29 de febrero
ALICIA
Ingenua de mí, creía que la bola de nieve formada por mis secretos se deshacía.
En realidad, aceleraba antes de chocar contra mí y aplastarme.
Hace frío y no huele a nada. Estoy atrapada en las tres íes del agua: inodora, incolora e insípida.
Así enseñaba a mis alumnos las propiedades de este elemento, irónicamente vital para la vida y que ahora es mi tumba.
Es el gran colapso; por fortuna, uno personal.
Se producen miles diariamente por culpa de la obsolescencia programada. El desenlace era predecible.
Me encuentro en un ascensor panorámico, adosado a la fachada de una torre metalizada de diseño futurista que se alza como una isla en un mar color turquesa rodeado de icebergs.
Santi me sonríe, ilusionado. Sus cautivadores ojos revelan impaciencia por llegar a la azotea desde donde asegura que la vista del glaciar es espectacular.
El ascensor tarda en subir porque Isaiah lo detiene en cada piso.
Cada vez que la puerta se abre, presiono el botón de cierre y él insiste en que es solo un placebo colocado para dar sensación de control.
—La puerta se cerrará cuando lo indique el programa —me avisa, con una calma irritante.
—¡Sé cuidarme sola!
—Sal, por favor.
Su voz se impone a la de Santi, que se desgañita recordándome que yo quise subir.
De pronto, el botón del número trece se ilumina.
La puerta se abre e Isaiah me tiende la mano de nuevo.
Si salgo, quizá aún pueda evitar otra catástrofe como la de aquella madrugada de viernes trece.
Alargo mi mano hacia la suya; nuestros dedos se entrelazan y se cierran con fuerza.
El sensor de la puerta no detecta mi brazo.
Retiro la mano antes de que la hoja metálica guillotine mi muñeca.
Isaiah intenta interponer el pie, pero la puerta se cierra.
Se escucha un ruido mecánico en el techo, la cabina se está descolgando.
No ha soportado mi peso y ahora es Santi quien va a perecer por mi culpa.
La fuerza de la gravedad se concentra en mi pecho mientras caemos.
Estiro los brazos buscando la mano de Isaiah en el aire.
Aunque físicamente es imposible, siento entre mis dedos la tibieza de su piel, áspera y agrietada por las agresiones externas. De algún modo, pese a los metros que nos separan, hemos logrado que nuestros dedos continúen entrelazados.
Me consuela saber que, aunque en vida bloqueé su contacto y él, testarudo, siga empeñado en llevar las manos como papel de lija por no usar crema, en el más allá seguiremos compartiendo el vínculo que nace del entrelazamiento cuántico de dos sistemas que han interactuado.
Aun separados, permaneceremos en un estado tal que lo que le afecte a él resonará en mí y viceversa por toda la eternidad.
La cultura popular atribuyó al físico teórico Paul Dirac la formulación de este fenómeno y su ecuación llegó a interpretarse como metáfora del amor inquebrantable.
Santi quería que nos la tatuáramos en lugar del símbolo del infinito, hasta que le aclaré que no guarda relación directa con el entrelazamiento cuántico, sino que representa el esfuerzo por reconciliar la mecánica cuántica con la relatividad.
Es lógico que conceptos tan abstractos como estos se interpreten erróneamente.
Yo misma saqué conclusiones equivocadas a partir de otras teorías, en este caso evolutivas, y contribuí en una conversación con Isaiah en lo alto de la colina de un parque, a difundir la distorsión de que lo único que perdura de nosotros son nuestros genes y nuestras ideas, portadores que consideré nuestros nexos con el futuro.
Ahora, casi como una epifanía en plena caída, comprendo que lo que verdaderamente permanece es la huella emocional de nuestros actos de bondad.
Una energía que nos trasciende y fluye hacia las generaciones futuras.
Esa certeza, lejos de aliviarme, acelera mi caída.
Mis buenas obras no contrarrestan el peso de mis errores.
A escasos metros de hundirme en el averno, los signos de la ecuación de Dirac: (iγ μ ∂ μ − m)ψ = 0 , desfilan en bucle por mi mente.
En ellos, la i , la unidad imaginaria, es la i de Isaiah: un recordatorio de que, en ocasiones, aceptamos como cierta una grata invención de la mente.
La voz de mi madre detiene mi caída. Abro los ojos.
Mis padres me sonríen desde el borde de la cama.
Giro la cabeza en busca de Isaiah, pero lo único que encuentro es un ramo de flores naranjas, el mismo que adornaba la mesita de mi habitación del hospital después de que él me apuñalara.
Con la lengua espesa y pegajosa, como quien despierta de un sueño profundo, susurro:
—¿Isaiah?
ISAIAH
Marcos me mira con conmiseración.
