27 de febrero
ALICIA
Dejo mi bolso en la mesita de la entrada de casa y exclamo cansada:
—¡Habríamos tardado la mitad en tren!
—¿Crees que tengo una bola de cristal? ¿Cómo iba a saber que encontraríamos ese atasco al salir de Barcelona?
—No necesitabas una bola, solo mirar el móvil antes de salir.
—Tú también tenías el móvil. Estás de mal humor por el resfriado. Y si alguien debe quejarse, soy yo. He dormido en el sofá de la salita, con los pies colgando.
—Me ofrecí a dormir ahí. ¡Eres tú el que está irritado por no haber conseguido el papel!
—Quizá no tengo el don que dices. Nadie más lo ve. Era un papel secundario y no me han cogido.
—Lo que no tienes es paciencia. Te frustras enseguida y lo empeoras bajando al bar a tomarte una copa, que luego terminan siendo cuatro.
—No tenía nada más que hacer. Me he pasado el viaje solo. Tengo unos selfis preciosos de la basílica de la Sagrada Familia. Y la noche que teníamos reserva en un buen restaurante no quisiste tomarte nada para el dolor de garganta.
Abro la boca para responder, pero una tos de perro me lo impide. Santi resopla.
—Si me contagias, puedo ir despidiéndome de la próxima audición y de las reuniones de trabajo.
—Deberías marcharte hasta que se me pase. Además, en este sofá solo cabes si te enroscas como un bicho bola.
Esos bichos se han vuelto una obsesión; al final acabaré teniendo uno como mascota, aunque sea una compañía infinitamente más sosa que Murph.
—Pero no voy a dejarte sola estando enferma…
—Es solo una faringitis. Llamo a mis padres para que pasen por aquí. No te preocupes.
—No sé...
—¡Que sí, venga! Mañana hablamos, seguro que para el viernes ya estaré mejor.
Lo empujo hacia la puerta, ansiosa por meterme en la cama sin sentirme una aguafiestas.
Cuando vuelva, le diré que voy a ingresar en la unidad de desintoxicación de un hospital.
Le parecerá una medida desproporcionada, pero es lo mejor para los dos; estoy lastrándole.
Él sigue tan entusiasta y activo como cuando lo conocí.
Yo solo intento dejar que los días pasen sin mí.