En tiempo de juego 22 de febrero
74%

22 de febrero

ALICIA

Santi me llama para preguntarme qué me ha parecido Isabel.

—Pues me ha parecido que deberíamos buscar a alguien que no sea la persona que limpia el piso de Carla y Marcos. Ya es bastante haber usurpado el lugar de Lucía. No quiero también quitarle la asistenta a su hermana.

—Marcos me aseguró que es de confianza. No podemos meter a cualquiera.

—Te envió el contacto antes de que Carla se enterara de que tú y yo estamos juntos. Y ahora Carla me ignora y Lucía no deja de mandarme mensajes advirtiéndome sobre ti.

Está claro que tendría que haber hablado con Lucía antes de volver con Santi. Tuve un momento de locura la noche en que él, como si se tratara de una intervención divina, pisó esta casa.

—La señora está interesada. Además, con el tiempo todo volverá a su cauce. Ahora es lógico que Lucía me vea como un ogro. La idea del divorcio me rondaba desde hacía meses, pero para ella ha sido repentino. No le dije lo que sentía hasta el final.

—Siempre tan impulsivo. ¡Tendrías que haberlo hablado con ella mucho antes! Ni siquiera le diste la oportunidad de arreglar vuestras diferencias.

—No había diferencias, se adaptaba a todo y yo me aburría como una ostra.

Suelto un resoplido y antes de colgar zanjo el tema:

—Isabel se queda hasta que encontremos a otra persona.

Me voy a la cama, aunque sea la hora del almuerzo.

Llevo una semana con la nueva medicación y estoy empezando a notar el cansancio y las náuseas por la abstinencia de mis antiguas pastillas.

Pruebo a ponerme de un lado, luego del otro, y finalmente boca arriba.

Bebo agua. Cojo mi antifaz, respiro de forma consciente.

Recoloco el edredón revuelto, le doy una patada para estirarlo, bajo la almohada y la ajusto al cuello.

Es inútil. ¿Qué tengo que hacer para dormirme?

Me doy pequeños golpes con la mano en los ojos, me clavo las uñas en las mejillas y aprieto los nudillos.

Las palabras exactas de Elisa fueron: «Valora la opción del ingreso: puede sonar drástico, pero la dependencia de los ansiolíticos genera síntomas de abstinencia tan serios como los de otras sustancias.

En la unidad del hospital podemos darte el apoyo que necesitas.

Y recuerda: llámame si te encuentras mal».

Abro la agenda de contactos del móvil y deslizo el dedo índice hasta la letra E: «Elisa, psiquiatra».

Podría haberla guardado como «psiquiatra Elisa» o «centro ABN», pero no; la coloqué justo debajo del contacto de Elías, el chico que solía suministrarme las pastillas que Elisa me está ayudando a dejar.

Los puse juntos cuando aún no sabía si me daría permiso para salir del túnel.

Ahora, Charlotte, la psicóloga irlandesa que conducía el coche en el que murió su compañero, me ha dado algo de luz, aunque solo sea para avanzar dentro de ese túnel.

¿Cómo supo Elisa que esa psicóloga y yo teníamos algo en común?

No voy a desgastarme intentando adivinarlo.

Primero tendría que disipar los densos bancos de niebla que se han instalado en los valles de mi cerebro, bloqueándolo.

Elisa me avisó de que el proceso de deshabituación iba a ser fluctuante; lo que no me especificó fue la amplitud de las oscilaciones.

Si no recuerdo mal, Isaiah también habló de oscilaciones en mi restaurante argentino favorito, cuando dijo que en su trabajo trataba de no alejarse demasiado del punto de equilibrio: ser lo más profesional posible sin perder la empatía.

Al escucharlo, pensé que mantener las oscilaciones al mínimo debía de requerir una fortaleza mental extraordinaria.

Fortaleza que mi insomnio se ha encargado de erosionar; la línea que marca el punto de equilibrio se ve muy lejana, a pesar de haberme colocado boca abajo tapándome la cabeza con la almohada para no llamar a Elías.

Ya me encuentro oficialmente en la cresta de una onda de gran amplitud y, desde aquí arriba, no veo cómo aguantar sin tomar algo más fuerte que la porquería de pastillas que me ha recetado Elisa. Selecciono el contacto de Elías.

—Alicia, cuánto tiempo —contesta él con su voz átona característica.

Salgo del dormitorio con palpitaciones por el golpe de una puerta. Es Santi, está colérico.

—¡Una puta mierda! No pasé a la siguiente fase de la audición y, para colmo, un periodista me estaba esperando.

Me plantó el micrófono en la cara y quiso saber por qué el heredero de un conglomerado empresarial quiere ahora dedicarse a la música.

Luego mi madre me avisó de que en una cadena de televisión habían hecho referencia al vídeo del puñetazo.

Está encantada de ver cómo Santolaria me utiliza para generar ruido mientras negocia con los partidos con los que juró que nunca pactaría.

Ahora mismo Santi es un volcán de erupción explosiva dispuesto a eyectar su energía sobre cualquier objeto inerte. En este caso, un indefenso cojín con la cara de un cachorro de perro, la mascota de reemplazo que compré cuando dejé de ver a Murph tras romper con su dueño.

Intento calmar a Santi antes de que lo estampe.

—Los periodistas tienen que sacar historias nuevas o no comen. Se cansarán pronto. ¿Qué te dijeron los de la audición?

