En tiempo de juego 2 de marzo #2
82%

2 de marzo #2

Me detengo en sus labios ligeramente separados, carentes de su sonrisa, esa que califiqué a ratos como gratamente autoritaria por obligarme, sin proponérselo, a acompañarla.

¿Qué vil creador le otorgaría un objeto de deseo así, solo para borrárselo a base de trágicos eventos que han terminado por desequilibrarla?

Ese resplandeciente gesto debería formar parte del patrimonio nacional y ser protegido en consecuencia.

Tengo la impresión de que sería capaz de defenderlo con mi vida si fuera necesario, y que esa faceta extrema es reciente en mí.

Observo el sube y baja de su caja torácica al compás de su respiración. Mi fonendoscopio amplificaría la experiencia. ¿En qué disparates pienso? Me están empezando a afectar la falta de sueño y los acontecimientos de los últimos días. Acerco la butaca a la cama y apoyo el codo junto a su almohada.

Una voz me despierta, informando que la enfermera del turno de noche llega en cinco minutos. Me restriego las sienes con la mano.

—¿Son las diez? —pregunto a Gabriela—. Entro a trabajar en quince minutos.

Voy a salir de la habitación, aún desorientado, cuando ella me sujeta del brazo.

—Se te olvida el perro en el patio.

Miro a Murph, luego a Gabriela, y de nuevo a Murph, que me observa estoicamente desde el otro lado del cristal.

Si lo llevo a casa, llegaré tan tarde que mañana los de recursos humanos querrán verme en su despacho.

Se sumaría a mis faltas de asistencia de los últimos días.

Con la ley en la mano, son injustificadas, pues Alicia no es familiar directo.

Le muestro a Gabriela una hilera de dientes en una clara mueca de tensión.

No me queda más remedio que inventar una indisposición repentina que resultará poco creíble después de mis repetidas ausencias. Gabriela me mira con lástima.

—Ven a recogerlo cuando salgas. La enfermera del turno de noche adora a los perros y este parece tranquilo; hablaré con ella. Además, el gerente suele ser comprensivo cuando se trata de beneficiar al paciente o a su entorno.

Me ha salvado el pellejo: ella y la flexibilidad del gerente. Él y Elisa fueron quienes propusieron traer a Murph. Alicia preguntaba por él continuamente, y cuando les conté lo mucho que solía disfrutar con mi perro, me animaron a pasar con él.

Le doy las gracias a Gabriela y dejo entrar a Murph. Modulo la voz para captar su atención.

—Murph, vuelvo en unas horas. —Lo acaricio y en tono más grave, le ordeno—: Cuida de Alicia, por favor.

Él se echa a los pies de la cama. Salgo corriendo, atribuyéndole en silencio una respuesta: «vete tranquilo». No voy a desvelar ahora que a veces en casa le presto mi voz (y es de falsete).

He dejado el coche lo bastante lejos como para preferir un taxi. Cuando voy a subir, mis bolsillos están demasiado ligeros. El móvil y la cartera siguen en la mesilla del hospital; los dejé allí para que no se me clavaran al apoyarme sobre la cama de Alicia. Me cago en…

Es tarde y el vestíbulo está vacío. Solo Gabriela sale en ese momento con la tarjeta de fichar en la mano. Se apura a dejarme pasar cuando le explico el motivo de mi regreso.

Toco la puerta suavemente para no despertar a Alicia. Al ver que nadie responde, la abro despacio. Mis ojos tardan en adaptarse a la semioscuridad. ¿Y la enfermera? Elisa pidió que no la dejaran sola bajo ningún concepto.

Tras unos segundos de silencio, presiono el interruptor.

La cama de Alicia está vacía y la puerta acristalada del patio abierta, con la llave todavía colgando de la manilla.

Busco a Murph. Sigue en el suelo. Los perros duermen en alerta; han heredado el sueño del lobo, nunca permanecería inmóvil ante mi llegada.

En este instante comprendo en profundidad un estado que, por mi trabajo, observo con asiduidad pero que en la práctica no he experimentado jamás: el shock emocional.

Soy incapaz de hilvanar una historia coherente que explique esta escena.

¿Se ha escapado Alicia? ¿Qué le ha ocurrido a Murph?

Unos cuantos puntos suspensivos después, suena mi móvil.

Aún aturdido por el contrasentido de la alegre melodía y Murph inerte, lo saco del bolsillo.

