21 de enero
ISAIAH
Me he despertado tarde, con una resaca emocional como las de antaño, de la época en que la vida de mi padre se apagaba y yo vivía en constante estado de alerta.
El día de ayer me dejó embotado y hoy no quiero salir de la inacción.
Necesito una jornada de reflexión. Me arropo con el edredón, calculando que la vejiga de Murph aguantará una hora más y que aún llego a tiempo a misa.
Mi teléfono no parece estar de acuerdo con un plan tan soso.
—¿Isaiah? Soy Marcos. ¿Estabas durmiendo?
—No, dime —reprimo un bostezo.
—¿Puedes venir? Estamos en urgencias. Carla tiene muchos calambres en la tripa desde anoche.
Se acabó la inactividad.
*
Camino hacia el mostrador de admisión. Lucía, la hermana de Carla, me intercepta antes de llegar.
—Están dentro. ¿Esperamos allí?
Hablamos del embarazo de Carla y después de las sillas de plástico diseñadas para cortar la circulación en los muslos y desalentar a los pacientes más leves.
—Siento que tu relación con Alicia no funcionara —dice de pronto; con un tono que mezcla cercanía y naturalidad—. A mí tampoco me ha ido muy bien, aunque en realidad Santiago me haya hecho un favor.
—Ah, ¿sí? No lo conozco demasiado —le miento, porque lo conozco bastante más de lo que quisiera, incluido un posado de su torso desnudo y tatuado que, al menos para mí, resultó de lo más desagradable.
—Pues todo lo que tiene de encantador lo tiene también de egocéntrico. Debí darme cuenta antes. Alicia salió con él casi un año y sus problemas de salud se agudizaron. Cuando regresó de Londres la vimos fatal.
Es evidente que Lucía desconoce el verdadero motivo del malestar de Alicia, así como que ha retomado su relación con Santiago, quien, según su criterio (y el mío), no es una buena influencia.
—Marcos me dijo que eres psicóloga. ¿Cómo ves a Alicia?
Carla y Marcos salen de uno de los boxes y Lucía se levanta de un salto.
Nos informan de que el bebé está bien, pero a Carla le han diagnosticado insuficiencia cervical.
El cuello del útero se ha acortado y necesitará un pesario, un anillo de silicona que lo sostenga para evitar un parto prematuro.
Le han indicado reposo y que mañana llamen al ginecólogo. En ese punto, ambos se quiebran.
—No lo entendemos —dice Marcos, nervioso—. Nos advierten de un alto riesgo de parto si sigue acortándose, pero no le colocan el dispositivo porque en urgencias no pueden. Tampoco la ingresan: solo cuando el feto sea viable. Y el ginecólogo que nos recomendaste está en un congreso hasta el jueves.
Carla, entre lágrimas, añade:
—Me han dicho que si lo pierdo, lo pierdo, como si hablaran de unas gafas de sol. Dicen que ahora hay pocas probabilidades de éxito y muchas secuelas. ¿Por qué no me ponen el anillo?
Al margen del poco tacto del médico al comunicar la situación, les pido el informe.
Marcos me pasa el documento: es media hoja, pero con información suficiente para valorar el riesgo.
A mi juicio: alto. Les sugiero regresar a admisión y busco una silla de ruedas porque Carla debe caminar lo mínimo.
Aprovecho para llamar a dos conocidos que podrían ayudarnos, pero no contestan.
Es domingo, jornada de reflexión y descanso para algunos.
Cuando entramos de nuevo al box, el doctor comenta con sorna:
—¿Han traído refuerzos?
Marcos me presenta como amigo y médico de urgencias, apelando al corporativismo profesional.
El doctor repite la misma letanía, que en urgencias no colocan pesarios y que hay que esperar a la cita con el ginecólogo.
Intento razonar con él; la inserción es rápida y él es ginecólogo, aunque esté de guardia en urgencias. Su respuesta es tajante:
—Es el protocolo.
Luego nos advierte que no insistamos porque cada nueva valoración implica, por protocolo, un examen vaginal. Como repita «protocolo» otra vez, juro que...
Rechazo el nuevo examen porque es un riesgo innecesario que podría desencadenar contracciones.
Agarro la silla de ruedas de Carla con una mano y empujo a Marcos con la otra hacia la salida.
Ni el doctor ni la enfermera nos detienen; quizá les ha dejado pasmados mi reacción, o quizá han visto la cola de pacientes que esperaba fuera cuando he abierto la puerta.
