2 de marzo
ALICIA
Entro en la habitación acompañada de mis padres y de Elisa; hablan entre ellos y el aire se llena de palabras suspendidas, a la espera de que mi cerebro las asimile.
Examino el mobiliario como si fuera a quedarme indefinidamente: una butaca, un armario y una cama vacía, despojada de los únicos pasados posibles en un hospital, la esperanza o el desconsuelo.
Alguien la ha engalanado con sábanas blancas perfectamente remetidas, usando la técnica de la esquina de hospital.
Me reconforta saber que es la misma que emplean los hoteles de cinco estrellas para proporcionar al descanso un acabado perfecto.
Me acerco al cristal y alzo la vista. Un avión divide el cielo con su estela blanca.
Leí una vez que, si el surco es espeso y duradero, el aire es húmedo y es probable que llueva.
No mantengo la mirada; la amplitud del cielo resulta excesiva entre cuatro paredes.
Sobre la mesita alguien ha dejado un jarrón blanco de plástico barato que contrasta con la elegancia del ramo de flores que contiene.
Predominan los tonos naranjas acompañados por un fondo verde de hojas ovaladas.
El rojo lo aportan dos orquídeas. Es el mismo ramo que decoraba la habitación del hospital donde me ingresaron después de que me apuñalaran.
Elisa deja en la mesita un formulario. La escucho decir que anote los nombres de las personas que autorizo a visitarme en la sala o en el patio.
Señala la puerta acristalada. Habla con optimismo de la jungla de cemento que hay ahí fuera: un banco de hierro, una puerta blanca con un pictograma de salida de emergencia y un árbol desnudo que se erige como el único elemento natural.
Mi padre saca el neceser de la maleta; mi madre cuelga la ropa en el armario.
Para que puedan seguir demostrando que son padres entregados, escribo sus nombres en el formulario.
Luego me tumbo en la cama y cierro los ojos.
Un cristal empañado me separa del exterior desde que recuperé la consciencia.
Por mucho que parpadee, las marcas de mis gastados limpiaparabrisas reducen la visibilidad al mínimo.
Tal vez, si duermo un poco, esta realidad intangible y escurridiza desaparezca.
Entonces una voz resuena en la habitación, volviéndose cada vez más nítida.
Es Isaiah, con una sonrisa que achina sus ojos, formando unas atractivas arruguitas a los lados.
Creí que no lo dejarían pasar porque no me atreví a escribir su nombre. Él lo sabe.
—No te preocupes; a mí me dejan entrar siempre.
—¿Por qué?
—Bueno, Alicia, desde que te salvé la noche que te apuñalaron, soy tu proyección mental preferida.
Mis pupilas se dilatan por la oscuridad en la que me sumen sus palabras.
Ahora lo comprendo, no me fui a vivir con mis padres después de la puñalada; en su lugar, un centro de salud mental se convirtió en mi hogar, el mismo final que el de la película distópica que creí haber visto con él y su amigo en el cine.
Ya no hay salida, ni siquiera la de emergencia.
Mi madre toca mi hombro y me saca de esa pesadilla.
Quiere avisarme de que viene Gabriela, una enfermera que ocupa un considerable espacio en el plano horizontal, con grandes carrillos sonrosados y pelo ralo y canoso.
Viste una bata blanca con dos bolígrafos en el bolsillo delantero a la altura del pecho, como señal de su predisposición a la escucha activa.
Se acomoda en la butaca y me sonríe, presentándose como Gabi, diminutivo que reduce perceptiblemente su tamaño.
No me apetece entablar conversación, así que cierro los ojos otra vez, pero un golpe suave en la puerta me obliga a abrirlos de nuevo.
Veo a Gabi impulsarse sobre los reposabrazos de la butaca, como un rústico sacacorchos.
Sus voluminosos hombros bloquean mi visión cuando entreabre la puerta, encoge la barriga y se desliza por el hueco, desapareciendo al otro lado.
El mecanismo cierrapuertas actúa con tanta eficiencia que no logro averiguar quién ha llamado, pero quienquiera que sea no tarda en presentarse: la puerta se abre de nuevo.
En el umbral está Isaiah Martín Hansen. No necesitó autorización para entrar. Me estremezco al escuchar primero su voz y luego la mía, sin inflexión, preguntándole qué hace aquí. En el mejor de los casos, contestará que es mi médico, el que me trata desde que enloquecí.
—Elisa conoce al gerente y como insististe tanto en que viniera con Murph… ¿Prefieres que vuelva otro día?
Ni siquiera había reparado en que sostenía la correa de un perro.
—¿Puede venir Elisa?
—Acaba de irse a casa.
—Entonces Gabriela.
Isaiah abre la puerta, Gabi entra en la habitación y él hace ademán de marcharse.
—Espera, Gabi, ¿lo ves? —digo mientras lo señalo.
—Tengo miopía, pero aún lo veo bastante bien —sonríe.
—¿Podrías abrazarlo? — pregunto, despejando cualquier duda sobre lo acertado de mi ingreso.
