16 de febrero
ALICIA
Me gusta Elisa. La psiquiatra del centro de adicciones ABN transmite la frescura del olor a sábanas limpias recién tendidas, la nota de salida de su perfume.
Contagia optimismo con esa energía desbordante; es mi dosis de vitamina de absorción rápida.
Me siento en el diván, como llamo al sillón orejero de su consulta, aunque no me pueda recostar en él.
—Alicia, llevamos viéndonos un mes.
Observo el carmín de sus labios. Color rojo valentía.
Vistoso, atrevido y repleto de bichos muertos.
Calculo que el fabricante habrá utilizado unas noventa cochinillas para dar ese toque de color a su boca.
Y no son las féminas del sabroso cochinillo de Segovia, como respondió una de mis alumnas con gracia.
Elisa sigue con la sonrisa en los labios y yo sigo entretenida con esos insectos parásitos del cactus que, convenientemente secos, hervidos y triturados, forman la pasta roja que pigmenta sus labios.
Ella, ajena a mis divagaciones, me anuncia que le gustaría abordar esta sesión desde otra perspectiva.
Ahora recuerdo dónde oí el nombre de cochinilla por primera vez: en la casa del pueblo de mis padres.
La planta baja se infestó de lo que yo creía simples bichos bola.
Mi primer novio, el biólogo, me sacó del error al demostrarme que aquellos insectos no se enrollaban al tocarlos.
Con ese sencillo método, dictaminó que se trataba de cochinillas de la humedad.
Y no, no están emparentadas con las cochinillas que se usan para fabricar el carmín del pintalabios.
Estas últimas son insectos parásitos, mientras que las cochinillas de la humedad, al igual que los bichos bola, son crustáceos: parientes de las gambas y las langostas que se han adaptado a la vida terrestre.
«El mundo de los artrópodos es fascinante y complejo», palabra de aquel biólogo.
Se me escapa una risita por cavilar sobre bichitos en la consulta de una psiquiatra.
—Mi impresión es que te está costando explorar tus emociones a través de la terapia porque crees que no te mereces mejorar.
Debe de tener razón si mi mente se dispersa de esta manera mientras ella se esfuerza por ayudarme. La veo girar su portátil hacia mí, explicándome que ha invitado a una psicóloga extranjera a unirse por videoconferencia. Esto es nuevo y raro. Terapia innovadora. Me ajusto los cascos.
Una mujer me sonríe a toda potencia. Comienza a hablar con el altavoz apagado.
Me señalo los oídos. Ella se enzarza en una corta pero intensa batalla contra la tecnología, de la que sale victoriosa.
Se presenta como Charlotte. Su acento es norirlandés.
Tantas horas de series en versión original durante mi recuperación tras el apuñalamiento tenían que acabar sirviendo para algo.
A medida que escucho sus palabras, reacciono como los bichos bola cuando se sienten amenazados: me enrosco sobre mí misma con la intención de esconderme y virtualmente desaparecer, aunque mi cuerpo siga frente a la pantalla. Es indudable que la bola de nieve se derrite.