En tiempo de juego 28 de febrero
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28 de febrero

ALICIA

Anoche, en lugar de vegetar, acabé de excursión en urgencias.

Las ondas de choque provocadas por la tos retumbaban en mi caja torácica como petardos de feria.

Como consecuencia, cientos de agujas pinchaban mis costillas, impidiéndome respirar.

Por suerte, las gotas que me han prescrito son milagrosas y por fin he logrado dormir de un tirón.

—Buenos días, Isabel, pasa. No te acerques, que estoy enferma.

—Buenos días, señora. ¿Qué le ocurre?

—Llámame Alicia. Nada grave, tos y dolor de garganta.

—¿No va a estar hoy el señor?

—No quiero contagiarlo. Estará fuera hasta el viernes.

—¿Le preparo miel y limón?

—No hace falta, gracias. Me han recetado un jarabe que es mano de santo.

Le señalo el botecito y le pido que limpie la cocina mientras descanso en la habitación.

Escucho la voz de Isabel después de perder la noción del tiempo durante las tres horas por las que la hemos contratado. Me avisa de que se va. Asomo la cabeza por la puerta entreabierta.

—Olvidé recoger el correo del buzón, seguro que está lleno. Me pongo una mascarilla y bajo contigo.

Ella se ofrece enseguida a subirme las cartas. He abusado de su amabilidad; sabía que me haría el favor.

Pasan las horas, o eso declara mi reloj de la mesilla de noche.

A las seis de la tarde me levanto para tomar la medicación.

Isabel ha dejado una pila de cartas sobre la mesa del salón.

Las desparramo sobre el mantel. Un sobre blanco capta enseguida mi atención porque no tiene remitente.

Fue sellado en Madrid el sábado pasado. Dentro hay un folio doblado con descuido. Lo abro.

Yo te odio, tú te odias, él te odia, ella te odia, nosotros te odiamos, vosotros os odiáis, ellos te odian, TODOS te odian

Lo cierro. Tiene que ser una alucinación.

Me froto los ojos con ahínco y lo abro de nuevo: el texto sigue ahí, con mi firma al final.

El papel se me cae de las manos. Es él , el hombre que me apuñaló.

El mensaje está escrito con palabras recortadas de revistas, emulando las misivas de los asesinos de las películas de intriga.

Ha reproducido luego mi firma a mano con tanto cuidado que podría pasar por auténtica.

¿De dónde la ha copiado? ¿De alguno de los documentos que firmé antes o después del juicio en Londres?

Me apoyo sobre la mesa, pero levanto la cabeza de inmediato.

Huelo mis dedos. Es imposible que la lignina del papel se haya oxidado tan rápido como para desprender un compuesto con olor a vainilla; eso solo ocurre con el paso del tiempo y este papel no es antiguo.

Aproximo la nota a la punta de mi nariz e inspiro varias veces: definitivamente huele a vainilla, también a celulosa y pegamento.

No quiero ver esa conjugación verbal nunca más. Arrojo la carta a la basura, en la bolsa de lo orgánico. Me arrepiento de inmediato; la naturaleza no tiene la culpa de nuestra locura. La meto en la bolsa de papel para reciclar. Entonces suena el móvil: es Santi.

—Tu mensaje esta mañana fue muy escueto. ¿De verdad estás mejor?

—Sí.

«Demasiado tranquila para lo que acabo de recibir».

—Me van a llamar para la audición en cualquier momento y luego tengo una reunión con un conocido que quiere optar al puesto de Lucía, pero en cuanto termine, te vuelvo a llamar y hablamos con más calma.

—¿Y tú qué tienes que ver con el puesto de Lucía?

—Lucía empezó a trabajar en la aplicación cuando empezamos a salir. Se encargaba de la contratación y las nóminas de los empleados.

—Qué raro, no me lo dijo.

—No es raro, nunca lo contaba porque temía que la tacharan de enchufada. Ahora no quiere verme ni en pintura y se ha buscado otra empresa. Por cierto, ¿qué te parece un hotel balneario en una semana? Las aguas termales ayudan a dormir mejor.

—Buff, no voy a estar recuperada.

—¡Con ese ánimo seguro que no! Necesitas distraerte.

«Pasatiempos no me faltan, ese no es el problema».

—¿Estabas durmiendo? Te noto la voz muy lineal... Espera, creo que me llaman. Un beso, preciosa. ¡Luego hablamos!

Me meto en la cama después de tomar la medicación.

Al poco rato, me asalta un ataque de tos.

Camino hasta la cocina y, como premio, me doy un golpe en la cadera contra la esquina de la mesa.

¿Dónde he dejado la caja con la medicación?

No consigo dormir. Estoy obsesionada con un detalle: la vainilla, el aroma de ese papel, es una de las notas de fondo del perfume favorito de las hermanas Ayala.

Una fragancia clásica, usada por muchas mujeres.

Incluso yo conservo el icónico frasco entre los miniperfumes de mi colección del armarito del baño, aunque ese aroma tan dulce nunca haya sido santo de mi devoción.

Recorro el salón hasta dar con la medicación sobre la mesa.