Intercepto una mirada entre los dos. Gabi no vacila, alarga sus brazos rechonchos y achucha a Isaiah, que, completamente tieso, le da una palmadita en la espalda perdido entre sus carnes. Gabriela se gira hacia mí.
—¿Por qué no lo abrazas tú ahora? Cuando lo vi en el pasillo también pensé que estaba soñando; hombres con esta planta solo se ven en las pantallas. —Me guiña el ojo y añade—: Os dejo a solas. Si me necesitas, aprieta este botón rojo, es el pulsador de llamada a enfermería.
Mentiría si dijera que ese abrazo prueba que Isaiah existe.
Es posible que haya incorporado a Gabi como personaje secundario dentro de la farsa.
Estoy convencida de que nunca salí del hospital tras el apuñalamiento.
Resulta más verosímil que haya imaginado un enredo con un galán durante un coma que alguien como Isaiah sea real.
Su perro, sin embargo, sí lo parece: acaba de dar un tirón a la correa y apoya las patas sobre las sábanas. Alzo las manos a modo de escudo e Isaiah lo aparta.
—Perdona, está exaltado, lo dejo en la entrada.
—Mejor sácalo al patio un rato antes de que llueva.
Isaiah mira el cielo azul. No ha visto la estela espesa y persistente del avión que presagia lluvia.
—No tengo las llaves del patio.
—¿Estoy encerrada?
—No, es solo por seguridad.
—¿Para qué no me escape?
—No quieres irte. Ingresaste voluntariamente. ¿Le pedimos a Gabriela que deje salir a Murph? Después del momento tan íntimo que hemos compartido, seguro que no se niega.
Me muestra todos sus dientes superiores en una sonrisa que, antes, me habría provocado un cosquilleo grato. Hoy muevo la cabeza de arriba a abajo sin sentir nada.
Gabi aparece con la llave y abre la puerta. El perro se resiste a salir, pero Isaiah tira de él hasta atarlo al árbol. Da varias vueltas sobre sí mismo y se tumba en los adoquines. Isaiah regresa sonriendo. Cierro los ojos.
—¿Eres real?
—Sí. ¿Por qué no iba a serlo?
—Porque me has salvado la vida dos veces y no te lo he agradecido. Suelo ser más educada.
—La primera fue casualidad; la segunda, causalidad.
—¿Causalidad?
—Sí, la segunda vez fue consecuencia de la primera. ¿Cómo te encuentras?
—Mal, creo que me estoy volviendo loca.
—Tienes que hablar de lo que pasó.
—¿Con quién?
—Con Elisa, con personas que hayan pasado por lo mismo, conmigo si quieres.
Si le cuento lo que hice, nunca podrá quererme.
Le doy la mano para que se acerque. Con suerte, su aroma estimulará mi cerebro, desactivando el modo avión en el que se encuentra.
Observo sus caleidoscopios de prismas azules y verdes mientras fantaseo con la posibilidad de despertarme al estilo de Blancanieves.
Los enanitos la colocaron en una urna de cristal y bastó con que un príncipe le diera un romántico beso para sacarla de su sueño.
Isaiah sonríe con paciencia cuando le explico mi plan y contesta:
—Mejor pellízcate y comprueba que no estás soñando.
—Eso solo funciona con los sueños bonitos.
Veo mi rostro aproximarse al suyo con descaro.
Se aparta, titubea, se rinde y luego se deja llevar.
Tiene los labios calientes y húmedos. Y eso es todo lo que percibo.
El mundo virtual no se ha desvanecido de golpe como ansiaba.
Ni siquiera experimento un mísero microdespertar. Él nota mi decepción.
—No existen las recuperaciones milagrosas, las mejoras suelen ser graduales hasta que un día se vuelven sustanciales. Prometo ayudarte durante el proceso y después, si tú quieres.
Le aprieto la mano.
—La verdad, Isaiah, todavía no sé si eres un necio o un valiente.
Replica que es más bien un enamorado que, antes de conocerme, solo sentía la soledad cuando intentaba aplicarse crema solar en la espalda, donde yo le hice crecer alas.
Y que juntos alzamos el vuelo y descubrimos una nueva perspectiva de la vida: más divertida, más enriquecedora, más intensa, más...
—... nuestra.
Completo su frase emocionada mientras mis dedos se entrelazan con los suyos. Ni en mis mejores sueños imaginé que de su boca saldría una declaración de amor, y mucho menos después de las barbaridades que le solté en aquel parque. Una sonrisa serena se dibuja en mi rostro al escucharlo entonar:
— Don’t you give up, nah, nah, nah, I won’t give up, nah, nah, nah.
«No te rindas, yo no me rindo», el estribillo del videoclip que le mostré en la Sierra. De pronto se calla y me pide que esto sea el comienzo de una maravillosa historia de amor. Por primera vez creo que seré capaz de aletear de nuevo, cual ave Fénix que resurge de sus cenizas.
No podía estar más equivocada.
El único aleteo que percibo al despertar es el de mi corazón, bombeando sangre con violencia, impulsado por el espanto que desencadena la pestilencia que me ha arrancado del sueño. La cumarina. Su aroma. El de él .
ISAIAH