En tiempo de juego 3 de marzo
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3 de marzo

ISAIAH

Los rasgos de una cara conocida se perfilan mientras escucho su voz:

—¿Qué te dije? En tu vida has matado una mosca y vas a practicar con un loco armado.

Las palabras de Marcos me llegan como un eco lejano, cargado de reproche, pero también de alivio.

Tardo en saber si sigo vivo. El dolor agudo en el ojo, la rigidez del cuello, una punzada en el hombro y la vía intravenosa en el dorso de mi mano me sitúan; fuera del mundo terrenal no tendrían sentido.

—¿Y Alicia?

Marcos sonríe y su expresión me reconforta antes de hablar:

—Está bien.

Cierro los ojos y le doy gracias a Dios.

—¿Cuál es el parte?

—Quizá necesites un parche pirata una temporada. —Apoya la mano en mi hombro sano—. Macho, nos has dado un buen susto.

—Me refiero al parte de Alicia.

—Nada grave, un golpe en la espalda, hipotermia y algunos rasguños. Viene en un rato. Tú eres el que ha estado fuera de juego casi un día, atiborrado de calmantes y antibióticos.

Eso explica esta sensación etérea, como si flotara fuera de mí mismo, que me hizo dudar de si ya era espíritu.

—¿Qué pasó después?

—¿Después de que perdieras el conocimiento? Alicia lo apuñaló en el hombro para evitar que te asfixiara. Luego llegaron las patrullas. Ahora ese pedazo de escoria está custodiado en otro hospital.

—Te dije que ese hombre no era un invento de Alicia.

—¡Lo siento! Yo tenía las manos atadas porque no era mi departamento y tanto el inspector como el juez instructor no vieron una amenaza real.

Según ellos, la burocracia retrasó la orden para investigar las fotos.

—Se encoge de hombros, poco convencido, y prosigue, con gesto preocupado—: Oye, antes de que llegue Alicia, aclárame algo.

¿Por qué tienes un mensaje de alguien guardado como «El niño» pidiéndote que vayas al parque con los ciento cincuenta euros que le debes?

Dice que si no pagas antes del domingo incumplirá su parte del trato o algo peor. ¿Estás metido en otro lío?

—Uf, si le pago, no.

Antes de que Marcos empiece a interrogarme, Alicia entra en silla de ruedas, empujada por un celador.

Parece haber salido de una pelea con un gato callejero.

Marcos cierra la cortinilla para proporcionarnos intimidad.

Ella se inclina sobre mí y me da un beso en la boca.

Debían ofrecer una recompensa al más torpe y yo gané sin enterarme.

—Gracias por tu ayuda —murmuro cuando se separa—. Tu valentía me ha salvado la vida.

Sonríe y todo a mi alrededor se desvanece, en parte por la magia de su sonrisa, en parte por los analgésicos. Levanto la mano para señalarle la cara.

—¿Cómo te hiciste esos arañazos?

La vía de suero tira del dorso de mi mano. Frunzo el ceño. Alicia me acaricia el brazo.

—Un malentendido con un arbusto —explica, y apoya la frente contra mi mejilla con una calidez que me desarma—. Murph…

Su voz se resquebraja y no continúa.

—Lo sé.

Murph cumplió el cometido que le encomendé la otra noche de forma admirable. Subestimé su agresividad al defender a los suyos.

Alicia respira hondo.

—Me desperté en cuanto ese hombre entró. Olía a cumarina… —traga saliva—. El mismo olor que en el pub irlandés. Murph se le echó encima antes siquiera de que pudiera acercarse. Creo que olió mi miedo. ¿Sabes que los perros pueden percibirlo por las sustancias químicas que libera nuestro cuerpo?

Había echado de menos a la Alicia profesora. Sonrío y añado:

—Su instinto le dijo que estabas en peligro.

Nos apretamos las manos y expresamos al unísono que Murph es el verdadero héroe. La coincidencia nos hace sonreír sin que lo hagan nuestros ojos, que reflejan tristeza ante su recuerdo.

Abro la cortinilla y me dirijo a Marcos. Ni bajo sedación descansaré hasta que las piezas encajen.

—¿Ha hablado ya ese tipo?

—Sí, pero mejor lo dejamos para otro momento —responde, apoyando una mano sobre mi antebrazo al ver cómo cierro el ojo herido con un rictus de dolor mientras aprieto los dientes y la sábana entre los puños.