23 de diciembre
ALICIA
No hemos parado en todo el día porque uno de los puntos inamovibles en la lista de tradiciones navideñas de la familia Rivas-Márquez es dejar la casa reluciente antes de irnos al pueblo por Nochebuena. Como si nos fuéramos un mes a Tailandia y no diez días a un rincón de la provincia de Toledo.
—¿Qué pasa? —respondo de mala gana cuando mi padre entreabre la puerta de mi habitación.
—¿Tienes todo listo?
—Sí, la maleta está hecha y la habitación limpia.
—Solo lo que ve la suegra, que nos conocemos. —Me guiña el ojo sonriendo.
—No tienes suegra —esquivo su comentario irónico con voz áspera y añado—: Salgo un momento a la droguería.
El pretexto es bastante acertado. Hace más de un año que quedo con ese chico, Elías, y ni siquiera sé su nombre real.
Después de haber pagado facturas estratosféricas a psiquiatras privados, este sistema fraudulento no me evita el desangre económico, pero sí las largas explicaciones ante los médicos, que solo me añadían estrés.
*
Me siento en el banco del parque y saco mi billetera.
—No tengo esas pastillas —me informa de golpe Elías, sin ceremonias ni anestesia.
—¿Por qué no me avisaste por mensaje? ¡Ayer me aseguraste que no habría problema! —exclamo, invadida por el desánimo.
Él se encoge de hombros con indiferencia.
—Te escribo si las consigo.
—Las necesito antes de que terminen las vacaciones de Navidad. Dame el contacto de otro que me las pueda vender, por favor… —le imploro.
—No conozco a nadie, ya sabes que voy a mi bola. Inténtalo con una receta falsa.
Así fue como lo conocí en noviembre del año pasado, en una farmacia.
Él intentaba hacer pasar por válida una receta falsa.
Yo iba con la mía, perfectamente legítima, cargando con mi habitual losa en el pecho desde el siniestro y el temor añadido a quedarme sin comprimidos en unas semanas.
A la salida de la farmacia, me atreví a preguntarle si también le pasaba lo mismo.
Me respondió que no, pero que conocía a muchos chavales que no podían dejarlas: si no las tomaban, ni se les levantaba.
Azorada, me disculpé de inmediato, pensando que me había equivocado y que lo suyo era un medicamento contra la impotencia, no un ansiolítico para la sensación de ahogo.
Con una sonrisa torcida, porque estaba mucho más puesto que yo, me corrigió: hablábamos de la misma medicación.
A partir de entonces, empezó a suministrármela y al menos la ansiedad por quedarme sin pastillas disminuyó.
Me marcho del banco rumiando la idea de conseguir el nuevo medicamento como sea antes de que terminen las Navidades.
Necesito algo más efectivo que las bebidas energéticas, que estas semanas se han convertido en mi particular versión de un café con leche.
Quiero despejar mi mente, sentir que las ideas fluyen de nuevo sin tener que escarbar en mi cabeza para encontrarlas.
Recuperar la materia gris, deshacerme de la turbidez mental.
Tal vez así pueda organizar mis pensamientos, empezar a tomar decisiones correctas y conservar mi puesto de trabajo.
Doy un respingo: algo húmedo acaba de rozarme la mano. Es el hocico de un perro.
—¿Murph?
Él responde retorciendo su cuerpo, moviendo el rabo y lanzando ladridos. Miro a mi alrededor, en alerta. Murph aquí solo puede significar una cosa: Isaiah.
Él llega corriendo en chándal, se agacha, apoya las manos en las rodillas y respira algo sofocado. Luego levanta la cabeza y me mira, mientras unas gotas de sudor resbalan por su frente.
—¡Se me ha escapado! Ha debido olerte. —Mira a su alrededor—. ¿Qué haces por aquí?
Eso mismo me pregunto yo de él. ¿Por qué me habla como si no hubiera bloqueado su número en mi móvil? Quiero poner pies en polvorosa, pero ellos no opinan lo mismo.