Deposito la pastilla en la lengua mientras mi mente sigue dando vueltas en torno al mismo asunto.

Durante aquella conversación con Santi en el hotel, él se acordó de que le había contado a Marcos que ambos teníamos tatuado el símbolo del infinito.

¿Y si Marcos se lo dijo a Carla? Además, ¿no fue Carla quien me recomendó la aplicación de citas?

Es posible que Lucía, que acabo de descubrir que trabajaba allí, se lo pidiera.

Tal vez hablaron con él , y por eso conocía mi tatuaje.

De pronto, todo cobra sentido: Carla y Lucía se las ingeniaron para que quedara con él . Estaban furiosas porque creyeron que había vuelto a acercarme a Santi y se lo había robado a Lucía, saltándome un código no escrito entre amigas.

Me tapo la boca, asustada. ¿Me estoy volviendo loca?

Carla ni siquiera conocía a Marcos cuando él me apuñaló hace más de un año, y yo volví con Santi el uno de enero de este año.

Empiezo a asustarme de mis desvaríos, producto de la privación de sueño.

No solo he alterado la línea temporal y los acontecimientos, también he convertido a mis amigas en el blanco de mis manías persecutorias.

El aroma a vainilla está presente en muchas colonias masculinas.

Él me apuñaló por encargo de James, el novio de Nora.

Y también es quien me ha enviado esta nota.

James no quiere que olvide que sigo siendo un monstruo, que jamás podré compensar el haberle arrebatado a la persona que amaba.

Una garra invisible me oprime el pecho, impidiendo que la sangre llegue a mi cabeza.

El ataque de tos lo oyen hasta mis vecinos.

Necesito dormir sin toser, sin pensar y sin levantarme más.

Agarro el bote de jarabe para la tos. Mientras lo agito, repaso con el índice las letras grabadas en el medallón que me regaló Santi y que aún cuelga de mi cuello.

Cuento una a una las gotas del jarabe con los ojos arrasados por las lágrimas.

ISAIAH

Olvidar a Alicia resultó imposible. Todo lo que logré fue imponerme un plazo antes de hablar con la policía.

He superado ese plazo en cuatro días. No sé si estoy siendo demasiado cauto o excesivamente temerario; me inclino por lo primero.

Quizá sea optimismo: la idea persistente de que aún hay margen y de que lo prioritario ahora es que Alicia acuda a terapia.

O tal vez sea el peso de la advertencia que subyace en el mensaje que recibí de ella en Molina: que no me inmiscuyera.

¿Y si al hacerlo la pongo en peligro, provocando una reacción imprevisible en Santiago o en la propia Alicia?

También me frena el dilema de justificar la información que me pasó Arturo sin exponerlo y, peor aún, verla contenta con Santiago, por increíble que resulte.

Incluso Sergio me lo reconoció cuando insistí en conocer su opinión al respecto.

Y luego está la posibilidad de que el hombre que la apuñaló solo exista en la mente de Alicia, una sospecha que se reforzó tras hablar con Lucía.

Si yo mismo tengo dudas, ¿qué pensará la policía cuando se entere de lo ocurrido en Londres?

Lo más probable es que quieran tomarle declaración de nuevo, y eso la perjudicaría en un momento crítico para su terapia.

Con todo, lo que más me detiene es la certeza de que, a juzgar por la ferocidad con la que Alicia ha protegido el secreto del accidente, revelarlo la afectaría profundamente. No puedo permitirme dar un paso en falso.

Trabajar en la sombra es un reto. Por suerte, he podido colaborar con la psiquiatra de Alicia.

Tiene un ego sano, de esos que buscan lo mejor para el paciente y mantienen intacto el espíritu del gremio.

El jueves pasado me informó de que Alicia ingresaría en el hospital, mi júbilo duró exactamente una hora: hasta que Alicia decidió posponerlo.

Frustrado, conduje hasta la floristería-tetería frente a su edificio para averiguar por qué se iba fuera de Madrid, pero acabé escondido detrás de unas azaleas para evitar al paparazi calvo que merodeaba por la zona, el mismo que se lucró vendiendo la foto de Santiago besando a Alicia.

Esa misma noche me enteré por Marcos que Alicia acompañaría a Santiago a una audición a Barcelona.

Sin opciones para cuidarla a distancia, encendí una vela en la iglesia de San Antón, la única en Madrid que permite entrar con perro y permanece abierta las veinticuatro horas.

Fue una idea un tanto peregrina, de esas que ella habría definido como «muy en tu línea».

Cuando Alicia ingrese este lunes en el hospital, hablaré por fin con la policía.

Allí estará arropada y, sobre todo, lejos de Santiago.

Marco el número de Isabel en el coche y activo el manos libres. La incorporé al equipo en cuanto supe que Santiago había preguntado a Marcos por una persona para limpiar el piso de Alicia.

—¿Qué tal el primer día? ¿Cómo estaba?

—Bien, señor. Estaba sola porque tenía tos y no quería contagiar al señor.

—¿Sola? ¿Ha ido al médico?

—Creo que sí. Me enseñó un jarabe que llamó «mano de santo».

—¿Qué jarabe? —pregunto, extrañado.