel encuentro, enseguida dio por hecho que Santi intentaba retomar la relación conmigo, a pesar de que ella llevaba dos meses saliendo con él.

Motivos para pensarlo no le faltaban. Lucía sabía que ambos habíamos considerado aquella relación eterna.

Lo sabía por Carla, que había visto el símbolo del infinito que compartíamos cuando me probé aquel bikini negro en mi casa, y también porque yo misma le había confesado que queríamos casarnos.

A eso se sumaban algunos comentarios de Santi que dejaban entrever que me echaba de menos.

Para colmo, él le había pedido discreción, especialmente conmigo, hasta saber si su relación tenía futuro.

Lucía se lleva las manos a las mejillas y dice con voz ahogada:

—Debería haberme dado cuenta cuando hablé con ese malnacido de que mostraba rasgos psicopáticos.

—Imposible. Tú misma dices que los psicópatas, de cara a la galería, parecen personas encantadoras. A mí también me deslumbró en ESlove con sus elaborados textos. Todavía me cuesta creer que los escribiera con inteligencia artificial.

—¡Pero yo soy psicóloga! —exclama, al borde del llanto—.

Debería haberlo intuido por su comportamiento errático.

Primero ese interés por saber más de ti y después la total indiferencia ante mi propuesta de presentaros.

—Sus ojos se llenan de lágrimas—. ¡Lo siento!

Te convertí en su objetivo al hablarle de ti. Te arrojé a los leones, a él.

Él, el misterioso hombre en cursiva, se llamaba, irónicamente, Ángel.

Y no era un asesino a sueldo enviado por James, el novio de Nora, sino un joven programador con quien Lucía, responsable de personal de ESlove, había tratado cuando lo contrató para la aplicación .

Un chico educado, fanático del manga japonés y de los tatuajes.

Cuando Lucía le habló de mí y le mostró una foto, él se interesó, y ella, sin prever las consecuencias, le confió mi gusto por la cultura nipona y mi tatuaje.

De ese modo, captaba su atención y mataba dos pájaros de un tiro: me acercaba a quien consideró compatible conmigo, un buen match , según ella, y al mismo tiempo me alejaba de Santi.

El problema fue que esa descripción solo reflejaba la cara amable de un sujeto acomplejado que, según la policía, no dudaba en suplantar perfiles ajenos para ocultar su identidad cuando salía a cazar en las redes; un consumidor habitual de drogas que se refugiaba detrás del ordenador veinticuatro horas al día, siete días a la semana; un desequilibrado propenso a arrebatos de ira ante el rechazo; un perturbado que se sintió acorralado por la policía cuando se publicó la noticia sobre la existencia de nuevas pruebas y la posibilidad de un arresto inminente.

En resumen, un hombre de naturaleza violenta que, incluso hoy, pese a lo trabajado en terapia, sigue despertando en mí sentimientos encontrados. Es mi ángel y mi demonio: una macabra forma de redención, el responsable de la muerte de Murph y del casi fatal destino de Isaiah.

Lucía se limpia las lágrimas con un pañuelo y me levanto de la silla para consolarla.

—Tranquila. Recuerda que Elisa nos dijo que lo viéramos como una cadena de sucesos desafortunados. Y el primero fue el accidente de Londres.

—¡No! —niega, irritada—. Fue Santiago y su estilo de vida malsano, que no te hizo ningún bien. ¿Ha dado señales de vida? Es indignante que ni siquiera se haya interesado por saber cómo estás.

Me invade el malestar. Por mucho que Carla y Lucía insistan en culpar a Santi, yo no puedo hacerlo. Nos quisimos mucho y además fue él quien me dio el último empujón para empezar la terapia. Debería escribirle; estará sufriendo.

Lucía parece notar mi zozobra y me frota la espalda mientras afirma que Santiago, con su falso encanto y palabrería, nos generó dependencia emocional y por eso fue difícil sacarlo de nuestras vidas.

Aunque ahora tiene claro que para él ella solo fue un intento de olvidarme, porque nunca dejó de quererme.

La corto diciendo que tengo que irme; se empeña en acompañarme hasta el edificio de Isaiah.

