1 de enero
ALICIA
La puerta de entrada de mi piso en Hortaleza roza el suelo al ser empujada.
Será mi vecino, que viene a preguntarme por qué la dejé entornada.
Imposible: pasa la Navidad con sus hijos y, además, no se atrevería a entrar; llamaría directamente a la policía por si se tratara de un robo.
Es él . Estaba segura de que vendría. ¿Qué mejor día que hoy para finalizar el trabajo?
Nadie se dará cuenta y podrá desaparecer entre la muchedumbre que celebra el Año Nuevo.
Ahora que estoy a punto de morir, me invade la pena. Esperaba gritar y llorar de miedo ante lo desconocido, no sentir esta profunda aflicción por lo que me quedaré sin vivir. No sé por qué me extraña; después de todo, la vida es el único bien que poseemos.
Oigo un gran estrépito. Desde luego, no está siendo cuidadoso buscándome, acaba de encender la luz del salón a base de manotazos.
Por instinto, apago la lámpara de mi dormitorio y me siento a los pies de la cama; rodeo mis rodillas y cubro la cabeza con los brazos, intentando proteger mis órganos vitales.
A pesar de mi improvisado refugio, la claridad invade mis pupilas.
Eso significa que él ha abierto la puerta del dormitorio y que la luz del salón me ilumina.
Mi corazón quiere escapar por la boca, dejando atrás mi cuerpo vacío y apático, a merced del asesino.
Sé lo pequeño que es este cuarto: tres pasos y llega hasta mí. Es cuestión de segundos.
Así es, sus manos asen con fuerza mis muñecas, intentando deshacer el nudo en el que me he convertido. La parte de mí que aún quiere vivir se rebela, alzo los brazos dando puñetazos al aire, manteniendo la cabeza entre mis rodillas.
—¡Ali, eyyy! —escucho la interjección enredada en su lengua.
Cortocircuito cerebral. Él, el hombre que me atacó es Santi.
Abandono mi pose de avestruz y lo miro, chillándole que acabe conmigo de una vez, convencida de que será lento y agónico porque ha llegado borracho.
Está en cuclillas frente a mí, con los ojos vidriosos y apestando a alcohol.
Al ver mi cara, aproxima las yemas de sus dedos a mi barbilla e intenta atraer mi boca hacia la suya para besarme.
Lo empujo hasta que cae sentado. Está más desubicado que yo; no reacciona.
Lo arrastro como puedo hasta la cama y arrodillada sobre el colchón, hago fuerza sujetándolo por debajo de los hombros hasta que consigo que su tronco descanse sobre el edredón.
Repito la operación con sus piernas. Luego le quito las botas.
Sonríe. Me dan ganas de atizarle en la boca con una de ellas por no haberse descalzado al entrar… y por todo lo demás.
Corro a la puerta de entrada para cerrarla porque ya tengo al zorro dentro del gallinero. Después me tumbo en el sofá, tremendamente confundida.
Un ruido me despierta. He soñado que él llegaba y que yo tenía sentimientos contradictorios sobre mi propia muerte.
La parte de mí que quería vivir me rogaba buscar ayuda en ese centro para tratar adicciones y dejar a un lado mis deseos de morir, al menos por un tiempo.
Quizá, como dijo Isaiah, todavía puedo elegir qué hacer con lo que he vivido.
Incluso es posible que el atropello y lo que vino después tengan un significado que escape a mi pobre entendimiento, parte de un plan dirigido por una fuerza superior.
Apostaría a que detrás está un dios, una civilización extraterrestre más avanzada, un jugador de videojuegos o esos genes parásitos de los que hablaba mi primera pareja, el biólogo.
Con tantas opciones, seguro que acierto.
—Hola, Ali —escucho a mis espaldas.
El corazón me da un vuelco. No era un sueño: era un recuerdo. ¡ Él está aquí! Rompo a llorar.
—¡No, por favor! Lo siento. Lo último que recuerdo es el cotillón en un local. Creo que me uní a un grupo que entraba en estos soportales; me sonaba tu edificio de la Navidad que vinimos paseando juntos. ¿Fuiste tú quien me abrió después?
Hasta este momento, la línea entre el sueño y la vigilia era borrosa. Pero ahora que se ha definido, entiendo que fue Santi, y no él , quien entró borracho en mi casa después de la medianoche.
—¡Habías bebido mucho! —le recrimino, limpiándome las lágrimas con el dorso de la mano.
Se inclina hacia adelante y se tapa los ojos con una mano como si se avergonzara. Intento apartarle los dedos del rostro para preguntarle qué sucede.
—¿No te lo han dicho? —susurra, mirándome entre dos dedos.
Me explica que va a divorciarse y a dejar la gestión de ESlove para dedicarse a la música. Cuando consigo procesarlo, digo:
—Si te has dado a la bebida, será porque no estás muy satisfecho con tus decisiones.
—¡Solo celebraba el Año Nuevo! Y al contrario, por primera vez siento que estoy tomando las riendas de mi vida.
Es por mi madre: cree que soy un irresponsable y ha amenazado con retirar la inversión en la aplicación hasta que entre en razón.
