En tiempo de juego 13 de octubre
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13 de octubre

ISAIAH

El centro nacional de emergencias advierte de un remolino con potencial catastrófico, mientras en la radio repiten las órdenes de evacuación.

Aun así, algunos residentes desoirán las advertencias; han sobrevivido a otros colosos y dado el esfuerzo que supone marcharse solo se irán cuando no les quede alternativa.

—Unos cuantos se quedarán para proteger sus propiedades —comenta Luciana con la convicción de un agente inmobiliario y como si hubiera adivinado parte de mis pensamientos.

—Espero que cuando necesiten salir no sea demasiado tarde —respondo, apretando el último anclaje.

Oliver, vecino y amigo, llega con la motosierra en la mano.

—Todo está asegurado; lo que no, cortado. Debemos irnos.

Me fío de su criterio: es bombero. Cargamos el todoterreno y salimos a una carretera semidesierta.

Las largas colas en las gasolineras y los supermercados, que se extendían por todo el estado, desaparecieron a medida que se agotaban los suministros y la cuenta atrás para el impacto entraba en su recta final.

A estas alturas, quien circula lo hace para refugiarse en los albergues públicos, como Luciana, o para cumplir con los servicios esenciales, como Oliver y yo.

El preludio de la tormenta se anuncia en la línea de palmeras junto a la carretera.

Sus copas se curvan como penachos de plumas gigantes, inclinándose dócilmente ante el viento.

Hay algo sugestivo en ese pulso de la naturaleza, una mezcla de euforia y excitación que me hace sentir muy vivo.

Es mi adrenalina disparada por la situación de riesgo.

Si no creyera que es un riesgo controlado y que saldré victorioso, las gotas de lluvia estrellándose contra el parabrisas despertarían en mí una emoción bien distinta: pánico.

—Ya se notan las bandas exteriores del huracán —apunta Oliver mientras entramos en la estación de bomberos.

Trasladamos las herramientas de mi todoterreno a su camioneta, que había dejado aparcada antes de acompañarme a reforzar la nueva casa de los Martín-Rivas.

Alicia y yo preferimos que sea Nora quien la estrene y no el huracán.

Aunque por su energía, su imprevisibilidad y su capacidad para transformar todo a su alrededor, nuestra hija y el torbellino que se aproxima no parecen muy distintos.

Bajo la ventanilla del coche y me despido de mi amigo deseándole que pueda salir a trabajar; sería señal de que las condiciones no son tan extremas como para suspender todas las operaciones, incluso las de rescate.

Él cruza los dedos y tras un apretón de manos, de esos que preceden a un pulso amistoso, golpea el capó, instándome a arrancar.

En el vestíbulo del hospital recibo un audio con el saludo de Destiny, la risa de Nora y el «te queremos» de mi mujer desde Farley, donde van a sortear la amenaza. Camino ligero hasta las taquillas y recojo mis pertenencias para subir a la capilla.

Hoy hago la señal de la cruz bajo la luz verde que marca la salida de emergencia.

El encargado de mantenimiento ha cortado la electricidad en las salas no esenciales, anticipándose a posibles fallos de suministro.

En cualquier caso, un apagón no sería un problema: nuestros equipos médicos cuentan con generadores independientes.

Me siento en el banco de madera con el móvil en una mano y el cronómetro en la otra.

Antes no me separaba de este trasto; ahora me lo ajusto a diario en la muñeca para devolverlo a la taquilla al terminar mi turno.

Un pequeño ritual de desconexión. Mi familia no ha logrado detener el tiempo, pero sí restarle protagonismo.

Es el mismo tiempo que Alicia me rogó no dedicar a curarla con tanto afán, porque esa presión extra no la favorecía.

Necesité un viaje y una experiencia espiritual para cambiar de mentalidad.

Ahora sigo de cerca los avances médicos que podrían beneficiarla, pero con calma, esforzándome por aceptar su insomnio como ella lo hace: una dificultad con la que convivir y no un problema que resolver antes de ser felices.

Y la verdad es que somos muy felices… a ratos.

Pero de eso se trata, ¿no? O al menos eso sostiene la ciencia: que la felicidad plena y permanente en la Tierra es un señuelo y que nuestra carrera por alcanzarla no es más que una estrategia adaptativa.

Según esta perspectiva, la selección natural habría favorecido las emociones positivas porque aumentan nuestras probabilidades de sobrevivir y reproducirnos, asegurando así la transmisión de nuestros genes.

Del mismo modo, las ideas, las modas o las costumbres humanas también se propagarían de generación en generación cuando contribuyen a ese fin.