—Que tengo cualidades vocales, pero ninguna experiencia ni formación, lo mismo que en la anterior. Seguro que el director me reconoció y no comulgaba con las ideas políticas de mi madre.

—Míralo por el lado positivo; te han dicho que tienes talento. Hacer un curso no sería mala idea.

—Quizá ya no tengo edad para reinventarme.

—Al menos inténtalo, puedes compaginarlo con la gestión de la aplicación.

—La aplicación no va bien. El plan de negocio de mi hermano era bueno, pero yo no tengo su cabeza privilegiada.

Él habría obtenido una buena rentabilidad sin sacrificar el compromiso social que guiaba sus proyectos.

Yo, en cambio, confundí ese compromiso con contratar a cualquier amigo o conocido que me lo pidió.

—Mira al suelo—. De todas formas, no es raro que haya descarrilado en el mundo empresarial, ni me interesa ni terminé el máster de Londres. No me presenté a los exámenes finales.

—No… —digo con tristeza—. ¿Lo dejaste después del accidente?

—Sí, pero no te preocupes, nunca quise hacerlo.

Me faltaron agallas para oponerme a mi madre.

No quería desilusionarla, Rodrigo se había graduado con honores en ese máster.

Si él hubiera estado vivo cuando mi madre se empeñó en que me matriculara, habría sido distinto.

Mi hermano sabía mediar entre la terquedad de mi madre y la mía.

Era muy conciliador y persuasivo. Lo echo tanto de menos…

Lo abrazo, sintiendo su dolor como propio. Siempre habla de su hermano con admiración y sé cuánto le pesa su ausencia.

—Ahora pensarás que soy un pusilánime.

—No, solo me estaba preguntando qué hacías fuera de casa todas aquellas mañanas después del accidente, antes de que yo regresara a España.

Clava la mirada en el suelo. Habla en un tono apenas audible:

—Participaba en actuaciones callejeras con un grupo de teatro.

—¿De verdad?

Él asiente, sin levantar la vista. Pongo mis manos en sus hombros y lanzo una carcajada.

—¡La experiencia para tu currículum!

Alza la mirada lentamente mientras una sonrisa se pinta en su rostro.

—Sí, ¡de titiritero en Londres! —responde, enmarcando mi cara con sus manos—. Ali, gracias por no juzgarme y seguir creyendo en mí.

Lo observo mientras rebusca en una de sus listas de reproducción.

Suena el primer acorde de una canción; la reconozco al instante: con ella ganamos un concurso de baile.

El ritmo pegadizo de la fusión de géneros vuelve a conquistarnos, igual que entonces.

Santi me guía con pasos suaves, seguros, sensuales y seductores que susurran miles de shhh a mi runrún interior.

La crispación se diluye en el sonido de la percusión, en su armoniosa voz cerca de mi oído, en el roce de sus dedos y en las palmas de nuestras manos, dibujando imágenes especulares.

El baile me transporta a una galaxia en la que solo caben dos estrellas: Santi y Ali.

Sin complicaciones. Algo sencillo, de pocas sílabas.

—Tenemos que bailar más a menudo —susurra con voz queda, besándome detrás de la oreja.

Asiento, encandilada por la fluidez de sus movimientos.

Sus caricias serenas lamen mi piel como una gota de tinta azul cayendo en un vaso de agua fría.

La temperatura ralentiza la danza de las moléculas de color, que, en lugar de dispersarse con rapidez, se expanden lentamente, dibujando formas sinuosas.

En mi mente, nuestros cuerpos adoptan esos mismos contornos ondulantes, como si se tratara de nebulosas en expansión en el universo.

—Ali, ¿nos vamos a Barcelona? Puedo presentarme a una audición allí y lo combinamos con un viaje como los de antes.

Dicen que la música y el baile son una parte fundamental del cortejo humano, un juego de persuasión que Santi controla a la perfección. Anula mi raciocinio y obnubila mis sentidos.

—Sí, me parece perfecto.

Lo único que deseo ahora mismo es revivir nuestra galaxia.

No entiendo cómo ha llegado a este estado.

Objetivamente, debería amarle con locura: es la única persona que conoce mi lado oscuro y, aun así, me valora más que yo.

Supongo que soy esa pieza antigua y rota de su colección, demasiado cargada de valor sentimental como para desecharla.

Santi, feliz por mi respuesta, me levanta del suelo sujetándome por las nalgas, sin esfuerzo, como si de verdad estuviera hecha de gas cósmico y pesara una fracción de mi peso. Nos besamos fogosamente, aunque nuestros polvos ya no sean ni de lejos los de aquella luminosa galaxia.

—¡Anda, bájame! Voy a empezar con la maleta.

Entro al dormitorio y tecleo rápidamente en mi móvil:

«Hola, Elisa. Al final no podré ingresar en el hospital este lunes, sino el siguiente. Me ha surgido un asunto familiar y tengo que pasar unos días fuera de Madrid. Perdona las molestias».

No puedo ingresar ahora. No sería justo para Santi.

Yo lo metí en esto y apoyándolo me siento útil.

Desde que estoy de baja, me falta el motor que me hacía levantarme cada mañana; ni siquiera me aplico mi perfume favorito.

Dar clases beneficiaba mi salud mental, no así la de mis alumnos.

Además, es solo una semana más; ¿qué puede ocurrir que no haya ocurrido ya?