—Estaba corriendo con un amigo; normalmente no vengo por aquí —me explica, mirando al suelo mientras restriega una de sus deportivas contra la gravilla—. Bueno, antes venía mucho. Pasé por una mala época después de la pandemia, y este era un punto de venta de estupefacientes.
¿Me ha estado siguiendo? Recupero el control de mis extremidades y sin mirarlo le doy la espalda para irme. Noto su mano en mi hombro, deteniéndome con suavidad.
—Alicia, busca el centro ABN en internet.
A mí me ayudaron mucho. Me enseñaron que ya no podía cambiar lo sucedido, pero que todavía era libre de elegir qué hacer con ello.
Me gustaría ayudarte, aunque no estemos juntos.
Sé lo que supone depender de pastillas. Puedes contar conmigo para lo que necesites.
Él, afortunadamente, no ve mi cara. Si lo hiciera, mis ojos me traicionarían saliéndose de las órbitas con las pupilas completamente dilatadas.
En mi mente se dibujan, en letras mayúsculas y en rojo sangrante, dos palabras: LO SABE.
Sabe que tomo ansiolíticos. Ha estado investigando.
Se interesó por la culpabilidad del imputado y por las pruebas que lo señalaban.
Me organizó una visita a mi propio piso y quiso profundizar en el origen de la frase «dijo infinito», que pronuncié mientras me atendía.
Y ahora me ha seguido hasta aquí. Es incombustible y seguirá tirando del hilo, porque cuando intuye que hay algo oculto, se obsesiona con descubrirlo.
Fight or flight : plantar cara o salir corriendo.
Así bautizaron en inglés la intensa reacción fisiológica que experimentamos ante una amenaza.
¿Qué voy a elegir yo? Aprieto los puños, clavándome las uñas en las palmas.
Noto cómo una oleada de sangre caliente sube a mi cerebro.
Mi pensamiento racional acaba de ser desconectado, reemplazado por la parte más primitiva de mi mente, aquella que se encarga de la autoprotección.
Esa área de mi cerebro ha tomado la decisión por mí sin consultarme: voy a plantarle cara.
Me giro bruscamente. Su rostro es lo único que veo.
Su expresión, tranquila. Creo que dice algo, pero no lo escucho.
La rabia porque me obligue a gritarle empieza a consumirlo todo.
Necesito que me odie, que deje de investigarme, que se olvide de mí.
—¡Nuestra aséptica relación médico-paciente ha terminado!
—exploto, con un volumen que retumba en todo el parque y debe de haber provocado pequeñas ondas en la superficie del río Manzanares—.
Te dedicaste a reír mis bromas y a intentar solucionarme la vida.
¡Ni una muestra de afecto, ni un halago!
¿No dicen que esa es la mejor medicina? ¡Pues se te olvidó, porque, entre otras cosas, eres un médico de mierda!
¡Y peor amante! ¡Que hasta tuve que hacer un cursillo acelerado de interpretación para fingir los orgasmos!
¿No la cagaste ya bastante con Karin? ¿Ahora es mi turno?
—escupo las últimas palabras como si me quemaran la lengua.
Sus pupilas se clavan en las mías con tal intensidad que, por un momento, estoy convencida de que por fin voy a verlo perder la calma.
—Lo siento —dice despacio, casi un susurro, sin furia, mientras el anillo azul de sus ojos se evapora por las lenguas de fuego que salen de mi boca.
De repente me siento muy pequeña y, sin saber qué hacer, termino con otro grito:
—¡Feliz noche-mierda!
No sé si este ridículo remate ha desmoronado por completo la fuerza de mi exabrupto, pero no me quedo a comprobarlo.
Salgo corriendo, tan desorientada que termino tomando la dirección contraria a la habitual.
El despiste me obliga a dar un rodeo antes de alcanzar la avenida.
Agotada, deambulo hasta toparme con una parada de taxis. Me subo al primero de la fila.
—¿A dónde vamos, señorita? —pregunta el taxista con amabilidad.
«Al purgatorio. No, espere, mejor directamente al infierno». No tengo idea de cuál es el mejor camino, pero si existe un atajo, estoy segura de que ya llevo recorrido un buen trecho.