En tiempo de juego 25 de diciembre
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25 de diciembre

ISAIAH

Según el parte meteorológico, estas navidades no veremos nevar en Molina de Aragón; ni siquiera hiela de madrugada.

De hecho, aún no he tenido que usar el raspador del parabrisas.

Sin embargo, hoy, mientras subía a la fortaleza, tuve que detenerme para comprobar si había olvidado la camiseta térmica en casa de mi tía.

El frío se me ha metido tan dentro que no he conseguido desprenderme de él ni al calor de la chimenea.

Murph y yo llevamos un rato en el sofá, escuchando el crepitar del fuego.

Yo, con la mirada perdida en las llamas, él, observando fijamente la jaula del canario, su eterno rival en la lucha por los mimos de mi tía.

¿Cómo es posible que un escenario tan parecido al de aquella noche en la casa de la Sierra sea ahora tan distinto? Hasta mi perro es otro.

Si en el parque de Madrid Río, Alicia no hubiera perdido la visión periférica ni la audición, al centrar su atención en la amenaza (yo), habría visto a Murph aullando a sus pies, un ladrido largo y sostenido que transmitía angustia.

Y quizá también habría escuchado lo que le dije impulsivamente.

Segundos después, ella vociferaba que yo era incapaz de expresar sentimientos.

Solo pude darle la razón. ¿A quién se le habría ocurrido soltar, casi nada más verla, que había echado de menos su aroma?

Es más, puede que incluso dijera «olor».

Solo un cazurro diría algo así, o uno de esos machos atolondrados de los viejos dibujos animados, cuando todavía se pensaba que comentarios así resultaban graciosos.

«Isaiah, los perfumes son música para el sentido del olfato», me explicó hace un par de meses, tras cenar en mi piso.

Luego pasó a describirme su melodía favorita con ese entusiasmo que transmite cada vez que comparte un conocimiento.

Estoy seguro de que también logra emocionar a sus alumnos en el aula.

Primero se remangó para dejar al descubierto su muñeca y la acercó a mi nariz.

«Aquí acabo de aplicar mi perfume», me informó, invitándome a distinguir las notas de salida: pomelo y grosella roja.

«Son los aromas ligeros y volátiles que despiertan el olfato», aclaró.

No logré distinguir un aroma del otro, pero en esas notas de salida sí reconocí sus juegos de palabras, sus ironías y su risa chispeante.

Luego apartó su cabello y acercó su cuello a mi nariz.

«Aquí lo apliqué esta mañana, la orquídea y el cactus forman las notas corazón de mi fragancia, aromas complejos y ricos que definen la esencia del perfume y duran varias horas».

Me embriagué con sus notas corazón: las reflexiones, el ordeno y mando, los miedos, la compasión, la empatía y esa excitante y adictiva impaciencia en la cama.

Por último, estiró su jersey hacia mí y me invitó a olerlo.

«Lo rocié con mi perfume ayer», indicó, añadiendo que el ámbar y el cedro rojo japonés componían las notas de fondo, las más intensas y duraderas, diseñadas para perdurar días enteros.

Esas notas de fondo, sus claroscuros, impregnaron mis prendas, mis sábanas, a Murph y a mí.

Y bajé la guardia. De pronto me descubrí revelándole detalles personales, porque cada vez que la veía o hablaba con ella, sentía una intimidad inesperadamente cómoda.

Por eso le conté en el Jardín del Capricho que mi padre había fallecido y luego, en la Sierra, frente a la hipnótica hoguera, enemiga de cualquier intento por mantener la lengua quieta, compartí con ella la historia de su pérdida.

Sin lugar a duda, lo que echo de menos, maldita sea, son todos los matices de Alicia. Y es que ella me gustaba entera, con sus problemas de salud y sus misterios, y no a pesar de ellos.

Mi tía interrumpe mis pensamientos; se acerca con prisa, tapando el altavoz del teléfono inalámbrico con una mano.

—Mi amiga dice que leyó el prospecto de la crema que le recetaste para el eccema antes de la Misa del Gallo. No entiende por qué debe aplicársela después de cada defecación.

Me tiende el teléfono y, tras escucharla, le confirmo que me equivoqué: es para las hemorroides. Ayer intercambié las recetas de las amigas de mi tía. Llamo a la otra afectada a toda prisa para avisarle del error del matasanos.

*

Murph se acerca al gallinero del patio trasero, ladra con fuerza y, al instante, las gallinas huyen despavoridas.

Lo regaño y lo alejo de la valla antes de que provoque un desastre.

Si sigue ahí pegado, estas Navidades habrá escasez de huevos para las famosas tortillas españolas del restaurante de mi tía.

Mi perro me mira contrito, como si quisiera decir: «¿Y tú qué?

¿Acaso nunca te equivocas?». «Claro que sí» , respondo para mis adentros.

Sin ir más lejos, ayer mismo, por no concentrarme en lo que hacía.