Es Marcos, pero no descuelgo. Tengo siete llamadas, un audio y un mensaje de Arturo.

«¡Urgente! Tengo las fotos del pub. En una aparece un hombre de pie junto a tu amiga y me ha asaltado una duda: ¿y si en los registros solo figuraban las iniciales A.

R. y la noticia del atropello se retiró por un motivo distinto al de proteger su futuro tras la absolución, como asumimos?

Lo he comprobado: un juez también puede conceder el anonimato si la persona implicada ha recibido amenazas relacionadas con el caso.

¡Lo de Londres, el apuñalamiento y la nota amenazante que acaba de recibir tu amiga podrían estar relacionados!

Habla con Marcos. La policía tiene que saberlo».

Marcos insiste. Esta vez contesto, él habla rápido:

—¿Has hablado ya con Arturo? No te localizaba.

Contactó con una de las mujeres del pub a través de las redes de una amiga de una amiga y consiguió más fotos.

En una aparece un hombre junto a Alicia.

Se la he pasado al informático de guardia para ver si es el mismo tipo al que ella exculpó en el juicio. Isaiah, ¿estás ahí?

—Está aquí.

—No, te pregunto si me estás escuchando.

—Sí, está aquí.

—¿Quién?

—Ese hombre. Llama a la policía y a un médico.

—Yo soy policía y tu médico. ¿Te has tomado algo? ¿Es otra pesadilla como la de la piscina? ¿Estás en la cama?

—En el hospital, se la ha llevado de la habitación y le ha hecho algo a Murph —contesto sin conseguir imprimir énfasis a mis frases.

—¿Han dejado al perro entrar?

Si Marcos no fuera mi mejor amigo, ahora mismo pensaría que es tonto. Sin apartar el móvil de mi oreja, me agacho junto a Murph; su pelaje negro está apelmazado por sangre en el cuello: tiene una profunda incisión en la tráquea.

Un resplandor causado por un relámpago ilumina durante una fracción de segundo el patio, lo justo para distinguir una tenue mancha de sangre con la impresión de la palma de una mano en la puerta blanca del fondo.

Segundos después, suena un trueno. El estruendo me espabila.

Esta es la «próxima vez» de la que Alicia habló en aquel sueño en el que acabó muerta.

Tengo que actuar rápido. Ya me lo advirtió entonces: «En un juego, todo es cuestión de tiempo».

Salgo por la puerta que da al patio, atravesándolo bajo un imprevisible diluvio. Marcos brama desde el móvil:

—¡Me informan de que podría ser otro hombre! Acabo de enviar varias patrullas. Dime dónde estás exactamente.

—Se la ha llevado por la puerta de emergencia del patio en la planta baja. ¡Hay sangre!

—¡Escúchame! Ve a la entrada y busca al guardia de seguridad. ¿Entendido? Yo voy para allá. ¡No hagas nada solo! Te puede matar a ti también.

«También». Cree que ya la ha matado.

—¿Me oyes? La patrulla llega en minutos. ¡No hagas nada!

No necesito mirar mi reloj para saber que voy tarde.

—No hay tiempo, Marcos.

ALICIA

Que iba a llover y que Murph me había salvado la vida era de lo poco de lo que estaba segura al salir corriendo, si es que acarrear mi cuerpo sobre mis inestables pies descalzos se puede denominar así.

Desconocía que él lograría escapar de la fiereza animal y que solo existía una salida, apretar el botón de llamada a enfermería.

En la habitación, mi mente trabajó a toda velocidad para elegir entre las salidas más evidentes: las dos puertas.

Una conducía al pasillo del hospital y estaba parcialmente bloqueada por él mientras se defendía de Murph.

La otra era de emergencia y suponía atravesar el patio.

Franquearla se presentó como la mejor opción, porque lo que estábamos viviendo Murph y yo en esa habitación era, sin duda, una situación que debía solucionarse lo antes posible.

Me apoyé en la barra metálica de la puerta, ejerciendo presión para abrirla. En otro plano, ese gesto significaba el paso hacia un lugar donde empezar de nuevo. En este, ni siquiera estaba solventando la urgencia, solo posponiéndola.

Fui a parar a una calle desierta. Una hilera de coches aparcados en batería separaba el hospital de un amplio parque sin edificios colindantes.

A él lo vi seguirme y mirar detrás de varios contenedores de basura.

Ese breve desvío de su atención me proporcionó el tiempo necesario para ocultarme detrás de un coche.