En tiempo de juego 28 de febrero #2
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28 de febrero #2

Ninguno es tan milagroso; los he estudiado todos. Mi padre sufrió tos crónica debido al reflujo que le provocaba su medicación contra el dolor, y yo hacía malabares para encontrar alguno que lo calmara.

—¡Ay, señor, no me fijé en el nombre! —responde compungida.

Le digo que no se preocupe. Bastante hizo al ir al piso de Alicia en las horas que dedicaba al mío, sabiendo que recoge a su hija en un colegio cerca de mi bloque.

—¿Se quedó durmiendo?

—Cuando subí con el correo, seguía en su habitación. ¡Ah, señor! Ahora recuerdo que era un frasquito con la etiqueta verde.

—¿Verde?

Se disparan las alarmas. Existe un jarabe con esa etiqueta, especialmente eficaz contra la tos porque la inhibe a nivel del sistema nervioso central.

Contiene codeína, un opioide que, con precaución, se utiliza para tratar la tos seca, violenta y persistente.

Intento silenciar las alarmas. No sería la primera vez que exagero; ya corrí a rescatarla tras soñar que se ahogaba en la piscina.

Hoy, sin embargo, no estoy tan seguro. « The devil is in the details» , la frase hecha que repetía mi madre y que me acompaña en cada urgencia, se traduce literalmente como «el diablo está en los detalles », e invita a no pasar por alto la letra pequeña de un prospecto o, en este caso, la grande.

Las agencias reguladoras de medicamentos alertan de que combinar codeína y sedantes como las benzodiazepinas puede provocar somnolencia extrema, dificultad respiratoria, coma e incluso la muerte.

Alicia lleva dos semanas tomando una benzodiazepina menos potente en una dosis equivalente al alprazolam como parte del proceso de deshabituación.

Si la toma con un opioide como el del jarabe, el riesgo de depresión respiratoria se dispara.

En otras palabras, su cerebro puede olvidarse de algo tan elemental como respirar al ritmo necesario para oxigenar la sangre.

Sin pensarlo más, doy media vuelta y regreso a la base del SAMUR.

Entro pidiendo naloxona para una amiga. El jefe de guardia responde que si es en un domicilio no es nuestra competencia.

No lo abofeteo porque no tengo tiempo (ni el impulso).

Andrea y Luis se acercan al oír mi alboroto, mientras mi superior continúa con su sermón, que incluye un «se os va a caer el pelo y se me va a caer el pelo».

No me preocupa si nos quedamos calvos. Además, Luis ya lo está.

Y Andrea no parece consciente de cómo le quedaría. Subimos a la ambulancia y nos vamos.

Llamo a Sergio, directo:

—¿Estás en casa?

—No, en la tetería de flores que me recomendaste. ¿Qué …?

Le corto.

—¿Llevas las llaves del piso de Alicia que te di? Si las tienes, sube. Llámala de camino. Vamos en la ambulancia. Temo que esté sufriendo una intoxicación por opioides. Ojalá me equivoque.

Lo escucho maldecir. Conoce bien los riesgos de estos medicamentos… y yo también. La disfunción intestinal que se llevó a mi padre fue consecuencia del uso prolongado de estos analgésicos para el dolor.

Abro el estuche con las ampollas de naloxona y las miro como si fueran lingotes de oro.

Este fármaco revierte y bloquea en segundos los efectos de los opioides.

Es tan eficaz que en Estados Unidos comenzó a venderse como espray nasal sin receta, una medida para frenar las muertes por consumo recreativo de fentanilo, el opioide sintético que ha desatado una epidemia de muertes en mi país de origen.

Espero no tener que usar hoy ni una ampolla y que la alarma vuelva a ser producto de mi imaginación.

Si al llegar está regando las plantas o haciendo punto de cruz, juro que me marco una jota en pleno centro de Madrid (solo en esos dos escenarios).

La puerta del piso está abierta. Grito su nombre. Sergio emite un débil «¡aquí!». Alicia yace en el suelo del dormitorio; a sus pies, un edredón de emoticonos amarillos sonrientes es una broma cruel. Sergio, arrodillado a su lado, me mira nervioso.

—Le levanté el mentón para que no se tragara la lengua.

—Alicia, soy Isaiah.

Podría anunciar que soy su lamentable ángel de la guarda y solo obtendría silencio como respuesta.

Respira demasiado despacio para que haya un intercambio de gases eficaz.

Está al borde de la depresión respiratoria.

Le hablo sin parar mientras preparo una vía intravenosa y cargo la naloxona.

Me repito que si la respiración no se normaliza harán falta dosis adicionales.

Luis le ajusta la mascarilla de oxígeno y nos la llevamos.

Sergio se queda atrás, buscando blísteres vacíos y el jarabe de etiqueta verde.

Cuando los médicos de urgencias rodean la camilla, caigo en la cuenta de que la persona a la que acabo de atender como parte de mi rutina es Alicia.

Con la diferencia de que hoy olvidé poner en marcha el cronómetro.

Me dejo caer en una silla de plástico, sin cálculos mentales que hacer.

Luis se sienta a mi lado y comenta que a esta chica ya la atendimos antes en el mismo edificio. Luego me pregunta de qué la conozco.

—Es una larga historia —respondo, aunque no sea larga, sino intrincada.

Sergio me llama, ha encontrado dos blísteres vacíos de la nueva medicación y el bote del jarabe.

Aparto el móvil de mi oreja y aviso al médico que corre la cortinilla de que es posible que ella haya ingerido más dosis de las pautadas.

Pregunto si usarán carbón activado para disminuir la absorción y si ya ha mejorado su nivel de consciencia.

Antes de que responda, Sergio irrumpe desde el teléfono:

—¡No cuelgues! ¡Mira lo que he encontrado en la basura!

En el instante en que descargo la foto y leo la desquiciante nota, comprendo que cometí un error de cálculo descomunal.

Nunca hubo margen. El tiempo fue un espejismo.

Con mi padre me precipité al decidir intervenir demasiado pronto; con Alicia caí en el extremo opuesto.

Y en ambos casos pequé de listo. Quise controlarlo todo por mi cuenta y por creerme autosuficiente y desconfiar de todo y todos, ella ha acabado con pronóstico grave.

Entonces, por primera vez en mi vida adulta, no consigo reprimir las lágrimas en público. Resbalan con un cosquilleo incómodo por mis mejillas, dejando a Luis atónito y salpicando mi abrigo azul oscuro, el mismo que no me he quitado en todo el invierno porque Alicia me lo regaló.