En tiempo de juego 18 de enero
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18 de enero

ALICIA

Una escalofriante pregunta me saca de mi duermevela:

—¿Estás muerta?

—No.

—No te has duchado. ¿Te duele algo?

He debido redefinir mi concepto de “darle con ganas” este último año y medio.

Me pareció tan suave que me sorprendí a mí misma rogándole tirones de pelo, pellizcos, nalgadas y hasta mordiscos.

Cada uno de ellos fue recibido por mi cuerpo con auténtica ansia.

Todavía escuecen, duelen y, paradójicamente, alivian.

Han logrado apaciguar, al menos por un momento, mi desasosiego existencial.

A este paso terminaré cultivando una peligrosa inclinación por el sadomasoquismo.

Me levanto con cierta dificultad y anuncio que voy a ducharme. Alarga el brazo para coger mi mano.

—¡Dame un beso, anda!

Paso la mano por su cabeza casi rapada. Antes enredaba sus mechones negros alrededor de mi dedo anular, fingiendo que eran el anillo de nuestra boda.

En el baño, el chorro de agua caliente masajea mi espalda.

Mientras el vapor me envuelve, recuerdo que aún no he llamado al centro ABN como le prometí a Isaiah.

El agua de la ducha se acumula en el cuenco que he formado con las manos.

Cuando se desborda separo los dedos de golpe y dejo que caiga.

Repito esa operación hasta que la irritación rojiza de mis antebrazos me avisa de que he pasado demasiado tiempo bajo el agua.

Algunos vasos sanguíneos se han roto y las yemas de los dedos de Santi se van a tatuar temporalmente en mi piel.

Debería haber aplicado hielo. En el plato de porcelana hay un reguero de sangre diluida en espuma blanca.

Alarmada, me llevo la mano entre las piernas.

Por un instante creo que anoche traspasé el límite de lo prohibido.

Pero no, solo es la regla. Hace meses que me baja cuando quiere.

Salgo del baño y me encuentro a Santi en la cama, con el portátil sobre las rodillas y sus gafas de montura negra y gruesa al estilo Clark Kent , un personaje que me volvía loca de preadolescente.

—Siéntate, por favor, y cuéntamelo todo.

¿De qué habla? Él es el único que conoce la magnitud del «todo». Le miro confundida. Arquea las cejas en un gesto interrogante.

—Mientras estabas en la ducha, te llamó un tal Sergio y luego te dejó este mensaje.

Me pasa el móvil.

«Hola, guapa. ¿Qué tal estás? Me prometiste que hablaríamos esta semana. ¿Me paso por tu casa? ¡Un beso!».

—¿Quién es?

—Un conocido de Isaiah.

Santi abandona su actitud ambigua y pone los ojos en blanco.

—¿Qué quiere?

—Ayudarme.

—Ya, claro.

—Sí, solo ha pasado por lo mismo —miento; quizá acepte mejor la idea si cree que Sergio es el que acudió al centro de tratamiento de adicciones.

—Te han pasado muchas cosas en los últimos tiempos. ¡Concreta rápido! La paciencia no es mi punto fuerte.

—Tomo una medicación; me la prescribieron para la ansiedad y los problemas para dormir al volver de Londres. Debería dejarla porque a largo plazo tiene efectos secundarios.

Es lo principal; aunque podría enumerar algunos de los que sufro: cansancio, memoria de pez, dificultad para concentrarme o anorgasmia.

De todos ellos, el último es el que peor suena y, sin embargo, es el que a mí menos me preocupa.

Que yo sepa, no han despedido a nadie de su trabajo por este motivo.

De todas formas, prefiero no contar los detalles a Santi para no dar importancia al asunto.

No me gustaría que acabara convirtiéndose en el eje de nuestras conversaciones.

Necesito pensar en positivo; juntos solía ser fácil, su jovialidad y su energía iluminaban incluso los días más grises de Londres.

—¡Ay, Ali! ¿Y cómo quiere ayudarte? —reacciona, atrayéndome hacia él, para envolverme en un abrazo.

—Siguió un programa en un centro y se ha ofrecido a acompañarme.

—¿Tiene que ser con él? ¿No será que le gustas? Puedo acompañarte yo.

—Él está familiarizado con el proceso. Y no, no le gusto; le gustan los hombres.

Podría añadir que me da tranquilidad que Sergio sea íntimo amigo de Isaiah. Pero, en lugar de eso, le pido que entre en la ducha. No se mueve.

—¿No le contestas?

—Luego.

—Lo primero es tu salud. Llámalo ahora.

Me tiende el móvil, pero no lo cojo. No sé si me queda voluntad para enfrentar ese desafío.

—¿Y si no lo consigo? —pregunto desalentada—. Mi cuerpo está tan acostumbrado a ellas que con solo reducir la dosis ya me encuentro mal.

—No lo sabrás hasta que lo intentes y seguro que lo lograrás, como todo lo que te propones.

—Ya no soy esa.

—Ali, tu esencia la ha sepultado la culpa, pero no ha desaparecido.

—Me acaricia la mejilla—. Sigues siendo perseverante.

También eres la que me frenaba cuando perdía el control, la que me hacía reír hasta que me dolía el estómago, la que me plantaba cara convirtiendo nuestras diferencias en estimulantes luchas de poder, fingidas, porque en realidad cedía desde tu primera palabra.

—Sus ojos reflejan una mezcla de nostalgia y la determinación de quien no ha perdido la fe en mí—.

Y eres fuerte físicamente. Te has recuperado muy bien de una puñalada.

De hecho, esta noche me has dejado con agujetas para toda la semana.

Se inclina hacia mí y deja un beso en mi frente y otro en mis labios.

Luego me entrega el móvil. Le dedico una sonrisa asimétrica con el teléfono en la mano mientras lo empujo hacia la ducha.

Se resiste y me hace prometer que cuando salga ya habré llamado a Sergio.

Le digo que sí con la cabeza. Antes de cerrar la puerta del baño, propone ir mañana a un karaoke porque siempre me ha relajado desafinar.

Luego me guiña un ojo y bromea con que a Madrid no le vendría mal un poquito de lluvia.

Intento sonar alegre cuando respondo que es una buena idea.

Voy a necesitar mucho ánimo para lo que viene, y no estoy segura de que con eso sea suficiente.

Tras unos segundos de duda selecciono el número de Sergio. Mientras suena el tono, empiezo a pensar que tal vez deba ceder a las presiones de la dama de hierro, la directora de mi colegio, y solicitar la baja laboral.