20 de enero
ISAIAH
Había unos cinco metros entre la comisaría del distrito y el banco de madera donde me senté; y más de cinco kilómetros entre ese mismo banco y el pub irlandés donde Alicia se citó con aquel tipo exactamente un año atrás.
Sin embargo, he terminado de madrugada en la barra del pub, con la mirada perdida en el fondo vacío de una jarra de cerveza, consciente de que el dueño podría echarme a patadas en cualquier momento.
Desde que me planteé la posibilidad de que lo ocurrido en Londres hubiera sido un accidente automovilístico, me aferré a la idea de que quien conducía era Santiago, aunque el estado emocional de Alicia encajara con que hubiera sido ella.
Los registros judiciales que encontró Arturo, archivados bajo las iniciales A.
R., no dejaban lugar a dudas: Alicia Rivas había sido acusada de conducción imprudente con resultado de muerte.
Arturo localizó después una nota de prensa ya retirada, que informaba de que una joven ciclista había sido arrollada por A. R. en el centro de la ciudad.
Aturdido, me paso la mano por la cara, como si intentara despertar. Lo único que consigo es hundirme en un recuerdo de mi infancia. La tesitura y el timbre de las voces de mis padres se han difuminado con el tiempo, no así el contenido de la conversación:
—Izzy, esto te va a encantar; está roto por todos lados.
—Martin, el niño no puede reconstruirlo, se va a hacer daño.
—Shannon, así se entretiene. Además, si no lo arregla nuestro Izzy, ¿quién lo hará?
—¡Tú por aquí! ¿Qué te cuentas?
Una voz juvenil ha irrumpido en mi viejo recuerdo. Alzo la vista. Es una chica de nariz aguileña, ojos marrones, larguísimas pestañas postizas y una sonrisa en la cara. Me señalo, inseguro de si se dirige a mí desde detrás de la barra.
—Sí, soy Lorena. Tú eres el médico que vino preguntando por una clienta. Te di mi número, pensé que me llamarías.
No la recordaba, a pesar de su llamativo tinte pelirrojo. Es la empleada del pub a la que, meses atrás, mostré la foto de Alicia y le pedí que preguntara a sus compañeros si les resultaba familiar.
—¿La reconoció alguien? —pregunto esperanzado.
—¡Qué va! ¿Entonces no conseguiste lo que buscabas?
—¿Hablar con ella? —titubeo, tratando de recordar qué patraña, de las muchas que he contado últimamente, me inventé para preguntarle por Alicia.
—¿Eso era todo? Creí que lo de encontrar a esa chica podía ser el principio de algo guay con ella.
—Al final no lo era —respondo, con un leve movimiento de cabeza.
—¡Qué pena! Me habría molado escuchar un final guapo.
—Y a mí.
—Pues invéntate otro que enganche, rollo giro loco de estos que no te ves venir —desliza, mirándome con coquetería.
—¿Qué propones?
¿Estoy tonteando con ella? No encuentro otra explicación que la de escabullirme por la tangente porque me siento incapaz de enfrentar el conflicto interno que tengo entre manos: hasta qué punto el hecho de que Alicia haya arrollado a alguien podría redefinir mi percepción sobre ella.
Eso, y algo más elemental: hace un tiempo que mi única compañía es el calor de mi pastor alemán.
—Ayudarme con las cajas de cerveza, pesan un huevo —contesta, dándome una.
Quizá lo malinterpreté si ahora voy a convertirme en su mozo de carga.
La sigo hasta el almacén, donde me sugiere, con una risa revoltosa, que nos divirtamos como un médico y su paciente.
Obviando que esta chica no ha pisado un hospital en su vida, porque la juerga, si acaso, es entre médicos residentes, asiento con una sonrisa que no sé si es más de resignación que de complicidad.
Coloca su mano en mi nuca y me atrae hacia ella, mientras la otra se desliza con decisión sobre mi bragueta.
Logro rescatar mis labios de los suyos para preguntar si la puerta tiene echado el pestillo.
Cuando responde que no, mi descontento debe ser evidente porque de inmediato me señala un minúsculo baño, como si este encuentro no fuera ya lo suficientemente sórdido.
Me empuja hacia el estrecho cubículo sin dejar de besarme, nuestras lenguas enredadas, su mano subiendo bajo mi camiseta para acariciar mi abdomen.
Sin perder tiempo, se quita el top, revelando un sujetador de un rojo atrevido, y empieza a desatar mi cinturón.
¿De verdad quiere hacerlo aquí? Estoy clavándome el borde del lavabo en el culo.
Si pruebo a cerrar los ojos y centrarme solo en el tacto, quizá…
no, peor, entonces solo veo a Alicia. Isaiah, te estás forzando.
Pretendías evadirte, quitarte el malestar a base de frotar, como si se tratara de una mancha difícil de limpiar.
Pero con esta congoja que llevas encima, no te apetece nada.
En el fondo sabes que lo único que desearías es abrazar a Alicia.
Sujeto la mano de Lorena justo cuando está a punto de desabrochar los últimos botones de mi bragueta y murmuro:
—Espera.
