17 de enero
ALICIA
Santi pasa como una exhalación a mi lado.
—No digas nada; no quiero soltarte una grosería. Me voy al gimnasio, a ver si levantando pesas se me pasa.
Me quedo sentada en el sofá, rodeando mis rodillas con los brazos, igual que el día de Año Nuevo. Sé que va a abrir la puerta de la habitación de nuevo en tres, dos, uno… cero.
—¡No lo entiendo! —grita desde el umbral—. Un hombre condenado a seis años por drogar y abusar de una chica a la que engañó por internet… vas tú y le haces un favor. ¡Como si no fuera a salir en la mitad de tiempo con beneficios penitenciarios!
—Sé que te ha pillado por sorpresa —respondo cerrando los párpados; un débil escudo contra su furia.
Resopla igual que Carla la víspera al descubrir que le había ocultado información.
Entiendo que estén enfadados: cambié mi declaración sobre la marcha al enterarme de que la anciana, cuya intervención fue decisiva al abrir la ventana tras mi grito por la puñalada, había fallecido.
Comprendí que, si quería dejar de transitar por la peor trama de un libro en el que eliges tu propia historia, debía empezar a tomar decisiones contrarias a las mías.
La primera: no culpar al hombre que se estaba juzgando en esa sala.
—Mírame. ¿Vas a contarle a Carla lo que ocurrió en Londres?
—No, solo quería evitar que condenaran a ese hombre por mi ataque. No fue él.
—¿Y si te equivocas? No entiendo cómo puedes estar tan segura.
—Y yo no entiendo por qué te altera tanto lo de Londres. Nadie te culparía del atropello si se supiera; yo conducía.
—¿Te recuerdo que no tengo la mejor reputación desde el vídeo? Algunos creerían que te cambié de asiento porque iba borracho.
—¡Hay testigos!
—A los que mi rica familia podría haber comprado. Santolaria se encargaría de sembrar la duda.
—¡Anda ya! ¿Sabes que creo? Que el vídeo y los memes te afectaron mucho y ahora ves fantasmas donde no los hay. No se investigará nada si yo no lo pido a través de Carla, y no lo haré. Ni ella insistirá ahora después de haberle hecho perder tiempo y prestigio.
Se pone en cuclillas frente a mí.
—Eso espero. No olvides que me dejaste solo en Londres y que, aun así, te contraté un abogado a riesgo de que me relacionaran con el accidente.
—No quería uno tan caro.
—De verdad que no sé qué hacer contigo. —Se incorpora de golpe, cruza la cocina en dos zancadas y apoya las manos en la encimera, dándome la espalda.
—Santi… —pronuncio con cautela— si tienes tanto miedo a que te vinculen con el atropello, ¿por qué no te alejas de mí?
Respira hondo antes de girarse.
—Porque me gustas demasiado, Alicia. —Lo dice como si se tratara de una enfermedad rara e incurable—. Si logramos dejar atrás el pasado y que no nos persiga en forma de investigaciones, juicios o titulares, dentro de poco seremos una versión mejorada de lo que fuimos antes de aquel negro día.
Vuelve a mí y me agarra la mano. Los labios tensos, las aletas de su nariz dilatadas por un gesto que no llega a ser sonrisa.
—Ven, vamos a solucionarlo.
Llego al dormitorio en volandas, porque ni corriendo consigo igualar su paso. Antes de que pueda reaccionar, estoy en la cama, con él a horcajadas, sujetándome las muñecas contra el cabecero. Se inclina hasta quedar a unos milímetros de mi rostro y gruñe:
—Vamos a follar fuerte, ¿sí?
Respiro aliviada. Esta es solo una de las formas primarias de Santi de manejar su enfado y, al mismo tiempo, una vía para canalizar mi propia tensión.
Asiento en silencio.