No seríamos, entonces, más que vehículos temporales a las órdenes de unos genes empeñados en perpetuarse.

Alicia expuso esta teoría en lo alto de una colina de un parque de Madrid, cuando apenas nos conocíamos.

Desde entonces, cada vez que reaparece en las noches tranquilas en las que nos dejamos arrastrar hacia lo trascendental, nos encargamos de desmontarla.

Alicia opina que nuestro verdadero legado son los actos de amor que realizamos; yo le doy la razón y añado que aquello que nos distingue como especie es la autoconciencia, capaz de desobedecer los dictados genéticos; por eso, a diferencia del resto de los seres vivos, podemos decidir no tener descendencia.

No obstante, debo confesar que, en ciertos momentos, veo la balanza inclinarse peligrosamente hacia la servidumbre genética.

Entonces, ideas que podrían parecer propias de la ciencia ficción, como aquella que Alicia planteó en una de esas veladas: los genes como seres parásitos que nos gobiernan desde dentro, dejan de parecerme tan descabelladas.

La ventaja, si fuera cierta, sería que me eximiría de toda responsabilidad, puesto que podría alegar que, sometido a la voluntad de los genes y esclavizado por su afán de perpetuación, no tuve más remedio que ceder a un deseo de extraordinaria intensidad.

Uno que, al cumplir su mandato reproductivo, me concedía a cambio unos breves segundos de inmortalidad.

Aún sonrío al recordar cómo mi amigo Sergio, tras escuchar esa extensa disquisición científico-filosófica, sofocó una carcajada y soltó:

— Resumiendo, estabas tan metido en faena que pasaste del condón, y ahora me vienes con este rollo infumable para justificar que estéis otra vez embarazados, después de jurarme que ni en sueños tendríais otro hijo ahora.

Ni Marcos lo habría expresado con mayor claridad.

A Alicia no le preocupaba ampliar la familia; yo prefería esperar.

El problema fue que olvidé que fuera de casa tiendo a asilvestrarme y acabé cediendo a su entusiasmo por demostrarme que las cataratas de mi fondo de pantalla eran, efectivamente, las de Iguazú.

Tuvimos que ir a comprobarlo en persona porque Marcos, que me había enviado la foto años atrás, estaba prácticamente desaparecido, y recurrir a Arturo no era una opción.

Le había prometido abandonar mi desastrosa carrera como detective.

El último día asistimos a un espectáculo de tango en Buenos Aires y Alicia aceptó encantada la invitación de uno de los bailarines para una danza.

De vuelta en el hotel, quise demostrarle que podía moverme igual o mejor que aquel hombre tan estirado.

Tras un par de tropiezos, cerramos la noche con el único baile que creo me sale natural: uno más exclusivo, pélvico y horizontal.

No fue la relajación postcoital lo que me permitió regresar a Miami en paz conmigo mismo, sino haber empezado a aceptar que seguirían existiendo días en los que Alicia dormiría mal, se despistaría con frecuencia y hablaría con frases fuera de contexto.

Especialmente aquella de «no voy a perder este juego», que repetía sin que hubiera partida de dominó ni motivo aparente, salvo quizá el miedo a extraviar otro juego de llaves.

En esas jornadas nos acariciaba a Nora y a mí hasta desgastarnos, como si necesitara comprobar que no éramos parte de una simulación.

Este mes se cumplen cuatro años desde que Sergio y yo creamos la cuenta de apoyo para pacientes con enfermedades crónicas o raras, y reconozco que hasta hace poco no había hecho mío parte de su contenido.

No había comprendido que, igual que algunas maletas verde flúor se pierden para siempre en un aeropuerto, ciertas capacidades no regresan y ciertas dolencias permanecen.

Y que aceptarlo no es una derrota ni una rendición, sino una forma de adaptación, como la de nuestros ojos cuando la luz escasea.

Los míos se adaptan ahora a la penumbra de esta capilla.

Mis pupilas se dilatan y las células de mi retina, responsables de captar la luz, se activan, ayudándome a acercarme a la figura del Cristo resucitado que reposa en una hornacina.

El conjunto fue donado por una familia floridense que quiso ser recordada sin pecar de presuntuosa: en su justa medida.

Por eso, solo quien se aproxima con ánimo inquisitivo encuentra la discreta placa que explica su origen.

Yo la descubrí al regresar de Argentina y aquella información dio pie a un diálogo interno muy transformador con la estatuilla:

—¿ Fue durante tu traslado hasta aquí?

— ¿Eh?

—Te faltan algunas falanges de los dedos índice y medio con los que apuntas al cielo.

—¿Y?

—Resulta contradictorio con tu postura triunfante.

—Hmmm.