—¿A qué? Como me escaquee más de diez minutos van a preguntar por mí —replica, cruzando los brazos con impaciencia.
Fantástico, encima bajo presión. Ella guía mi mano hacia su sujetador, como si dos tetas bien puestas pudieran resolverlo todo. Me aparto lo que el reducido espacio me permite, apenas medio palmo.
—No.
—¿No qué? —Frunce el ceño entre molesta y sorprendida.
—Creo que no puedo inventarme otro final. Es un problema de aquí. —Me señalo la cabeza con el dedo.
—Tío, estás fatal —bufa.
Su mirada desciende hasta mi abultada entrepierna y comenta:
—Pues ahí abajo alguien no opina lo mismo.
—Tiene vida propia —me justifico, con un encogimiento de hombros.
Respiro hondo para que baje y concluyo:
—Lo siento.
Salgo primero con varias cajas y me agacho para dejarlas detrás de la barra. Al incorporarme, me encuentro de frente con un camarero de anchas espaldas. Espero que no traiga un mensaje del dueño o venga directamente a partirme la crisma, aunque me lo habría ganado por poco espabilado.
—¿Eres el hombre que hace unos meses preguntó a Lorena si habíamos visto por aquí a una chica? —pregunta con un marcado acento gallego.
Lorena sale del almacén, recogiéndose el pelo en una coleta y lo confirma enseguida. El camarero asiente y añade:
—Pues la rapaza que buscabas estuvo aquí el 20 de enero del año pasado.
—¿Cómo recuerdas la fecha?
—Lorena me enseñó la foto y no la reconocí, pero me ha salido esto ahora mismo.
Me muestra en su móvil un carrusel de imágenes bajo el título: «Hoy hace un año, mira tus fotos del 20 de enero de 2023».
—Una de las amigas de la mujer que celebraba una despedida de soltera era gallega. Charlamos sobre nuestra tierra y nos hicimos fotos. Estas son las que yo tomé. Si no me equivoco, la moza del fondo es la que buscabas.
En la primera foto, Alicia está sentada en una mesa mal iluminada; parece mirar a la cámara, o a las dos mujeres que, en primer plano, lucen llamativas camisetas rosa fucsia con unicornios y sonríen desde las sillas altas de esta barra. Son las 22:08.
En la segunda foto, Alicia bebe de un vaso mientras las mujeres alzan sus jarras de cerveza para brindar. Son las 22:17.
En la tercera, Alicia ha apartado su silla y está de pie, con su bolso al hombro, dando la impresión de que está a punto de irse. Mientras tanto, las dos mujeres se abrazan. Son las 22:23.
La última imagen es un selfi del camarero con una de las mujeres. Alicia ya no está. Son las 22:39.
¿Por qué el tipo con el que se citó no aparece en las fotos?
Cuando Alicia recuperó los recuerdos y me contó lo ocurrido esa noche, mencionó que había estado con él unos veinte minutos.
Dudo que después de la última foto les diera tiempo a verse.
Cronometré el trayecto: son siete minutos a paso rápido desde aquí hasta su casa y nosotros recibimos el aviso de su asistencia a las 23:06.
Un pensamiento sombrío me golpea con la fuerza de los tornados que de vez en cuando arrasaban las tierras de mis abuelos en Iowa. ¿Y si el hombre que la apuñaló nunca existió? ¿Y si Alicia intentó quitarse la vida poco tiempo después de ser juzgada en Londres?
Un perito declaró en el juicio que la herida en su abdomen fue causada por un cuchillo introducido desde delante, con una trayectoria hacia atrás, como si quien lo empuñaba se hubiera situado justo detrás de ella, abrazándola por la espalda.
¿Pudo haberse infligido ella misma la puñalada?
La declaración del testigo número seis de la defensa, quien aseguró haberla visto sola en el pub en todo momento, reforzaría esa hipótesis.
Pero no tiene sentido que bajara a los soportales para herirse, a menos que…
quisiera hacer pasar la puñalada por un ataque, o temiera que nadie notara su ausencia si moría en su casa, como me contó que le ocurrió al anterior inquilino de su piso.
¿Cuántas veces me habló de la muerte? «Seremos inmortales», afirmó la primera vez que sacó el tema.
¿Y qué mejor símbolo de la inmortalidad que el infinito, la promesa de una vida eterna, contenido en la frase: «dijo infinito», que susurró cuando intentábamos frenar la hemorragia en los soportales?
Alicia, ¿fue tu puñalada en el abdomen un harakiri motivado por el sentimiento de culpa tras la muerte de aquella chica?
Me obligo a detenerme. Es una teoría rebuscada, forzada.
Al fin y al cabo, hay tantas posibles explicaciones para que su agresor no aparezca en las cuatro fotos, como los segundos que el camarero no capturó con su móvil entre ellas.
—Perdona. ¿Tienes el teléfono de alguna de estas mujeres?
Mientras él busca en su móvil, un recuerdo se filtra en mi mente. El eco del diálogo final entre mis padres:
—Si no arregla esto, Izzy, ¿quién lo hará?
Una voz aguda, de timbre claro e inocente, responde mientras mi padre besa a mi madre:
—Nadie, papá.