Por fin he quedado con él. Entre su convalecencia y mi ingreso, solo hablamos una vez por teléfono y la malgastó pidiéndome perdón por no haber actuado antes.

Desde su apasionada declaración, justo antes de que Ángel intentara asesinarme por segunda vez, se ha retraído.

Mis ganas de estar con él, sin embargo, no han hecho más que crecer.

Nos detenemos frente al portal del edificio. Lucía me da dos besos y dice:

—Cuéntale a Isaiah lo de Londres, no va a salir corriendo. Al contrario, su comportamiento encaja con lo que en psicología denominamos «caballero blanco».

Me despido con la promesa de ir juntas a casa de Carla. Atravieso la nube de polvo que levantan unos obreros sacando escombros. Ya venía sudando por el bochorno; solo me faltaba este rebozado.

En el ascensor, abro la elegante caja que me ha regalado Lucía. Se trata de un frasco de perfume de diseño vanguardista, con el logo de una lujosa marca parisina. Espero a llegar al descansillo para echármelo y disimular que el desodorante me ha abandonado.

Aún lo tengo en la mano cuando Isaiah abre su puerta cargando unas bolsas de basura.

Me lanza una mirada de cíclope desde detrás de la venda que aún cubre su ojo derecho.

Ni lo saludo. Me cuelo corriendo en su casa, golpeando una de las bolsas al pasar y recordando demasiado tarde que al mediodía me llamó para posponer la cita.

Me observa desde el marco de la puerta del baño, mientras froto con una toalla empapada mis muñecas. Las acerco a mi nariz.

—¡Sigue oliendo!

No cabe duda de que los franceses saben fabricar perfumes persistentes. Agarro un desodorante y me rocío concienzudamente, como si quisiera exterminar un bicho peligroso. Isaiah coge el perfume y lo examina de cerca.

—Parece muy caro.

Deja el frasco donde cree que está el borde del lavabo. Su visión mermada le juega una mala pasada: cae a plomo sobre uno de los baldosines y se rompe con un chasquido, derramando el líquido. Me agacho llevándome las manos a la cabeza.

—¡Ahora el olor no se va a ir en días!

—¡Cuidado! Te cortas. Yo lo recojo.

—¡Pero si no ves! ¡No haces más que ponerte en peligro por mí!

—Eso es por patoso.

—¡Por patoso no! ¡Por esto!

Le planto con brusquedad el móvil frente a su ojo sano, mostrándole la definición del «síndrome del caballero blanco» que busqué en el portal.

—Luego lo leo. Ahora respira conmigo.

Se lleva la mano al pecho, inspirando y espirando, esperando que lo imite.

—¡Entonces lo huelo más!

—¿Quieres calmarte, por favor? —me pide con una nota de hastío en su voz.

Me quedo paralizada. Desde que me declaró su amor en el hospital, no ha mostrado ninguna señal de entusiasmo. De hecho, tuve que insistir para que nos viéramos hoy y luego pospuso la cita sin fijar una nueva fecha.

—Me dijiste aquellas frases tan bonitas en la habitación del hospital y creí que…

—¿De qué hablas ahora? —ataja con brusquedad, llevándose una mano a la frente—. Me duele la cabeza. No es el mejor momento para mantener esta conversación.

Enmudezco. «Crecer las alas, volar juntos, una nueva perspectiva de la vida, el comienzo de una maravillosa historia de amor».

Todas son frases de Santi, rescatadas de diferentes escenas de nuestra relación.

Construí la declaración de Isaiah a partir de retales del pasado.

Una ficción que me mantuvo con vida el día que Ángel entró en mi habitación del hospital.

Si no llega a ser por el incidente del perfume, venía dispuesta a lanzarme a sus brazos y el ridículo habría sido mayúsculo.

—¡Lo siento!

Corro hacia la puerta de entrada y la cierro de golpe justo cuando él me llama desde el otro lado.

Bajo deprisa las escaleras y, ya en la calle frente al portal, saco el móvil para solicitar un Qvoy.

En vez de eso, veo un mensaje sin leer de Santi.

