En tiempo de juego 29 de diciembre
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29 de diciembre

ISAIAH

Marcos y yo hemos quedado hoy para nadar y charlar, más lo segundo que lo primero. Le pregunto por Sandra en cuanto tengo oportunidad.

—Me hiciste prometer que si me preguntabas por ella no te diría nada.

—Solo quiero saber si está bien.

—Perfectamente. Se va de viaje con unas amigas. Con vuestro pasado, es imposible que sigáis en contacto. Olvídate de ella, hazlo por su bien.

—Lo sé, lo sé —murmuro, arrepentido.

Soy incapaz de evitar pensar en ella de vez en cuando. Sandra, junto con Marcos, ha sido una de las pocas constantes en mi vida.

—¿Qué tal la Nochebuena? —pregunto, cambiando de tema.

—Se fastidió un poco porque Roca dijo en el último momento que no quería dejar a sus padres en un día tan señalado, y Lucía estuvo algo alicaída. Pero eso no fue lo peor.

—¿Apareció borracho? —Tenso la mandíbula.

—No. ¡Le ha pedido el divorcio a Lucía!

—¡¿Qué?! ¡Desde luego, no nos aburrimos!

—A ella le ha dicho que lo suyo no funcionaba desde hace tiempo. A mí me soltó una historia sobre una bucket list .

—¿Una lista de cosas que hacer antes de morir?

—Sí. Según él, la muerte de su hermano lo dejó viviendo a toda prisa y se apresuró a pasar por el altar porque era uno de los puntos de su lista.

Vamos, lo que todos pensamos cuando anunció la boda: que era pronto.

Lo que no me esperaba era la segunda parte.

Dice que va a dejar la empresa para conseguir un papel en un musical.

O está bajo los efectos de alguna seta alucinógena, o sufre una crisis existencial de campeonato.

Lucía está desconsolada y Carla, decepcionada.

—Pues es lo mejor que le podía pasar a Lucía. Santiago ha conducido drogado y ebrio al menos una vez y ha superado los límites de velocidad en muchas más. Y eso sin contar que muy posiblemente atropelló a alguien con su coche y lo mató, dándose después a la fuga.

Al instante me doy cuenta de que debería haberme mordido la lengua.

No tengo ni una sola prueba del atropello.

Es mi cabeza, a raíz de la información de Arturo y el mensaje de Alicia, la que ha fabricado la escena: Santiago, bebido y drogado al volante, abandona a su víctima tendida en la cuneta en lugar de prestarle ayuda.

Y desde entonces, Alicia lidia con la ansiedad de cargar con un secreto que él necesita silenciar.

Marcos me mira con el ceño fruncido.

—¿De dónde has sacado eso?

Antes de que pueda inventar algo que no comprometa a Arturo, ni a su colega, ni a mí, él añade:

—No contestes. Ya me imagino quién es tu fuente. Y dime: Arturito, el hacker , ¿tiene pruebas del atropello?

—No, pero de las infracciones, sí.

—Entonces, ¿cómo puedes acusarlo de algo tan grave y quedarte tan pancho?

—Porque todo encaja... —digo vacilante. Sé que él no opinará igual.

Marcos bufa.

—Mira, Isaiah, Roca se refugió en lo que no debía tras la muerte de su hermano, pero hace mucho que no consume; lo dejó cuando empezó con Alicia.

Esa relación fue un punto de inflexión para él, un revulsivo.

Le tienes una ojeriza que no entiendo. Es un buen chico.

Además, él y su familia son muy generosos y enseguida te echan una mano. A mí me ayudó mucho con el divorcio.

—Claro —respondo con sarcasmo—. Con una economía tan saneada como la suya, hasta los de la Cofradía del Puño Cerrado lo abren un poco para calmar la conciencia.

—La verdad, no te reconozco. Cada vez me preocupan más esas ideas que se te ocurren, fruto de tus obsesiones.

—Me observa unos segundos con fijeza, como si buscara alguna señal de que sigo dentro de ese hombre desquiciado que ha devorado a su amigo.

Luego añade—: A veces me pregunto si Alicia practica algún tipo de brujería, porque tanto tú como Santiago lleváis un tiempo comportándoos de forma extraña, como si ella os hubiera aflojado unos cuantos tornillos.

¿Recuerdas cuando me preguntaste por Alicia después de la boda de Roca? Te advertí que te alejaras de ella.

Le ofrezco una mano en señal de tregua, acompañándola de una sonrisa leve para disipar su preocupación.

Me esfuerzo en no replicar, aunque su comentario me parezca injusto con Alicia.

Prefiero evitar alargar la conversación y que terminemos la noche enfadados.

Además, desde el mensaje que recibí en Molina, mi único objetivo para el Año Nuevo es conseguir que Alicia acepte ayuda del centro ABN y que mejore poco a poco.

Para eso tendré que comprar algunos artilugios en la tienda del espía, o hacer algo más sensato: infiltrar a una persona de mi confianza en su entorno. No es investigar; es proteger, me digo.

Marcos se relaja un poco al interpretar nuestro apretón de manos como una señal de que me he comprometido a dejar el asunto de Santiago (espero que no haya asumido que el tema de Alicia también queda cerrado).

—Veo a Carla agotada. Está dedicando muchas horas a preparar el juicio de Alicia —comenta él mientras termina de vestirse.

—Ya solo quedan tres semanas. Tal vez debería hacerse una analítica por si tiene el hierro bajo. Me encargo.

—Se lo digo. Por cierto, ¿dónde pasarás la Nochevieja? La invitación sigue en pie. Vendrán algunos amigos a casa.

—Gracias, pero tengo guardia.

—¿No tuviste ayer?

—He aceptado bastantes —respondo, para no explicarle que he cogido todas las posibles.

Marcos hace un gesto de censura y comenta:

—La mayoría supera las rupturas saliendo de copas; tú, trabajando. Macho, siempre fuiste un poco especial. Será tu herencia norteamericana. Hasta donde sé, por esos lares casi no saben lo que es un día festivo.

Le sonrío, contento de recuperar la confianza entre nosotros, y aprovecho para plantearle algo:

—Murph necesita salir al baño, y nuestra vecina Olga, que me hace el favor durante las guardias, estará fuera. ¿Podría Isabel venir a mi casa el día dos de enero? ¿O la vais a necesitar?

Isabel lleva varios años trabajando en nuestro piso y ahora también en el de Carla y Marcos. Limpia con esmero y es muy amable. Lo único que me incomoda es no haber conseguido que deje de llamarme «señor».

—Le digo que vaya. Aunque, si quieres, puedo acercarme yo. Así veo a Murph.

—No te preocupes. De todas maneras, necesito un incentivo para adecentar el piso.

Ahora que ya no oigo tus quejas, me falta motivación para disciplinarme e Isabel lo consigue.

Me avergüenza que no pueda pasar ni el plumero cuando llega.

Mi hogar empieza a parecerse al de un hombre desordenado y solo.

—Es decir, al tuyo. —Me sonríe—. ¿No te dije que me ibas a echar de menos?

«Sí, y no es el único al que echo en falta».