Desde mi chapucera puesta en escena en el parque de Madrid Río ando en la inopia, dándole vueltas a cómo remendar el roto. El de Alicia y el mío.

La primera vez que intenté arreglar algo, tenía poco más de tres años, esa edad en que empiezan a formarse los primeros recuerdos.

Pasé un buen rato rellenando con espuma la pata desgarrada de un peluche, para luego pegarla al cuerpo con cinta adhesiva.

Mi objetivo era prolongar la vida útil del juguete con el que dormía mi primo cada noche.

Sobre todo, porque había sido yo movido por la curiosidad de saber qué había dentro, quien le había arrancado la pata en primer lugar.

Mi madre, al ver mi empeño en recomponer juguetes destrozados, solía repetirme que quería arreglar cosas que no tenían arreglo, que debía acostumbrarme a jugar con ellas así, o simplemente tirarlas. Yo, por supuesto, hacía oídos sordos.

Con el tiempo descubrí el mundo animal y por mis manos pasaron pájaros, gatos y perros malheridos.

Quería evitar que sufrieran. Con cada pequeño logro, mi ego crecía y necesitaba alimentarlo.

Llegué a pensar que era, si no la única, al menos la mejor persona capaz de mejorar y prolongar la vida de esos animales.

Salvar a otros seres humanos se presentó como un paso natural.

Me parecía injusto que alguien tuviera que marcharse antes de tiempo; al fin y al cabo, si todos habíamos llegado al mundo con el mismo billete, ¿por qué algunos tenían que abandonar el recorrido antes de haber vivido la experiencia completa?

La predisposición siempre estuvo ahí, sostenida por un claro espíritu de sacrificio hacia los demás, anteponiendo, en ocasiones, mi propio bienestar.

Marcos no olvida aquella vez en la que, al intentar socorrerlo tras una caída por un terraplén, acabé con un esguince de tobillo y una contusión en la cabeza.

En resumen, siempre tuve una voluntad indudable de servir a los que sufren.

Lo que nunca me planteé era si poseía las habilidades necesarias para ello.

O quizá, en algún momento, sí lo hice, y asumí que mi fuerte vocación supliría cualquier carencia.

¿Quién sabe? Tal vez confundí la llamada y esta era para el sacerdocio católico, una vocación que exige el mismo sacrificio desinteresado, con aptitudes menos específicas y nulas destrezas sexuales.

Aspecto este último en el que, por lo visto, no puntúo demasiado alto.

Suena mi móvil. Es Arturo, un fanático de los audios que rara vez llama directamente.

— ¡Brother! Feliz Navidad. Tengo algo que seguro te interesa.

—¿Sí? ¿Te dijo algo tu amiga del número de cuenta?

—¿Rachel? Nooo, lo nuestro acabó como la fiesta del Guatao , o sea, fatal. Y ni me respondió.

—Ah, creí que era solo una amiga.

—Eso mismo pensé yo, que era un tumbe , algo pasajero, pero ella no lo vio así.

Del número de cuenta aún no tengo nada; rastrear pagos y facturas me está llevando tiempo.

Mientras tanto, me puse en contacto con un antiguo colega que ahora trabaja en la base de datos de la Agencia de Licencias de Conductores del Reino Unido.

Me debía un favor y le pedí que revisara si el ex de tu amiga tenía infracciones.

Me dijiste que le gustaba la Fórmula 1 y que llegó a su boda en un Ferrari negro; y, al fin y al cabo, nadie se compra un deportivo potente para ir pisando huevos.

—¡Espero que eso no te meta en ningún lío!

—Tranquilo, sabemos cómo borrar nuestras huellas digitales.

—Ya te estás entusiasmando.

—Un poco —se ríe.

Aún conserva la risa aspirada que resonaba en la casa de mis abuelos norteamericanos antes de alguna de nuestras trastadas. Cuando su risa se extingue, continúa:

—Según el registro, Santiago Roca tiene nueve multas: siete por exceso de velocidad, una por conducir bajo los efectos de la cocaína y otra por hacerlo bajo los del alcohol. Esta última fue especialmente dura, porque sus antecedentes actuaron como agravante. Te paso las fechas si quieres.

—Buff, sí.

—¿Te sirve por ahora?

—Sí, mucho, gracias.

Me sirve para pasarme el resto de la tarde resoplando y tejiendo suposiciones. Por ejemplo, que Santiago, borracho y drogado al volante de un coche de gran cilindrada, acabara estrellándose contra algo o alguien en Londres.

—¿Quieres que mi colega busque en el registro el nombre de tu jeva ? —me ofrece Arturo.

—No.

—¿Seguro?

Lo único seguro ahora mismo es que Alicia ya no es amiga, ni amante, ni compañera, ni la mezcla de las tres; es decir, que ya no es mi jeva .

—Ok, que lo mire tu colega —contesto al fin, por confirmar que no tiene infracciones.

Por ahora, Arturo, su colega y yo seguiremos traspasando algunas líneas rojas.