Un hombre que, a todas luces, tiene el don de la oportunidad. Leo:

«Aunque debería escribir aquí cien veces “no volveré a portarme así” prefiero despedirme con lo que será mi último acto egoísta de una extensa lista. No creo que tú necesites estas palabras tanto como yo necesito decirlas.

Puse en peligro tu vida por anteponer mis intereses; no supe valorar el peso ni los riesgos del silencio.

Incluso cuando vi que estabas enferma, preferí refugiarme en mi obsesión: volver a escuchar la canción que sonaba antes del accidente.

Como bien dijiste, ya no somos los mismos de entonces.

Incluso ahora dudo que en aquella época supiera hacerte feliz cada día.

Isaiah me citó en la cafetería del hospital en el que te ingresaron de urgencia, con el pretexto de detallarme tu estado. Una emboscada. El encuentro acabó como un documental de vida salvaje que, frente a otro hombre y por ti, habría imaginado así»:

Abro el clip que ha adjuntado: dos pingüinos macho libran una encarnizada batalla, atacándose con sus afilados picos, tratando de arrancarse los ojos. Vuelvo al mensaje:

«Y, sin embargo, se pareció más a esto»:

Descargo la foto. Un lobo blanco enseña los colmillos a otro negro, que agacha la cabeza, encoge el cuerpo y esconde la cola entre las patas traseras. Sigo leyendo:

«Isaiah me dejó fuera de juego al soltarme unas cuantas verdades. ¡Y pensar que lo había tomado por un tipo pasivo! Lo sabe todo, Alicia.

Cuando me iba, rendido, le pregunté si siempre ponía tanto empeño en lo que hacía.

Su respuesta fue: “Así nunca”. Y mientras lo decía, su mirada hablaba por él.

La reconocí porque era la misma que yo tenía, aunque mi forma de quererte haya sido tan desacertada que no hice más que destruirte.

Felizmente, él se dedicó a lo contrario.

No vuelvas con él como el pago de una deuda, pero si todavía te gusta, considera una segunda oportunidad. Si a mí me la diste, creo que él se la ha ganado con creces.

Ahora pondrás esa expresión tan tuya por mi último intento de mangoneo.

Lamento todas las veces que no te escuché, los líos en los que te metí y el daño que te hice.

Estos últimos años me he comportado como un niñato resentido por la muerte de mi hermano, como si el mundo me debiera algo tras esa desgracia.

Me voy fuera de España una temporada. Si algún día consigo vivir de la música, será gracias a ti. Sigue compartiendo tu luz. Fue precisamente tu humanidad la que te hizo sufrir tanto con lo que pasó.

Tú escribiste nuestro final hace tiempo.

Estas líneas son el mío a una mágica y convulsa historia de amor.

Siempre podremos contar a quien nos quiera escuchar que fue de todo menos soporífera.

Cuídate mucho y S.T.A.Y. en el presente, como dijiste: disfrutando de las pequeñas cosas. Gracias por tanto.

P. D.: Con este mensaje cierro el candado de los recuerdos. Cuando ya no duelan, los saborearé como un buen vino añejo (con moderación)».

Me quedo mirando el vídeo musical con el que Santi cierra su mensaje, sin verlo realmente; solo dejo que a través de la letra me desee lo mejor.

Una mujer me saluda y me saca del trance. Abre la puerta del portal mientras su perro salchicha tira de la correa. Su cara me resulta familiar, aunque no logro ubicarla.

—¿Entras?

Asiento en silencio y la sigo. Pulsa el botón de la planta donde vive Isaiah.

Entonces la reconozco: Olga, la vecina de enfrente.

Se despide a mi espalda en el descansillo; cuando me giro para corregir mi descortesía, ya no está.

Isaiah aparece en su puerta, pálido y sudoroso, con el aspecto de quien ha estado vomitando o está a punto de hacerlo.

—No salgas corriendo, por favor. Me he asustado bastante.

Cierra su ojo visible, toma aire y suspira. Llegados a este punto, es evidente que sigo siendo su protegida y que, a reina del drama, no me gana nadie.