En tiempo de juego 29 de enero
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29 de enero

ISAIAH

Contacté con Lucía para averiguar a qué se refería cuando mencionó que Alicia ya tenía problemas de salud antes de salir con Santiago.

Insistió en explicármelo en persona y por eso estamos ahora en un bar.

Sentada frente a mí, sus gráciles y distinguidas formas me recuerdan a las de mi madre.

Su belleza casi matemática es de esas que tuercen cuellos a su paso.

Mueve las manos y sus ojos cristalinos, de un azul grisáceo, se clavan en los míos, enfatizando cada palabra de su discurso:

—Alicia nunca se permite hablar de sus preocupaciones.

Por eso recurre al sentido del humor; es su forma de lidiar con lo que se guarda.

Esa represión constante, sumada a su tendencia a obsesionarse y a la autocrítica, le genera un estado de estrés que empeora su insomnio...

Ay, disculpa, me ha quedado muy clínico.

—Ya noté que duerme regular.

—¿Dormiste con ella alguna noche?

—Eeeh… alguna.

«En realidad solo fue una y ninguno de los dos durmió mucho. No porque lo estuviéramos pasando en grande, sino porque ella no paró de moverse».

—Me refería a si fuiste testigo de lo que le ocurre cuando está exhausta por falta de sueño. —Arquea sus cuidadas cejas.

Al notar mi desconcierto y mis esfuerzos por contener los mocos de un inoportuno resfriado, prosigue:

—Se despertaba aterrorizada, diciendo que alguien quería hacerle daño.

Tras esa revelación, Lucía guarda silencio.

Yo intento mantener una expresión neutra que no delate mi conmoción.

Si seguimos sumando elementos al galimatías que rodea a Alicia, desenredar la madeja será imposible.

Me costó varios días (y este resfriado) descartar que el calvo fuera el agresor de Alicia que supuestamente sigue suelto, y confirmar que se trataba de un periodista.

La primera pista me la dio la agencia de comunicación del portal en el que lo había visto entrar.

Vigilé la puerta hasta aprenderme de memoria cada desconchón, pero él ni entraba ni salía.

Justo cuando empezaba a sospechar que me evitaba a propósito, como cuando misteriosamente no me cruzo en días con ningún vecino de mi bloque, apareció con una cámara de fotos: segunda pista.

Sin pensarlo, lo seguí y me hice pasar por periodista.

Total, ya me había visto caminando detrás del objetivo de su cámara.

Me pidió enseguida la acreditación y tuve que salir deprisa, mientras él afirmaba que la exclusiva estaba vendida. Tercera pista y fin del misterio.

Entro en los baños del bar, me echo agua fría para aliviar el calor de mi frente y regreso a la mesa. Aprovecho que se me ha destaponado la nariz para bombardear a Lucía a preguntas sin sonar como el Pato Donald.

—¿Sufrió alguna experiencia traumática? ¿Qué os decía? ¿Desde cuándo le pasa? ¿Cuántos episodios de esos tenía al año?

—No parece haber un motivo real detrás de esos miedos —responde con aflicción—.

En mi opinión, se trata de un cuadro de delirios persecutorios, su relación con el insomnio está más que demostrada.

En su caso se despertaba convencida de que alguien la seguía, o de que intentaban hacerle daño de forma encubierta, disfrazándolo de accidente.

Empezamos a presenciar esos episodios dos o tres veces al año desde que nos fuimos a vivir juntas, aunque las manías debieron de comenzar antes.

A los dieciocho dejó a su pareja, un biólogo naturalista, porque creía que quería matarla.

¡Un chico que nos detenía para que no pisáramos hormigas!

Le insistí en que acudiera a terapia, pero se negó.

Supongo que pensó que si ignoraba el problema desaparecería.

—Y no crees que haya desaparecido.

—¿Dadas las circunstancias? Diría que no.

Pero no lo sé. Ella se mudó después a su piso en Hortaleza, luego a Londres y al volver nos distanciamos por Santiago.

Solo sé lo que me cuenta mi hermana, que no la ve bien.

—Baja la voz antes de añadir—: Después del juicio, a Carla incluso se le pasó por la cabeza que quizá no hubiera existido tal agresión.

En los meses previos la vimos especialmente inestable y cansada, y durante el juicio cambió su versión sin avisar a mi hermana: algo totalmente impropio de ella.

Y todo eso lo han pensado sin saber que lo que arrastra Alicia desde Londres es más grave de lo que imaginan. Ignoran que carga con la culpa de haber atropellado a alguien y que se medica con ansiolíticos.

Lucía mueve la cabeza con tristeza y continúa:

—Cuando nos conocimos, Alicia rebosaba vitalidad, siempre estaba alegre y sonriente. Era pura luz, pero el insomnio la ha ido apagando y cada vez comete más despistes, algunos incomprensibles.

Salgo del bar noqueado. El último golpe ha sido descubrir que Alicia me mintió en aquel restaurante argentino, donde aseguró ser abstemia.

En Londres se emborrachó hasta desplomarse, Carla y Lucía la vieron en ese estado en su fiesta de cumpleaños.

Lucía cree que fue Santiago quien la arrastró a beber cuando salían.

Acompañarlo en ese hábito poco saludable debió empeorar aún más su descanso.

Desde luego, ese hombre es una joya cuyo único valor parece residir en la fortuna familiar.

No debí votar ayer al partido de su madre; habría sido una revancha infantil, pero revancha al fin.

¿Qué verá Alicia en Santiago? No parecía calculadora ni obsesionada con el dinero, rasgos típicos de un cazafortunas. Pero, pensándolo bien, quizá Alicia no sea exactamente la persona que yo creía.

Lucía se despidió de mí en el bar, lamentando que Alicia me dejara porque parezco un buen chico.

Ahora mismo, uno enfermo. Estoy en la cama con treinta y ocho y medio de fiebre.

No es fiebre alta, pero a mí cualquier décima me deja fuera de combate; según mi tía, no es preocupante: le pasa a todos los hombres.

En mis delirios febriles, Alicia y Tamara de Lempicka, la pintora de la que hablamos en casa de sus padres, son hermanas gemelas.

Ambas igual de bellas, ambas cargadas de secretos.

¿Y quién en su sano juicio querría complicarse la vida con algo así?

Lo sensato sería olvidarme. Estoy tan exhausto que decido que a partir de mañana no habrá más Alicia en mi vida.