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24 de diciembre

ALICIA

Amok proviene de la palabra malaya meng-âmok , que significa «atacar y matar con ira ciega».

Estoy convencida de que eso fue exactamente lo que pasó cuando ayer apedreé verbalmente a Isaiah, o cuando le solté al taxista toda clase de improperios por equivocarse de ruta.

También cuando grité a mis padres que se fueran al pueblo sin mí porque me estaban agobiando.

Después del frenesí asesino comprendí que, en realidad, lo que deseaba era autodestruirme, alejando de mí cualquier posibilidad de volver a respirar con normalidad.

Y es que, desde que rompí con Isaiah, solo hubo un momento en que sentí que la opresión en el pecho cedía un poco: cuando lo volví a ver ayer.

Ahora tengo seleccionado el número de su amigo Sergio. Si lo llamo hoy, todavía puedo medir mi nivel de maldad, antes de que Isaiah le informe de que sufro algún síndrome psicótico (aunque sea en sentido figurado).

—¿Sergio? Soy Alicia. Perdona que te moleste.

—¡Hola! ¿Me oyes? Voy en el coche. ¿Me llamas por lo del cuatro de enero? Le propuse a Isaiah cenar los tres, pero no me ha respondido. ¿Podéis?

En plural. Eso significa que Isaiah aún no le ha contado nada. Bien.

—Se lo recordaré. En realidad, te llamaba…

—Me ha extrañado mucho que no contestara. ¿Está bien? —me interrumpe, preocupado.

«No lo sé. Y si lo estaba, ya me encargué yo de estropearlo». Aunque, si solo soy un proyecto solidario, como dijo Sandra, tal vez mis palabras no le dolieran. Quizá solo haya visto en mí el desvarío de una paciente.

—Sí, está bien. Quería preguntarte…

—Te oigo regular, me falla la cobertura. ¿Estás en casa de tus padres?

—Yo te oigo.

—¿Cómo?

—Estoy en casa de mis padres —contesto, subiendo la voz.

—Puedo pasar por ahí en… quince minutos. ¡Envíame la dirección exacta por chat!

Titubeo. Preferiría no hablar con él cara a cara. No es que vaya a aparecer con un polígrafo, pero no soy buena mintiendo. ¿A quién quiero engañar? Miento más que hablo, y se me debe de dar bien, porque mi vida es un embuste y nadie se ha dado cuenta.

Cuando llama al timbre, le abro, maquillada para disimular las ojeras.

—Cuéntame, ¿qué pasa? —dice con un tono que invita a sincerarse.

—¿Qué le ocurrió a Karin?

—¿Quién te ha hablado de ella? ¿Marcos? —pregunta, sorprendido.

—Escuché algo en la fiesta de cumpleaños.

Me explica que Karin salió con Isaiah durante unos meses y que falleció tras una cirugía en su país de origen.

Estaba enferma y un médico le prometió que saldría del quirófano sin dolor.

Al parecer, Isaiah se opuso; sabía que no existen soluciones milagrosas y que operarla después de otra intervención era arriesgado. Pero ella pensó que no podía ir a peor.

Ayer aprobé con matrícula de honor la asignatura de crueldad.

—El dolor te hace aferrarte a cualquier promesa —aclara—. Te lo digo por experiencia.

Se toma un momento antes de seguir:

—Después de aquello, Isaiah dejó el SAMUR. Fue una suerte para mí, pues nos conocimos en una empresa de suministros médicos: yo era técnico de compras y él, un hombre frustrado que cuadraba inventarios detrás de un ordenador.

—Y lo ayudaste.

—Él me ayudó a mí. Estudió mi caso hasta dar con un diagnóstico más preciso y luego nos embarcamos en la creación de una comunidad virtual para enfermos crónicos, un tema que a ambos nos toca de cerca.

Nunca le he preguntado qué enfermedad padece. Se adelanta:

—Tengo una enfermedad autoinmune. He aprendido a convivir con ella y a que no me afecte tanto psicológicamente. Eso sí, no prometo buen humor en los días malos; el dolor me vuelve irritable y me deja poco margen para sutilezas.

Se calla y toma aire. Entonces caigo en que no le he ofrecido nada al entrar, ni siquiera un asiento. Continúa:

—Isaiah supervisa mi tratamiento. Es un buen amigo y médico; intenta combinar empatía y rigor, aunque a veces le pase factura.

—Sí. —Aprieto los labios—. Me confesó que tuvo que acudir a un centro para dejar unas pastillas.

Sergio tarda unos segundos en reaccionar y al final pregunta:

—¿El centro ABN?

—¿Lo conoces?

—Ajá. ¿Pedimos unas pizzas y seguimos hablando mientras llegan?