26 de diciembre
ISAIAH
Sin apartar la vista de los fogones, mi tía me avisa de que el bizcocho aún está caliente y me insta a probar los bollos.
Al ver que no respondo, se da media vuelta y se acerca a mí.
Levanta mi barbilla rasposa con el dedo índice, inspeccionándome.
Llevo varios días sin afeitarme y más de un mes sin cortarme el pelo.
—¡Traes una cara de sueño! ¡Y esos pelos! Pareces tu padre cuando se dejó rastas para fastidiar a tus abuelos. Te voy a preparar un café y cómete los bollos.
He dormido poco porque pasé la noche dejando volar la imaginación.
Tanto, que cuando desperté, Santiago era el cabecilla de un cártel de la droga; su aplicación de citas ESlove una tapadera para lavar dinero del narcotráfico; y el apuñalamiento de Alicia una venganza orquestada por un capo rival que veía amenazado su imperio en el sur de Europa por el nuevo y sanguinario mafioso La Roca.
Mi tía me trae una taza de café negro humeante. No voy a decirle que ahora prefiero el té; sería capaz de salir corriendo a comprarlo.
—¡A ver cuándo traes una novia! —exclama, sentándose a mi lado con su taza—. Solo vino ese amigo tuyo con el que vives. Si es tu pareja, estamos encantados de que venga. No lo escondas en el armario. Nos hemos actualizado.
—Marcos es un amigo. Si fuera mi pareja, te lo habría dicho —le sonrío con la boca llena de uno de sus jugosos bollos.
Mi tía y yo mantenemos una buena relación, aunque algo distante.
Nos vemos dos veces al año y cada vez que entro en su casa le brota una obsesión casi cómica por encontrarme pareja desde mi ruptura con Sandra.
Es como un sarpullido: si no lo rasca, no se queda tranquila.
Una Semana Santa tuve que frenarla cuando empezó a organizarme citas con las jóvenes (y no tan jóvenes) de la zona.
—Tía, ¿has visto mi móvil?
—¿No andas un poco despistado últimamente? Llámate desde el mío.
Me ofrece su móvil de última generación. No es una ironía; disfruta mucho gestionando las redes sociales de su restaurante.
—Ya lo intenté desde el fijo, pero lo tengo sin sonido.
—Pues inicia sesión en la cuenta asociada a tu teléfono, selecciona «Encontrar dispositivo» y sonará, aunque esté en silencio. Toma.
Tiene razón; me parece que sigo en la inopia. El timbre suena en la butaca de madera blanca. Tras rebuscar entre el reposabrazos y el asiento, encuentro mi móvil con varias llamadas perdidas de Sergio. Lo llamo de inmediato desde mi habitación.
—¿Estás bien? Tenía el móvil perdido en un mueble de mi tía.
—¡Por fin! ¡Pensé que encima no me ibas a coger el teléfono! ¿Qué te ha contado Alicia?
—Nada.
—¿Nada? ¿No te dijo que nos vimos el veinticuatro?
—¿Os visteis?
—Quería preguntarme por Karin y luego hablamos del centro ABN.
Menos mal que me di cuenta a tiempo. —Inspira para tomar aire—.
¡No me jodas, tío! Si ibas a inventarte eso, al menos avísame.
No me habría importado decirle que era yo quien tomaba opiáceos para el dolor y acudió a ese centro para desengancharse.
—¡Perdón! Los acontecimientos se precipitaron.
«O me precipité yo». Además, Sergio sufrió un episodio de dolor agudo hace unos días y no quería cargarlo. Él resopla bastante molesto.
—¿La viste animada a ir? —le pregunto con un atisbo de esperanza.
—Solo me escuchó. ¿Pero estáis enfadados o qué?
Hago una pausa demasiado larga; suficiente para que adivine que algo ocurre.
—Isaiah, no estoy para tonterías. Dime.
—Es un lío.
—Pues deshazlo siendo sincero con ella.
No sé qué responder, así que al final se responde a sí mismo.
—¿La has… dejado?
—Me ha dejado ella —admito, intentando sonar indiferente.
—¡Por mentiroso, imagino! Buah, Alicia era maja. Dile a tu tía que me envíe una de sus tortillas y después te dé un par de tortazos de mi parte. Esto te pasa por mezclar trabajo y placer. ¿Cómo estás?
—Bien.
«Valorando si abrazar el sacerdocio como alternativa de vida».
—¡Y una mierda! ¿Me vas a explicar algo? ¿O al menos decirme si era más paciente que pareja? Más que nada, para saber cuánta de mi limitada energía debo gastar en consolarte.
Alicia me hizo una pregunta parecida mientras admirábamos, desde lo alto de una colina, la línea que los edificios de Madrid dibujaban contra el cielo.
Fue después de que yo afirmara que me parecía una persona interesante.
En ese momento, la frase nació del papel que interpretaba como médico y detective en prácticas. O eso creía.
Entro en la ducha con una decisión tomada y no la de ingresar en un monasterio como monje de clausura. Si ya he perdido a Alicia como pareja, al menos me queda el deber de ser un buen médico. Mi responsabilidad es ayudarla a mejorar, y estoy dispuesto a llegar (más) lejos para conseguirlo.
Bajo el agua, cierro los ojos para evocar el aroma que, de forma fulminante, me transporta a su recuerdo.
«Haz la prueba, recrea un olor en tu mente y las sensaciones vendrán solas», dijo en mi casa.
Y tenía razón. La siento conmigo: el borde oscuro de sus ojos que acentúa la profundidad de su mirada; su risa vibrando en el baño; su piel rozando la mía; mis labios sobre los suyos.
Entonces, justo cuando estoy a punto de abandonarme a esa fantasía, un sonido me avisa de un mensaje.
Salgo y me seco rápidamente por si es Sergio. Pero, increíblemente, es Alicia.
«Iré a ese centro en cuanto termine el juicio, con la condición de que dejes de indagar y no digas nada de lo que sabes. ¿Nunca te has planteado si me va a hacer daño? No me escribas».
¿Quién te va a hacer daño, Alicia? ¿Santiago? Aprieto los dientes y la esponja de baño con tanta fuerza que la espuma del jabón sale disparada, salpicando mi cara y los azulejos.