15 de enero
ISAIAH
Soy el siguiente en declarar en el juicio. ¿Qué será lo mejor para Alicia? Llevo semanas devanándome los sesos con el revoltijo de información y cuanto más lo analizo, más difícil se me hace tomar la decisión correcta.
Puedo presentar una única prueba documental: los informes psiquiátricos de Alicia que pondrían en duda que el acusado la drogara.
Ya había descartado presentarlos mucho antes del mensaje que ella me envió en Molina, rogándome callar lo que sabía; solo habrían favorecido al acusado.
Por otro lado, tengo en mi poder multitud de pruebas testimoniales .
Cada vez que levanto una piedra, encuentro algo turbio relacionado con Santiago: su aplicación de citas plagada de serios problemas de seguridad; el tatuaje que ambos comparten y al que ella hizo referencia durante mi asistencia médica; los problemas que tuvo con la justicia británica por exceso de velocidad, abuso de alcohol y escarceos con las drogas.
A esto se suma su temperamento visceral y el hecho de haberse acostado con ella antes del juicio, quizá para coaccionarla y evitar que hable sobre un posible accidente de tráfico que empiezo a sospechar que fue el detonante de la historia.
A ese batiburrillo debo añadir mi fallida relación con la víctima del presente juicio, algo que restaría credibilidad a mi testimonio; a Carla, la abogada y amiga de la víctima, que ya está enfadada con Santiago por dejar a su hermana y aún ignora que él se ha acostado con Alicia sin haber firmado el divorcio con Lucía; y, por último, a mi amigo Marcos, que podría estar en deuda económica con Santiago por su ayuda durante el proceso de divorcio, siendo al mismo tiempo la pareja de la abogada y el padre del hijo que esperan.
Mi única certeza ahora mismo es que me va a estallar la cabeza.
Debo mantener mi testimonio sin cambios, porque ya aprendí la lección con mi padre: cuando no sabes bien qué ocurre, es mejor no hacer nada.
Eso, y que no puedo ignorar el mensaje que me envió Alicia en Molina.
¿Y si el «me va a hacer daño» que escribió era, en realidad, «me va a hacer daño Santiago»?
Y él podría hacerlo fácilmente porque, aunque el hombre al que se juzga hoy en la sala sea el brazo armado, todas las pruebas indican que el mastermind , el cerebro de la operación, no es otro que Santiago Roca.
De hecho, cada vez me resulta menos surrealista la idea de que Alicia se convirtió en un testigo incómodo de un accidente que necesitaba ser encubierto para no perjudicar a la madre de Santiago.
Me aliso la corbata del traje antes de subir al estrado. La última vez que me anudé una al cuello fue en el funeral de mi padre. Hoy también necesito vestir mis sentimientos.
—La acusación llama al testigo número ocho, médico del SAMUR que asistió a mi representada —anuncia Carla con aplomo.
Mido mis pasos hasta el estrado para no tropezar.
—¿Puede decirnos su nombre para que conste en acta? —pregunta con cortesía la jueza.
—Isaías Martín Hansen. Isaiah, sin tilde y con h al final en vez de s. Deletreo: I-S-A-I-A-H. Hansen, con h: H-A-N-S-E-N.
El secretario judicial contrae la expresión al instante. Mi nombre, lejos de darme un aire exótico, suele provocar en el funcionario de turno un impulso casi irrefrenable de maldecir parte de mi árbol genealógico.
—¿Jura o promete decir la verdad? Le advierto que, de no hacerlo, puede incurrir en un delito de falso testimonio y ser castigado con penas de multa o de cárcel —enuncia la jueza solemnemente.
—Prometo.
Estoy más rígido que cuando me atrevo a bailar y creo que mi ojo izquierdo ya ha sufrido dos microinfartos. Afortunadamente, no parece que su señoría se haya percatado; o bien desconoce que el lenguaje corporal es un espejo bastante fiable de las emociones reales.
—¿Tiene usted algún parentesco, amistad o relación de cualquier otra clase con el acusado, el Ministerio Fiscal o la defensa? —prosigue.
—No, señoría.
No lo tengo, siempre que la jueza no se refiera al hecho de que la abogada de la acusación es la pareja de mi mejor amigo y, sobre todo, a que la víctima me enloquece hasta el punto de haber borrado cualquier rastro del hombre apacible que solía ser.
—¿Tiene usted interés directo o indirecto en este asunto?
—No —respondo con confianza al comprobar que mis mentiras quedan impunes y pese a que mi interés sea desmedido tras mis infructuosas investigaciones.
—Bien, conteste ahora a las preguntas que le va a hacer el Ministerio Fiscal y la abogada de la acusación.
Marcos me informó que Alicia se ausentaría tras declarar. Lo prefiero. Dudo que pudiera concentrarme con ella presente en la sala. Estos últimos días he empezado a preguntarme si Marcos tenía razón y Alicia me ha embrujado. O peor aún: si el verdadero conspiranoico en esta historia soy yo.