31 de diciembre
ALICIA
Fue imposible convencer a mis padres de que se quedaran en el pueblo, pese a haberles avisado de que hoy no cenaría en casa.
Ahora tengo a mi madre al otro lado de la línea telefónica, desplegando todo tipo de argumentos para que pase la Nochevieja con ellos.
Le digo que no se preocupe, que con Carla embarazada nos iremos temprano a la cama.
Ella insiste en que se quedaría más tranquila si al menos durmiera con ellos.
Le respondo que es peligroso volver de madrugada.
Para poder colgar, prometo llamarla después de las uvas.
Hace diez años también recurrí a la excusa de los peligros de la noche.
Aquella entrada de año la celebré con Lucía, Carla y nuestras parejas.
El novio de Lucía era Rodrigo, el hermano de Santi; el de Carla, un excéntrico; el mío, un biólogo que creía que los genes son parásitos que nos controlan.
Un chico apasionado del campo en general, de los bichos en particular.
No estoy segura de si quería una novia o una asistente.
Me inflé a buscar saltamontes de día y grillos de noche en varios terrenos de Madrid.
Su entusiasmo por la naturaleza era contagioso y mis amigas se unieron a alguna de nuestras excursiones por la montaña.
Sin embargo, nuestra relación no duró más de cinco meses.
Y no fue porque él hubiera completado su proyecto sobre los gusanos de crin de caballo, unos parásitos que manipulan el sistema nervioso de grillos y saltamontes, ni por su insistencia en que los genes hacen exactamente lo mismo con los humanos.
Fue porque yo tenía pavor. Concretamente, pavor a morir.
En el breve tiempo que estuvimos juntos escapé de la muerte tres veces.
La primera, resbalamos en las piedras de un río.
Él solo cayó al agua. Yo estuve a punto de abrirme la frente con una roca afilada.
La segunda, cruzó la calle con demasiada seguridad y, distraída, lo seguí sin mirar.
Un camión pasó tan cerca que sentí el rebufo de la mole en la espalda.
La tercera, se llevaría el premio a la manera más ridícula de morir.
Mientras tapeábamos, una pata de jamón ibérico colgada del techo casi acaba conmigo al desplomarse a escasos centímetros de mi cabeza.
En esencia, tres formas de morir convertidas en simples anécdotas que contar en las cenas con amigos.
Y si yo hubiera frenado a tiempo, Nora también estaría hoy hablando de un golpe de suerte y se habría graduado en la escuela de cocina, dejando la discoteca donde trabajaba para costearse los estudios.
Estaría casada con James, su novio de toda la vida, o quizás se habría mudado a París, enamorada de un chef francés.
Quién sabe. Su vida podría haber tomado muchos caminos, con la condición de que yo no la hubiera enviado directamente a ninguno.
Puedo argumentar que realizó una maniobra peligrosa, que pedaleaba sin ropa reflectante, que los radios de la bicicleta carecían de bandas de alta visibilidad y que la luz trasera no estaba homologada.
Así lo hizo en mi defensa el abogado que buscó Santi.
Fue una buena estrategia, otra victoria legal que añadir a su extensa lista.
¿Cómo explicarle que yo anhelaba la derrota?
Que no encontraría descanso porque todas esas evidencias eran falacias.
Que la había visto perfectamente y tuve la oportunidad de frenar, pero no lo hice.
¿Por qué? Cansada, me pareció parte de un sueño, una figura irreal, y no reaccioné.
Llevármela por delante se convirtió en su forma de morir.
Me pregunto cómo he adquirido tal poder de destrucción. Herir, matar y, en una semana, culpar injustamente a un desconocido son ahora mis nuevas cualidades personales, aptas para unirme a cualquier banda criminal.
La piedra instalada en mi pecho es tan pesada que me corta el aliento.
Probablemente ya se ha corrido la voz de mi arrebato en el parque de Madrid Río.
Desde entonces, solo el silencio, el que yo he impuesto a quienes quiero.
Ni siquiera Carla y Lucía me han llamado para quedar esta última tarde del año.
Me acerco a la ventana del dormitorio de mi piso en Hortaleza.
La abro para deshacerme de la opresiva quietud de la habitación en el día de mayor bullicio del año.
Saco medio cuerpo fuera y miro hacia el asfalto; calculo la altura: suficiente para partirse el cráneo.
Un escalofrío me recorre la espalda al experimentar el deseo fugaz de saltar.
Es la llamada del vacío ante un lugar elevado, mi mente apreciando la libertad de elegir entre vivir o morir.
En la calle, el jolgorio sube de intensidad y anuncia que quedan pocos segundos para la medianoche.
No necesito encender la televisión para saber cuándo hemos entrado en el nuevo año.
Grupos de jóvenes salen de los bares y acaban apiñados en las esquinas.
Se quedan en esos puntos concretos porque ahí se ven obligados a responder preguntas dicotómicas: ¿derecha o izquierda?
¿quedarme o irme? Yo elijo quedarme; saltar no debería ser mi forma de morir.
Doy un paso atrás. Cierro la ventana y sigo observando la calle.
Cada vez hay más gente con vistosos gorros de purpurina y vestidos de lentejuelas.
No importa; estoy segura de que el gentío no le impedirá llegar.
Conoce el lugar y volverá en algún momento; si no es hoy, lo hará la semana próxima o la siguiente.
Y cuando lo haga, lo estaré esperando con la puerta abierta.
Él sí es mi forma perfecta de morir: proporcionará un final redondo a esta historia, al acabar de un plumazo conmigo y con el suspense.
ISAIAH
Le confirmo a Luis que cubro su guardia del día de Reyes, para que pueda ver a sus hijas abrir los regalos.
—¡Gracias! ¿No esquías este año?
—Fui una vez, y me lo preguntáis cada Navidad desde entonces.
—Es para que nos dejes en paz unos días —responde con una sonrisa sarcástica.
—Me temo que no vas a tener esa suerte —bromeo—. ¿Conseguiremos este año tomar las uvas a la hora peninsular?
—No —murmura, señalando el aviso en el terminal de la ambulancia—. Si no tuviera que cenar con mi encantadora familia política, esta guardia me la habría saltado. Es un maratón de avisos.
Desde el centro de coordinación nos informan de una agresión con un objeto punzante.
El presunto autor, hermano de la víctima, amenaza con matar a quien se acerque a la autocaravana.
La policía ha acordonado la zona. Me preparo mentalmente para la posibilidad de perder un valioso margen de tiempo mientras intentan reducir al atacante.
Nuestro conductor comunica que vamos en ruta y activa la sirena, justo cuando echo un vistazo a la oscuridad bien iluminada de la capital.
El tiempo avanza inexorable y empiezo a contar el de este aviso poniendo en marcha el cronómetro de mi reloj.
Son esos hábitos invariables de un trabajo que es de todo menos monótono.