—¡Lo voy a perder! —llora Carla, mientras Lucía la abraza.
—Vamos a subir a la unidad de embarazo de alto riesgo y, si no, cambiamos de hospital —digo con contundencia.
La sala de espera de la unidad está desierta.
Me acerco a las puertas de las consultas y muevo las manillas.
Estoy buscando un ginecólogo dispuesto a sacrificar el valioso tiempo de su almuerzo, a salirse de la cadena de montaje en la que se han convertido algunos hospitales y, además, a plantarle cara a los burócratas para justificar su decisión.
Es decir: un espécimen raro. Porque no es fácil lidiar con quienes redactan «protocolos altamente eficientes» sin mover un dedo fuera de la oficina.
Estoy frente a la puerta de una consulta cuando un hombre, que empuja un carrito de limpieza, me pide paso.
Me aparto; él acerca una tarjeta a la cerradura magnética y abre la puerta.
«A la mierda las reglas que van en contra del beneficio del paciente», me digo.
Al verme entrar tan decidido, pregunta si soy el médico.
—Ajá. ¿Le importa si paso ya?
Él entra con la escoba en la mano, vacía una papelera y comenta que se marchará en cinco minutos. No puedo desaprovechar la oportunidad: me enfundo una bata blanca que me queda ridículamente pequeña y busco la llave del armario. Mientras tanto el hombre se marcha barriendo.
Hago señas a Carla y a Marcos para que entren y le pido a Lucía que vigile desde fuera.
Si alguien se acerca, debe golpear la puerta.
La clásica estrategia de un entusiasta con una idea brillante que, en el mundo real, podría acabar conmigo en comisaría.
Me quito la bata porque apenas puedo moverme sin que salten las costuras y le muestro a Carla el anillo azul curvado.
Le explico que, dado que sus análisis están normales y no hay signos de infección, puedo colocarlo de inmediato.
—¿Pero has puesto alguno antes?
—Acabo de leer las instrucciones; es sencillo.
Carla me mira incrédula.
—Perdona, Isaiah, te lo agradezco, pero no eres ginecólogo y encima nunca has puesto uno.
—¿Has atendido partos? —interviene Marcos.
—Sí, como cooperante también ejerzo de ginecólogo.
Decido no mencionar que en países en desarrollo estos dispositivos ni los huelen y que la experiencia no lo es todo, también importan el interés y la atención a los detalles.
—¿Crees que se va a seguir acortando? —pregunta Marcos, dubitativo.
—Puede que no...
—¡Entonces no hace falta! —salta Carla.
—O puede que sí y, si lo hace, no sabemos a qué velocidad.
—¿Sí o no? ¿Podemos esperar?
Carla, irritada por mi ambigüedad, exige una respuesta clara, de esas que en medicina son difíciles de dar. Le contesto que esperar parece arriesgado. Añado, además, que la colocación del pesario es un procedimiento sencillo con un bajo riesgo de complicaciones.
—Confía en él —dice Marcos, posando una mano en el hombro de Carla—. Lo conozco bien y no lo haría si no fuera necesario.
—¿Ok? —le pregunto a ella, que asiente.
Me pongo los guantes y procedo. A pesar del lubricante, Carla hace un gesto de dolor. Le sujeto suavemente el antebrazo.
—Relaja. Esto es como poner un tapón a la bañera.
Marcos, con los ojos cerrados y los labios contraídos, aprieta la mano de su pareja con tal fuerza que parece que yo estuviera insertando el aro en su miembro viril.
—Puede que notes alguna molestia, es normal. Marcos, abre los ojos: ya está.
—¿Ya? ¡No puede ser que nos envíen a casa a rezar para no perder el bebé, teniendo en cuenta lo que lleva ponerlo! —clama.
No parece el momento adecuado para expresar mi opinión más beligerante: que en una sociedad cada vez más individualista, tan inconformista económicamente y tan poco dueña de su tiempo, la ética médica está siendo enterrada en favor de una eficiencia aparente.
Aparente, porque a menudo no cumple el objetivo fundamental: curar, cuidar y atender al enfermo.
En lugar de esa reflexión (des)moralizante, me limito a lo práctico en este momento:
—Reposo y nada de relaciones sexuales.
—Se nos acabó la fiesta —bromea Marcos, besándola con auténtica adoración.
Sonrío. No lo había visto así desde Sevilla, cuando estaba casado.
