En tiempo de juego 14 de febrero
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14 de febrero

ALICIA

Santi entra en el salón cantando.

—Ya tengo el videobook . Te vas a reír cuando lo… —se interrumpe, sorprendido—. ¿Qué haces ahí?

—Dormir —respondo, aunque mi postura es de todo menos cómoda.

—¿Con la fregona en la mano?

Me enderezo, intentando recuperar algo de dignidad. En teoría, estaba limpiando el suelo; en la práctica, me he quedado traspuesta, con medio cuerpo apoyado sobre el sofá.

—¿Por qué no contratamos a alguien para que limpie? —sugiere.

—En Londres nos apañábamos bien entre los dos.

—A veces hay que pedir ayuda y esta parece una de esas veces. Voy a buscar a alguien. ¡Feliz San Valentín! —exclama, sacando un paquete diminuto.

—Te dije que no quería nada.

—Y yo pensé que me estabas tendiendo una trampa. ¡Deja de abrazar la fregona y ábrelo!

Pinzo la cadenita, elevando el medallón hasta situarlo frente a mis ojos. El grabado muestra nuestros nombres junto a la fecha de hoy.

—Dale la vuelta. El otro lado es importante. Seguro que adivinas de dónde lo he sacado.

Lo giro y leo: S.T.A.Y.

—¡El mensaje que envía el protagonista a su hija Murph en la película Interstellar ! —exclamo.

El recuerdo de Murph e Isaiah se cuela en mi mente, ralentizando el ritmo de mis latidos.

Santi, en cambio, los acelera a mil por hora, algo tremendamente entretenido siempre que el corazón aguante.

Santi e Isaiah son como dos variables de una fórmula matemática que nunca puede resolverse del todo; por eso despejé a Isaiah de la ecuación.

También por fingir que le gustaba, por desesperanza, por Sandra y por husmear demasiado.

Corto este diálogo interno al ver a Santi mirándome ilusionado.

Me estampo contra su pecho y nos fundimos en un abrazo.

¿Qué fuerza sobrenatural le llevó a inscribir «quédate» en inglés, como si supiera que alguna vez he pensado en desaparecer?

—Yo no compré nada —le confieso.

—No te preocupes. —Desliza las puntas de los dedos en los bolsillos traseros de mi vaquero y me da un beso intenso—. Se me ocurre uno que llevas días posponiendo.

—Muéstrame primero el videobook .

«Porque si nos vamos ahora a la cama, tendré la movilidad de una muñeca hinchable».

—¿Te apetecerá igualmente después de verme caracterizado como Peter Pan, el niño que no quería crecer?

Me echo a reír.

—Hombre, si te presentas como un eterno inmaduro, igual me lo pienso dos veces.

Santi palpa el bolsillo de su pantalón, buscando el origen de una vibración.

—¿Has hablado con las hermanas Ayala? Lucía no contesta y yo quiero firmar ya el divorcio.

—No desde el juicio, y tampoco las he llamado porque prefiero que no se enteren de lo nuestro tan pronto.

Santi me muestra la pantalla.

Lucía: «No he desaparecido. Mi hermana está en el hospital. Miro la agenda y te digo».

Llamo a Carla, angustiada, pero no contesta. Minutos después, recibo un mensaje.

Carla: «Estoy en el hospital. No te preocupes, el bebé está bien, ya hablamos. Un beso».

Yo: «¿Y cómo estás tú? ¿Dejan visitas? Tengo un regalo para el bebé. ¡Y me gustaría verte!».

Carla: «¡Vale!».

—¡Santi, me voy a ver a Carla! —le anuncio, saliendo del dormitorio a saltitos intentando calzarme una bota.

*

Los pensamientos se agolpan en mi cabeza mientras el ascensor sube después de cruzarme con Marcos en la entrada del hospital: a la pobre Carla le detectaron una fisura en la bolsa que rodea al bebé.

Por suerte, el embarazo siguió adelante gracias al buen ojo clínico de Isaiah, que, junto con el ginecólogo que les recomendó, vieron lo que en el primer hospital pasaron por alto al fiarse exclusivamente de unas pruebas de imagen que no reflejaban bien la fisura.

Carla está anímicamente regular; lleva unas semanas en reposo tras una primera amenaza de parto.

Confío en que mi visita la distraiga, aunque no contaba con encontrarme también con Lucía.

Deposito en el suelo la hamaca para bebés.

Una enfermera abre la puerta de la habitación.

Dentro, Lucía lee y Carla gira la cabeza hacia mí.

El perfume favorito de las hermanas flota en el aire: nardo, clavel y vainilla, entre otras notas.

Les sonrío, pero algo en sus expresiones me hace dejar de hacerlo.

—Mejor vete —dice Carla, con una mezcla de enfado y cansancio.

Lucía solo me mira con lágrimas en los ojos.

—¿He venido en mal momento?

Carla me pasa su móvil. Al ver la foto, el suelo se convierte en un sumidero y no sé cómo llego a casa; bueno, sí: envuelta en lágrimas. Abro la puerta y Santi me abraza antes de que pueda articular palabra.

—Lo sé, me ha escrito Lucía.

Ahora media España sabe que Santiago Roca, hijo de la líder del partido que podría llegar a gobernar en coalición, se ha presentado a una audición para un musical y ha sido fotografiado besándose con su antigua pareja: la chica que aparecía en aquel dichoso vídeo y que no es otra que la mejor amiga de su actual mujer.

Y la otra mitad se enterará en breve, porque el resto de los medios no tardará en difundirlo, alimentando el morbo colectivo y saciando al cotilla que llevamos dentro.

Con todo, España entera no me duele tanto como la mirada de decepción de Carla ni la reacción de Lucía, cuando me dijo, devastada, que no entendía cómo había podido volver con un hombre tan tóxico como Santiago.

Eso es lo que pasa con los secretos que se comportan como mentiras; si los dejas rodar se convierten en descomunales bolas de nieve, que terminan rompiéndose en un choque explosivo o derritiéndose en un agónico final. Ya se ha descubierto el primero. ¿Será esto el comienzo del deshielo?