2 de marzo #3
Ahora tengo que aguantar aquí, mientras el agua de lluvia que chorrea por mi mano arrastra la sangre de Murph, diluyéndola en un charco.
No tengo esperanza de que alguien venga en mi auxilio.
Nadie en su sano juicio saldría con este aguacero, por esa razón estamos él y yo solos.
Si asomo la cabeza, me ve; si echo a correr, me persigue; si grito, llega antes de que alguien me oiga, y si me descubre, me mata.
El caso es que, en este momento, me viene fatal morirme.
Sería una faena enorme para Isaiah, después de su declaración de amor y su Don’t you give up, «no te rindas», al que solo le faltó un !
Oh, yeah! para rematar. ¿Es que no sabe que esas malditas frases motivacionales son más fáciles de decir que de cumplir?
Está claro que no. Aun así, no quiero ser tan descortés y desconsiderada como para morirme justo hoy.
Lo destrozaría. Esa idea me ha proporcionado un estado mental inusualmente despejado y enfocado en sobrevivir.
Si él cruza la calle, llega a la acera de enfrente y mira hacia ambos lados, me encuentra.
No contemplé esa posibilidad. Sobreestimé mi recién recuperada claridad mental.
Ahora sé cómo se siente un bolo de bolera cuando ve, inmóvil, cómo la pesada bola que lo va a borrar de la faz de la tierra se dirige hacia él.
Él aferra un cordón de la parte trasera de mi camisón hospitalario, que resiste de forma admirable el fuerte tirón en direcciones contrapuestas: la mía hacia abajo, defendiendo mi cabeza; y la de él hacia arriba, obligándome a levantarme.
Siento algo en el cuello. Corten. Hasta aquí ha llegado mi vida de telenovela.
Doy un alarido. Con su mano libre, me tapa la boca; una mascarilla lo cubre la mitad del rostro, pero es él ; el repugnante olor a cumarina en las yemas de sus dedos lo traiciona.
Este sería el momento perfecto para estar soñando.
Cierro los ojos y los vuelvo a abrir. Nada cambia.
Él me sigue empujando hacia el bosque urbano y yo sigo sintiendo cómo la afilada hoja del cuchillo lacera mi piel cada vez que respiro.
—Eres una zorra.
Ese comentario es gratuito, teniendo en cuenta lo tempestuoso que fue nuestro encuentro anterior.
De pronto, una fuerza bruta choca contra él , derribándonos a los dos.
El cuchillo cae al suelo de gravilla mientras yo me arrastro por ella.
Me giro con la intención de levantarme y salir corriendo.
Entonces veo que se trata de Isaiah. Me quedo.
Si necesita mi apoyo, preferentemente moral, aquí estaré, detrás del tronco de este pino.
Me convierto en parte del público de un espectáculo de lucha libre que no se atiene a reglas tan básicas como la prohibición de un cuchillo con punta afilada.
Isaiah intenta cogerlo, pero antes de que pueda alcanzarlo, él le da una patada en el costado y lo derriba.
Es un toma y daca de pocos segundos hasta que él recupera el arma y le asesta dos puñaladas a Isaiah.
Una se hunde en su hombro, la otra en la cara, forzándole a llevar la mano al ojo y a mí a gritar para mis adentros ante la abundante sangre.
Pese a las heridas, Isaiah saca fuerzas y le asesta un manotazo en la mano.
El cuchillo sale volando por los aires hasta unos matorrales.
No puedo limitarme a sufrir; salto al ring cual espontánea en dirección a los arbustos, pero él se abalanza sobre mí, tumbándome.
Caigo de espaldas, con todo su peso sobre mis caderas.
Me falta el aire cuando su mano inhabilita mi nariz y mi boca.
Isaiah lo golpea repetidamente en la cabeza y lo obliga a levantarse.
Repto hacia atrás, jadeando. Él me mira indeciso antes de optar por dar la puntilla a quien se interpone entre mi muerte y yo.
Isaiah palidece por la sangre que le resbala desde la cara hacia el cuello; se está quedando sin fuerzas, es una presa fácil.
Él lo agarra por detrás, oprimiéndole la garganta con su antebrazo mientras con su otro brazo empuja su cuello hacia abajo. Lo va a estrangular.
ISAIAH
Intento salir, pero algo me atrapa sujetándome con fuerza.
Lloro sin lágrimas mientras un nudo en la garganta me impide respirar.
Tengo esa melodía en la cabeza y la certeza de que hubo momentos en los que fui feliz.
El bienestar es tan intenso que ya no me importa irme; después de todo, nada dura para siempre, lo sabía desde que comenzó a contar mi tiempo.
Sin previo aviso, esa placentera sensación es reemplazada por otra muy dolorosa: una cerilla encendida quemando mi pecho.
Un acto tan natural como respirar requiere ahora un esfuerzo sobrehumano.
El fuego asciende por mi garganta, atraviesa mis ojos y prende mis pupilas que arden sin control.
Me estoy abrasando desde dentro, consumido por la falta de oxígeno.
Las siluetas de los pinos se desvanecen.
En su lugar aparece el mini temporizador mecánico con forma de gallina que tengo sobre la encimera de la cocina.
El martilleo metálico del mecanismo al girar es implacable.
Ha comenzado la cuenta atrás. Cuando el cero y la flecha negra se encuentren, sonará aquella canción infantil, The Rooster Is Dead (el gallo está muerto) , marcando el inicio de un camino desconocido que espero me lleve ante Dios, mi creador.
El plan es sencillo: comportarme hasta que San Pedro me deje entrar. Después ya tendré tiempo de recriminar al “Jefe” por qué no nos facilitó un poco la comprensión del mundo.
El mundo… me han quedado bastantes tareas pendientes en él, entre ellas, salvar a Alicia. Agarro el temporizador. La flecha marca el número cuatro: los minutos que me quedan. Lo giro con todas mis fuerzas en sentido contrario, desesperado por ganar tiempo.