1 de enero #2
Nos besamos despacio, primero con cautela, apenas rozando los labios.
Pero cuando los míos se entreabren como los lóbulos de una planta carnívora hambrienta, él profundiza el beso.
Sus dedos se extienden como raíces, desenterrando mi cuerpo de entre los escombros.
Adiós, cordura. Lo poco que quedaba de ella desaparece.
—¡Ay, Santi!
En esa exclamación derramo toda la agonía acumulada durante este año y medio de separación.
Él responde murmurando mi nombre de una forma que me transmite seguridad.
El nudo de mi batín de satén blanco se deshace como por arte de magia y los tirantes del camisón resbalan hasta mis codos.
La humedad que crece entre mis muslos me obliga a separarlos en busca de alivio, como la válvula de una olla a presión al borde del estallido.
Él interpone su rodilla con rapidez, quizá temiendo que cambie de idea.
Su movimiento brusco hace que la toalla se desprenda y caiga al suelo, dejándolo completamente expuesto.
Con la mirada hace trizas la poca ropa que me queda, reclamando igualdad de condiciones.
Asiento breve, pero firme. Sus manos aferran mis caderas y me despojan del último obstáculo.
Entre jadeos, me aprieta contra él con una intensidad que deja claro que esta vez no tiene intención de dejarme ir.
Antes de darme cuenta, nos estamos devorando como caníbales que tratan de arrancarse del alma aquello que en su día los destrozó.
Con Santi, como en las carreras de automóviles, todo sucede a una velocidad vertiginosa. ¿Estaré en condiciones para soportar los acelerones?
ISAIAH
Para festejar el Año Nuevo, estoy sentado frente a una jefa de guardia visiblemente disgustada.
—Has entrado con las fuerzas especiales. A quién se le ocurre. Aún no habían comprobado si había armas de fuego en la autocaravana.
Le explico con calma que ese hombre no tenía ninguna pistola y que el paciente corría el riesgo de desangrarse. Por su expresión, intuyo que mi actitud no ha hecho más que enfurecerla.
—No la tenía, pero podría haberla tenido. Ahora tengo a la policía quejándose de nuestra actuación. Me parecías una persona bastante reflexiva. No sé en qué estabas pensando.
—En el tiempo: cinco minutos más y lo habríamos perdido.
Ella sacude la cabeza con exasperación.
—Da igual, Isaías. Ha sido una imprudencia.
En retrospectiva, tiene razón. Esa disputa por una herencia entre hermanos podría haber terminado mal para mí.
Francamente, llevo un tiempo haciendo el tonto, particularmente desde que Alicia me dejó.
Tonto y sensiblero. Ayer mismo me puse melancólico después de que en la radio del coche sonara una canción sobre el desamor.
Tengo que distanciarme de esos sentimientos exacerbados o un día de estos cometeré otra temeridad.
A las ocho de la mañana llego a casa y saco a Murph con tanta prisa que apenas le da tiempo a husmear antes de hacer sus necesidades.
Me ducho y me voy directo a la cama. Un aliento perruno me despierta: Murph tiene hambre.
Voy a la cocina y de paso saco el móvil del bolsillo del abrigo.
Lo había dejado en modo avión. Al conectarse a la red, aparecen en la pantalla treinta felicitaciones de Año Nuevo, una llamada perdida y un mensaje de Judith, la madre de Alicia.
«Hola, Isaías. Alicia nos dijo que llamaría después de las uvas, pero no lo hizo, así que nos dormimos esperando un mensaje.
Como no lo recibimos, esta mañana llamamos a su móvil y al de sus amigas, pero estaban apagados.
Suponemos que estarán durmiendo, aunque nos sentiríamos más tranquilos si supiéramos algo.
¿Puedes llamar a Marcos? Está con Carla y nuestra hija, pero no tenemos su número. Gracias».
Un interrogante se dibuja sobre mi cabeza.
Marcos no me dijo que Alicia fuera a pasar la Nochevieja con ellos.
Llamo de inmediato a Marcos y a Carla. Ambos están desconectados.
Ahora me habría venido bien aquella aplicación ilegal que estuve tentado de instalar en el móvil de Alicia para rastrear su ubicación.
Llamo a Judith para tranquilizarla; seguramente la fiesta se alargó y están durmiendo.
—Todavía no sabemos nada —responde con nerviosismo—. Se enfadó con nosotros antes de Nochebuena porque, según ella, la estábamos asfixiando y no quiso venir al pueblo. Luego se disculpó y el asunto quedó zanjado, pero prefirió celebrar la Nochevieja con Carla y su novio.
Me queda un último número por marcar antes de vestirme y acercarme al piso de Marcos y Carla. Suena el tono al menos cuatro veces antes de que Santiago descuelgue el teléfono.
—Hola, Santiago, soy Isaías. Feliz año.
Escucho un pitido continuo al otro lado de la línea, como si dudara entre colgar o responder.
—Dime —contesta al fin, con sequedad.
Fue buena idea activar la opción de ocultar mi número; estoy seguro de que no habría contestado si hubiera visto mi nombre en la pantalla.
—Verás, los padres de Alicia no saben nada de ella desde anoche, cuando les dijo que los llamaría después de las uvas. ¿Sabes dónde está? Carla, Lucía y Marcos tienen el móvil desconectado.
—Diles que no se preocupen, que está en su piso, en Hortaleza. Luego los llama.
Las preguntas se agolpan en mi mente. ¿Qué hace en su piso el día de Año Nuevo? ¿Por qué ha mentido a sus padres? Solo hay una explicación: está con Santiago.
—¿Está bien?
Con Santiago y «bien» me parecen términos cada vez más incompatibles, por mucho que Marcos insista en que su amigo es una hermanita de la caridad y su familia, poco menos que una congregación de monjas.
—Sí, claro, ¿por qué no iba a estarlo?
«Por muchas razones».
—¿Puedo hablar con ella?
—Duerme. Ya le digo que hable con sus padres.
En circunstancias normales, la conversación habría terminado con un «ok, gracias» por mi parte. Pero mi mente no deja de fabricar escenarios truculentos, y más con el juicio a dos semanas de distancia.
—Prefiero hablar con ella ahora —insisto.
—No la voy a despertar. Te estoy diciendo que está bien —eleva la voz.
—Que me lo diga ella, por favor. O me acerco ahora mismo por ahí.
No sé qué poder ejerce Alicia sobre mí que me lleva a intimidar a los demás de forma tan impulsiva. Santiago se echa a reír y contesta:
—¿No te fías? No te preocupes, ahora te envío una foto para que veas que está mejor que bien.
Cuelga antes de que yo pueda reaccionar.
La imagen me llega a los pocos segundos.
Alicia está tendida sobre la cama, boca abajo, con la cabeza ladeada y los ojos cerrados; un trozo de sábana cubre su desnudez.
Santiago, con el torso al descubierto, tiene un brazo estirado para sujetar el móvil mientras el otro lo apoya en la cama, levantando el pulgar con gesto altanero.
El mensaje que acompaña a la imagen no podría ser más provocador:
«Si me tocan las narices, suelo responder. Feliz año. Roca».
Lanzo el móvil sobre la cama, aprieto los dientes y descargo un puñetazo contra la almohada. Luego la utilizo para ahogar un grito de rabia. Ha exhibido a Alicia como si fuera un trofeo de caza y ni siquiera sé cómo está. Maldito seas, Santiago Roca; y maldita mi lenta capacidad de reacción.