—La carta se selló en su zona, la firma es auténtica y ella estaba acudiendo a un centro para dejar los ansiolíticos. Además, sufre de insomnio y de manías persecutorias desde hace años. Imagino que, salvo los detalles de la carta, todo esto ya lo sabías.
Me masajeo las cuencas de los ojos, aferrándome a la parte de mi mente que se niega a aceptar que la nota la haya escrito ella, pese a que la evaluación psiquiátrica preliminar muestra una depresión funcional severa, del tipo en la que el paciente sonríe y aparenta un estado mejor del real.
—El abogado de la defensa dijo en el juicio que otro hombre podría haber sido el agresor. Hay que localizar a las mujeres de la despedida que sacaron las fotos en el pub irlandés. Habla con el inspector otra vez, por favor.
—Lo hago, pero en las fotos que me enseñaste, Alicia estaba sola.
—Solo eran cuatro. El empleado del pub me aseguró que ellas hicieron muchas más. ¿No puedes encargarte tú?
—No es mi departamento. Ten paciencia, en una investigación, como en medicina, hay protocolos y tiempos.
Ya es bastante que el inspector haya aceptado analizar la nota con carácter urgente.
En setenta y dos horas tendrán los resultados.
Mientras tanto, tratan la sobredosis como lo que parece: un intento de suicidio.
Una vocecilla me insiste: «Dile ya lo de Londres». Pero hacerlo solo reforzaría esa hipótesis. Además, siento que, con solo pronunciarlo, marco a Alicia con una cruz escarlata, borrándola para siempre como persona de bien.
—¡Roca! ¡Aquí! —vocea mi amigo.
Santiago acaba de llegar a la entrada del hospital y yo aspiro a sacarlo a puñetazos por haber dejado sola a Alicia y por mil motivos más, aunque mis impulsos violentos siempre se evaporan más rápido que un charco de agua en pleno periodo estival.
Santiago abraza a Marcos, que le responde con una palmada en la espalda.
Entretanto, yo añado un mandamiento temporal a los diez existentes: «No te pegarás con el diablo».
Aprieto el puño hasta que los nudillos se quedan blancos y luego lo abro.
No puedo cruzarle la cara; arruinaría mi futura declaración ante la policía.
Entonces, Santiago Roca, con esa apariencia de tipo duro, engreído y pendenciero, rompe a llorar desconsolado.
—Dijo que llamaría a sus padres… que me fuera para no contagiarme… que con tos no podría ir a la audición ni trabajar —solloza aferrado a Marcos; luego gime—: No entiendo qué pasa. La quiero como no he querido a nadie en mi vida, pero con ella todo me sale mal. Está gafado.
Sus lamentos se mezclan con la alegre melodía de mi móvil. Es el padre de Alicia. Habla a toda prisa; dice que ella se ha despertado hace un momento, ha intentado decir algo y, de pronto, los monitores han empezado a pitar. Se la han llevado corriendo de la sala.
Camino de un lado a otro por el pasillo del hospital como un animal enjaulado, deteniendo a cualquiera que se acerca, porque nadie nos informa.
Al principio, los padres de Alicia me siguen, pero cuando les flaquean las piernas, se quedan apostados junto a la puerta por la que se la llevaron.
Por fin, un médico con cara de haber dormido tan poco como yo, pregunta por los familiares de Alicia.
Les comunica que ha sufrido un aumento brusco de tensión arterial, acompañado de una fuerte taquicardia.
Probablemente un ataque de pánico derivado del síndrome de abstinencia.
Le han aumentado la sedación y ahora está estable.
—¿No la manteníais con su medicación a dosis altas para evitar la abstinencia? —lo increpo.
Me lanza una mirada de hartazgo que interpreto como «otro que se ha pasado la espera consultando internet».
Busco mi móvil para informar a Marcos, pero antes encuentro la bolsa de plástico que me entregaron al ingresar a Alicia en urgencias.
Contiene sus objetos personales: una cadena con un medallón.
Es el grabado lo que sigue captando mi atención: por un lado, los nombres de ella y Santiago junto a la fecha de San Valentín; por el otro, S.T.A.Y.
, «quédate». ¿Sabía Santiago que ella albergaba ideas suicidas y, aun así, la dejó sola?
Tal vez no sea el manipulador que imaginé todo este tiempo, sino simplemente un imbécil.
«Todo me sale mal, está gafado», sollozó.
Al escucharlo, por primera vez pensé que no podía ser la mente maestra detrás de una agresión ni de una nota siniestra, sino más bien una especie de maldición hecha persona.
Por eso debo apartarlo de ella sin más contemplaciones.
Desbloqueo el móvil para escribir a Marcos. Él ya me ha escrito.
«Dime algo. Roca se está volviendo loco aquí abajo. ¿Puede subir?».
Yo: «Ya está estable, sufrió un ataque de pánico. No puede recibir visitas por ahora. Dile a Santiago que lo llamo luego, que me coja el teléfono».