Preparo la silla de ruedas para salir. Si nos pillan aquí, me abren un expediente disciplinario.
Este sería el típico momento en el que un trabajador del hospital da la voz de alarma y acabamos huyendo a toda prisa, con Carla gritando desde la silla de ruedas: «Más rápido», mientras un guardia de seguridad intenta alcanzarnos blandiendo la porra.
Nada de eso sucede; salimos a la calle sin problemas.
Carla me sonríe, agradecida, y Lucía me estampa dos sonoros besos en las mejillas.
Me ofrezco a acompañarlos al ginecólogo para explicar por qué Carla lleva un dispositivo sin el respaldo de un informe.
Marcos coloca una mano en mi espalda y me da una palmada en el pecho con la otra.
—Eres un luchador y no te importa jugártela, como en aquel viaje en el que me caí por un terraplén —dice, dirigiéndose a Carla y Lucía para explicarles la anécdota—.
Fue a rescatarme y acabó con un esguince y un golpe en la cabeza.
Del que veo que te recuperaste bastante bien —añade con una sonrisa, revolviéndome el pelo.
El viaje del que habla Marcos lo emprendimos con mi padre en una estación de trenes en Madrid.
El plan era recorrer los pueblos de Guadalajara en bicicleta, acampando en el camino.
Para ello, mi padre había comprado una moderna tienda de campaña pop-up , que venía cuidadosamente guardada en una flamante bolsa.
Sin embargo, el fabricante había optimizado tanto la eficiencia del continente, la bolsa, que, a pesar de nuestros múltiples intentos, nos fue imposible volver a meter el contenido, la tienda, en su lugar.
Al final, la atamos al portaequipajes de la bicicleta con cuerdas.
Así recorrimos varios pueblos, hasta que una pendiente se cruzó en nuestro camino, o en el de Marcos, que la bajó haciendo el cabra y terminó cayendo por un terraplén.
La discrepancia entre el tamaño del embalaje y el contenido real del producto una vez abierto es común en ciertos artículos y, según mi experiencia, sirve como buena metáfora para ciertas personas; para Alicia, sin ir más lejos.
Por eso voy conduciendo hacia su piso de Hortaleza.
He sido incapaz de devolverla a su embalaje original, el que avisaba de mercancía peligrosa en grandes letras rojas.
O, en su defecto, acomodarla en otra caja, más grande, donde caben las personas que fueron y ya no son parte de mi vida.
Un espacio donde se encuentran todos los pacientes que no pude salvar.
Ese pequeño cementerio rodeado por un muro de piedra alto, construido con forzada impasibilidad.
Entro en la original cafetería-floristería frente a su edificio.
Es poco probable que salga de su piso justo ahora.
Mejor así. El autoengaño de que solo quiero tomar algo resulta más creíble.
Con la vista fija en la cancela de los soportales, pido una infusión a precio desorbitado, el suplemento por estar rodeado de flores.
No he dado ni un sorbo cuando la veo salir.
Va elegante, con una coleta tirante que le despeja el rostro.
Santiago aparece detrás, la rodea por la cintura, se sube las gafas de sol y le susurra algo al oído.
Ella ríe y le da un beso que podría calificar de muchas maneras, nunca frío.
Me duele la escena, pero me tranquiliza verla relajada con él.
¿O es solo una imagen distorsionada, como las de las redes sociales?
Empiezan a caminar. Abandono la infusión, aún ardiendo, y salgo decidido a investigar un poco más. Lo hago junto a un hombre bajito y con la cabeza brillante como una bola de billar. También él la observa. Sí, es guapísima.
Camino detrás de Alicia y Santiago; no sé a quién sigue el calvo, pero avanzamos en la misma dirección, a paso rápido, como en una procesión de Semana Santa acelerada por la lluvia. Cruzamos una mirada. Decido aflojar el paso para no convertir esta carrera en una absurda competición de egos.
Alicia se detiene a buscar algo en el bolso.
El calvo también. Reanudamos la marcha al mismo tiempo y torcemos la esquina.
Frente a un restaurante, Santiago vuelve a besarla con aparente ternura.
El calvo saca el móvil y, desde cierta distancia, saca una foto.
¿De ellos? Alicia y Santiago entran en el local y el calvo cruza la calle con el teléfono aún en la mano.
El único ingrediente que le faltaba a esta historia era un desconocido pisándoles los talones.