En tiempo de juego 19 de enero
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19 de enero

ISAIAH

Hoy he salido del trabajo con un «ni siento ni padezco» monumental.

Una de las guardias más desalentadoras que recuerdo.

Inmune a todo, paso por la peluquería del barrio y, con gestos y monosílabos, indico que quiero lo de siempre: el pelo muy corto.

Llego a casa, acaricio a Murph por costumbre y saludo con la mano a Isabel, que está limpiando el baño.

Mi móvil vibra. Es Sergio. Descuelgo adoptando automáticamente el tono y las formas de un teleoperador de atención al cliente.

—Buenos días, los resultados de tus análisis están ok. Algunos de los síntomas que describes...

—¡Ey, para! —Sergio no me deja terminar—. No te llamaba por los análisis, sino porque ayer escribí a Alicia, como habíamos hablado. Para mi sorpresa, no solo respondió, también quedamos en el centro.

Mi desconexión emocional se esfuma de golpe.

—¡Me acabas de alegrar el día!

—Después alguien pasó a recogerla en una calle paralela con un cochazo, un Ferrari negro. ¿Sabes quién es?

Mi sonrisa se desvanece. Parece que, después de todo, no fue sexo de una sola noche.

—Santiago Roca.

—¡¿El hijo de Dalia Castellanos?! ¿El del vídeo?

—¿Lo conocías?

—Sí, de las redes sociales.

—Pues ese.

—¿Pero está con él? Porque Alicia ha pedido que yo sea su persona de apoyo y estaré en algunas sesiones. De hecho, vamos a la primera esta tarde.

—Te lo agradezco. ¿Comemos juntos y hablamos? Compro algo de camino.

¿Me voy a rendir de una vez? Ahora que Alicia seguirá un programa con Sergio como tutor, quizá ya no debo entrometerme más. Y menos con Santiago de por medio.

Después de almorzar con mi amigo, decido dedicar la tarde a ocupar mi mente en algo que no sea Alicia.

Encontrarlo me lleva un rato. Finalmente, desempolvo la vieja videoconsola y mato zombis con tanto ímpetu que igualo el récord de un jugador con el alias de «Iluminado».

A ver si la Virgen ilumina a Alicia. Nada, esa chica se apodera de mis pensamientos.

Recibo una llamada de Sergio que me obliga a pausar mi heroica cruzada virtual.

Su voz tiembla ligeramente cuando me dice que acaba de salir del centro.

Lo que faltaba es que sufra una recaída por este motivo.

—Voy a pasar a recogerte —digo, cogiendo las llaves del coche.

—No hace falta, estoy bien. Alicia se fue del centro hace media hora. Me pidieron con discreción que me quedara. Cuando quedó claro que no tenemos ninguna relación sentimental, me comunicaron que le han propuesto un ingreso de unos días.

—¿Tan pronto? Pensaba que lo sugerirían después de intentar retirar una medicación sin éxito.

—Parece que también cuando las consecuencias físicas o psíquicas son graves.

La psiquiatra me explicó que Alicia muestra cierta incongruencia en sus respuestas y que, al realizarle una extracción de sangre, detectaron unas marcas en el antebrazo.

Podrían ser autolesiones o provocadas por otra persona.

Alicia les dijo que no tiene pareja. Me preguntaron a mí y me quedé paralizado; no supe qué responder.

«Igual que yo».

Y así llevo ya una hora, con los últimos restos de los espaguetis dando vueltas en mi estómago, hasta que decido que esto ha llegado demasiado lejos. Salgo rumbo a la comisaría del distrito: es necesaria una intervención profesional.

Antes de llegar, una llamada me detiene. El nombre de Arturo aparece en la pantalla y, considerando la diferencia de huso horario, que llame en pleno horario laboral, solo puede significar que ha logrado asociar a un titular la cuenta bancaria que encontré en el correo electrónico de Alicia.

—¿ Brother , te pillo en mal momento?

—No. Dime.

«Solo iba a charlar con las fuerzas del orden para darle variedad a mi aburrida rutina de viernes por la noche, aunque mi perro crea que a estas alturas de su vida no necesito inventarme nada nuevo».

Por su tono de voz, esta conversación no será breve. Me apoyo en un banco cercano.

—En el registro de conductores de Reino Unido, a mi colega no le apareció ninguna infracción de tu jeva .

—Lo que esperaba —respondo, recordando que todavía no le he contado que Alicia ya no es mi pareja, que ahora sale con un macarra.

—Y el número de cuenta pertenece a un bufete de abogados especializado en defensa de accidentes de tráfico, uno de los más prestigiosos del Reino Unido.

—¡Sabía que Santiago había causado un accidente grave! ¿Lo juzgaron?

—Eso mismo me pregunté yo; así que buceé en las bases oficiales del sistema judicial británico y en otras plataformas, usando los datos que tenía: nombre, bufete y palabras clave como «accidente de tráfico».

—¿Y?

—Pues no encontré nada, pero… —Se detiene de repente, como si se le hubiera cortado la voz.

—Dime —lo animo a continuar.

—La ignorancia puede ser dichosa cuando la verdad resulta dolorosa. Por eso el lema Veritas vos liberabit , «La verdad os hará libres», de mis tiempos en el Caltech, siempre me pareció subjetivo.

—Cuando empiezas a filosofar es mala señal. ¿Qué pasa?

¿Qué podría ser peor que lo que me ha contado Sergio?

Está claro que esto me supera desde hace tiempo.

La policía debería ocuparse del asunto. Cruzo los dedos para que apunte a la persona correcta, con mi historial de vulneraciones a la privacidad, acceso indebido a información ajena y desatinos amorosos, no descarto salir de la comisaría con una acusación de acoso bajo el brazo.

—Verás… —empieza Arturo alargando la última sílaba, como si le pesara lo que está a punto de decir.