Lo entiendo, es su dinero. Pero lo que me gritó después de que le dijera que me parecía correcto, eso no.
¡Ha dicho que voy a decepcionar a mi hermano por abandonar su proyecto para hacer el payaso!
Intento calmarlo; le pongo una mano en el brazo, pero sigue alterado, gesticulando sin parar; necesita desahogarse:
—Lo peor es que sabe que mi padre gestionaría mejor la aplicación.
—Tu madre solo tiene miedo de que cometas un error.
—¿Y el famoso proyecto en mayúsculas del que hablaba en todas sus entrevistas? ¿Resulta que el de Rodrigo y el suyo son válidos y el mío es una payasada?
—Está asustada por los cambios drásticos y también, supongo, estresada por el inicio de la campaña electoral.
Además, coincido con ella en que no puedes abandonar la empresa de golpe.
No es por tu hermano, es por ti. Es tu trabajo y si lo dejas sin tener nada más, estarías alimentando el estereotipo de niño rico que tanto desprecias.
Él arruga la frente y tensa la boca intentando contener la frustración; yo prosigo:
—¿Y lo de separarte de Lucía? ¿Por qué? Si precisamente es una persona de trato fácil. Deberías pensarlo mejor. La idea era vivir más despacio, ¡no salir en estampida!
—Casarme fue una decisión precipitada, parte de mi bucket list .
Que Lucía saliera con mi hermano hace años y que sea tu mejor amiga no significa que tengamos tanta afinidad como creía.
—Medita unos segundos en silencio—. Pero reconozco que tienes razón con respecto al trabajo.
Seguiré al frente de la aplicación hasta que mi padre la integre en la serie Q.
Mientras tanto, voy a empezar a presentarme a audiciones para musicales.
La música me apasiona y debí haberme centrado en ella.
Te agradezco que me lo recordaras el otro día en el hotel. Siempre has sido mi fan número uno.
Me sonríe con cariño. De pronto, sus ojos recorren la habitación como si acabara de darse cuenta de dónde estamos.
—¿Qué demonios hacías en tu piso en Nochevieja?
—Replantearme la vida.
«Y la muerte también», aunque eso no lo digo. Solo añado, junto a un bostezo:
—Dúchate. No soporto más ese olor a ginebra.
—¿Estás bien? Te veo rara.
Se llama torpeza mental, y es el resultado de dormir mal.
Al menos ahora tengo claro mi objetivo más inmediato: arreglar el desastre que he provocado con Santi.
Gracias a mis consejos acaba de destrozar a mi amiga Lucía, se ha enemistado con su madre y ha dejado su futuro profesional en el aire.
Me bebo una lata entera de una bebida energética y preparo dos cafés.
Al rato, Santi sale de la ducha envuelto en una de mis toallas.
—¿Dónde vas a vivir? —pregunto mientras le ofrezco el café.
—Alquilaré algo. Con mi madre no me quedo.
Apura el último sorbo y lo observo mientras se aleja hacia el lavavajillas con las tazas.
Ayer, mientras me despedía de este planeta me puse algo dramática.
Si una no tiene derecho ni el día que cree que va a estirar la pata, ¿entonces cuándo?
Por eso pasé horas revisando fotos y recuerdos, deteniéndome especialmente en un vídeo de las Navidades de 2021, antes de que grabaran a Santi bastante perjudicado al salir de una discoteca y acabaran con nuestra paz.
Cantaba para mí la canción de Pablo Alborán, Por fin , expresando que «lo había convertido en mejor persona, que daría su voz por estar conmigo para siempre y que juntos éramos capaces de detener el tiempo».
Después de dedicarme esa magnífica canción con su prodigiosa voz, ¿quién no consideraría a Santiago Roca el amor de su vida?
Y que haya llegado hasta mí justo hoy, solo puede significar que forma parte de ese plan desconocido que algunos llaman destino.
Quizá esa fuerza superior intenta decirme que aguante un poco más, al menos hasta averiguar si mi sufrimiento tiene algún propósito.
Santi, al verme con la mirada perdida, se sienta a mi lado y me pasa un brazo por los hombros.
—Ali, vuelve.
—Quédate aquí, conmigo.
La invitación se me escapa, arrastrada por el timbre hipnótico de su voz; la misma voz que solía agradecer habernos encontrado y que brotaba de unos labios capaces de hacerme vibrar. Una voz que ahora, al oír mis palabras, me devuelve preguntas cargadas de una emoción apenas contenida.
—¿En este piso? ¿Significa que…?
—Vamos con calma.
Pedirle calma resulta ridículo después de haberle sugerido volver a vivir juntos. Tal vez estoy en medio de mi propia estampida y por eso corro. Después de todo, ¿no es esa una de las pocas formas de sobrevivirla?
Su fantástica sonrisa lo ilumina todo. Me acurruco contra su pecho desnudo.
Huele a mi jabón de avena y a ese algo indefinible, acogedor y familiar, la sensación de entrar en una cabaña de madera tras una larga caminata por la nieve.
Le sonrío, rindiéndome a lo innegable, él es mi hogar, el refugio donde mis secretos descansan a salvo.