—Ya… supongo que al final es la prueba de una lucha ganada. Yo también tengo la mía.

Me señalé la cicatriz que me cruza la cara y me confiere un aspecto amenazador, capaz de intimidar a niños (y no tan niños). De inmediato me sentí ridículo por compararme con Jesucristo, como si compitiéramos por el título del más rudo: él, que fue crucificado. Por eso, maticé:

—Mi mujer dice que me da aire de tipo duro y que ahuyenta a los malhechores antes de que descubran que soy inofensivo.

—Ajá.

Pese a su gesto inmóvil, tuve la impresión de que iba a añadir algo más. Me adelanté:

—Déjame adivinar, ahora vas a decir que las marcas, también las invisibles, esculpen nuestra identidad y nos permiten crecer.

— Ajá.

Recuerdo que el sonido de la puerta de la capilla al abrirse interrumpió aquel diálogo cuando estaba a punto de pedirle que profundizáramos un poco más en ese tema.

Porque, aunque comprendía la utilidad del sufrimiento humano, no lograba convencerme de su necesidad, pese a que un texto que había caído recientemente en mis manos trataba de explicarlo, al afirmar que en la Tierra aprendemos por contraste entre la luz y la sombra.

Imagino que Cristo habría respondido con otra de sus interjecciones elípticas, de esas que no aclaran demasiado. Al fin y al cabo, todo lo que quiso que supiéramos ya lo predicó hace más de dos mil años.

Después de aquella conversación silenciosa con la estatuilla, me levanté del banco y salí al pasillo, avanzando de lado para no tropezar con el reclinatorio.

Entonces algo pequeño y ligero chocó con mi pierna: una niña de corta edad.

Había caído sobre sus manos y gimoteaba a mi lado.

Me agaché para consolarla y recoger su dibujo: un papel con trazos casi invisibles de mi color favorito: el verde esperanza.

Dejó de llorar al reparar en el reloj de mi muñeca.

Lo tocó con curiosidad y le mostré que al pulsar un botón emitía un pitido.

Fascinada, intentó llevárselo tirando de la esfera.

Tras varios intentos su ímpetu dio paso al desencanto, pero enseguida apoyó las manos en el suelo, estiró las piernas y se puso de pie con determinación.

Desde la puerta de la capilla, su madre le tendió los brazos.

La niña avanzó tambaleándose hasta encontrar refugio en ellos apenas unos segundos después.

Desde allí, giró la cabeza para mirarme, regalándome una sonrisa de satisfacción y, con ella, una valiosa revelación: la vida, entendida como el fugaz trayecto que mi hija acababa de trazar entre sus padres, era un lugar donde caer, llorar, levantarse, explorar, maravillarse, crear, aprender y sonreír.

Era un tiempo de juego, un gran jardín de infancia en cuatro dimensiones, una de ellas temporal, dentro de un espacio inmenso que se intuía multidimensional y atemporal.

La idea de que la vida es solo un punto de partida y de que nuestras acciones forman parte de algo más grande y perdurable no me era ajena.

La había leído en la Biblia y escuchado innumerables veces en la iglesia.

Sin embargo, nunca la había interiorizado lo suficiente como para sentir la euforia serena que provoca un cambio de perspectiva tan profundo.

La levedad que me invadió al liberarme del peso del tiempo no perduró en las demandas de la vida cotidiana, pero ahora siempre puedo evocarla al recordar la imagen del Cristo resucitado señalándonos el cielo: un recordatorio de lo absurdo que resulta luchar contra el tiempo en la antesala de la eternidad.

Ilumino la esfera del reloj; mi turno empieza en cinco minutos.

Salgo deprisa; haber redefinido mi relación con el tiempo no parece una excusa sólida para llegar tarde.

Suena mi móvil. Miro la pantalla y me encuentro con una grata sorpresa.

Marcos me está llamando cuando hace meses que no responde ni a los chistes tontos que le envío.

Probablemente ha visto las noticias. Cuando descuelgue, lo primero que hará será bromear sobre el nombre del huracán.

Le juraré, riendo, que Isaías es el que tocaba según la lista de la Organización Meteorológica Mundial.

—¡Marcos! ¡Cuánto tiempo! ¿Cómo va todo? —saludo con afecto.

Al otro lado se oyen voces femeninas, lejanas, intercaladas con una profunda exhalación de Marcos. Parece dudar antes de hablar y eso me inquieta.

—Te llamo porque… porque —tartamudea—, Carla y Lucía dicen que tienes derecho a saberlo y supongo que tienen razón.

Su voz se quiebra en la última palabra, antes de continuar casi en un susurro:

—Sandra…