22 de diciembre
ISAIAH
Me pregunto en qué momento perdí la sensatez para acabar agazapado, ocultando la cabeza bajo la capucha de un abrigo azul oscuro, detrás de un contenedor de obra, esperando a que Alicia salga del trabajo. ¿Fueron las veces que la vi sufrir? ¿O aquellas en las que me hizo reír?
Hoy es el último día de clase antes de las vacaciones de Navidad y también mi última oportunidad de hablar con ella antes de que se recluya en su pueblo; y yo, en el de mi tía, donde suelo pasar la Nochebuena.
Cuando la nieve no lo impide, mi estancia de varios días en la localidad más fría de España, Molina de Aragón, es una experiencia místico-gastronómica que acaba pareciendo el engorde del cerdo (yo) en vísperas de la matanza (la cena de Navidad).
Mi tía cocina como los ángeles y alimenta a toda la región desde su restaurante, alabado con críticas de cinco estrellas en internet.
Mientras ella prepara festines, sus amigos y conocidos convierten nuestros encuentros en un improvisado consultorio médico.
Por fin veo salir a Alicia por la puerta del colegio.
Se sienta en un banco y revisa su móvil.
Debe de estar esperando a su padre. Solo que, o su padre ha obtenido recientemente la licencia para operar como VTC (Vehículo de Transporte con Conductor), o Alicia tiene un plan de viernes menos casero de lo habitual.
Ahora es cuando, si esto fuera una de mis series favoritas, yo le pediría a otro VTC que siga al coche blanco con el logo de Qvoy en el que ella acaba de subirse, iniciando así una veloz persecución por las calles de la capital.
En la vida real, sin embargo, lo más amable que espero del conductor es una rotunda negativa.
Corro a mi coche, aparcado unos metros más abajo, y arranco justo cuando el VTC pasa frente a mí.
El vehículo toma la carretera de circunvalación y, tras unos kilómetros, se desvía hacia una salida.
Poco después, se detiene frente a un restaurante.
Aparco en el único sitio libre y la sigo a pie a una distancia prudencial.
Se encamina hacia el paseo de Madrid Río, que discurre junto al río Manzanares.
Es de noche, hace frío y apenas me cruzo con algunos corredores.
Se sienta en un banco de cemento con forma de semicírculo, junto a un chico al que parece conocer.
Sin gafas de visión nocturna no veo bien; claramente debería diversificar mi tiempo libre abonándome a otro pasatiempo que no sea ver series policíacas en streaming .
El chico le entrega algo. Ella se levanta y regresa por el mismo camino por el que llegó cinco minutos antes.
El impulso por averiguar qué le ha dado supera cualquier atisbo de cautela y hago lo más ilógico: me siento a su lado.
Es un chaval escuálido, casi imberbe, al que saco tres o cuatro palmos de altura y que aparenta no haber cumplido la mayoría de edad.
En sus manos tiene un billete que guarda rápidamente en la mochila.
Antes de que pueda reaccionar, le hago una foto con el flash del móvil y aprovecho su desconcierto para inmovilizarlo, agarrándole los brazos con una temeridad que solo puedo explicar por la falsa seguridad que me otorga mi notoria corpulencia frente a él.
—Pavo, ¿de qué vas? —pregunta con un marcado acento castizo, con más asombro que agresividad.
—¿Qué le has vendido a la chica? Si no me lo dices, te denuncio por tráfico de drogas; un amigo mío es subinspector de Policía —lo amenazo de una forma que, incluso a mí, con nula experiencia en coacciones, me resulta terriblemente ridícula.
—No sé de qué va este rollo, suéltame, macho, que me estás dejando los brazos morados.
—No. Dime primero qué le has dado. Luego borraré tu foto hasta de la papelera de mi móvil.
—Un medicamento. Está comprado con receta; todo legal, tío.
No parezco intimidarle. Tiene una actitud tan pasota frente a mi rudeza que solo le falta hacer la «V» con los dedos y pedir la paz mundial. Rebajo el tono y le pregunto qué fármaco es y desde cuándo se lo da. Me pide que lo suelte para enseñármelo en el móvil.
—No vas a salir corriendo, ¿verdad? Te alcanzaría.
Suelta una risa floja y me enseña la pantalla.
—¿Te interesa?
Me interesa, y mucho. La receta es de alprazolam y tristemente confirma que Alicia ha desarrollado una dependencia a este fármaco, llegando a recurrir incluso a cauces ilegales para conseguirlo. El chico parece meditar cuando le insisto en que me diga desde cuándo se lo da.
—Creo que desde el invierno pasado.
—¿Solo ese?
—Sí… bueno.
—¿Bueno qué?
—Hoy me ha pedido otro.
—¿Cuál?
Me enseña otra foto.
—¿Se lo has dado?
—No.
—¿Pero has quedado en dárselo?
—Sí.
Está claro que la información me la irá soltando a cuentagotas.
—¿Cuándo?
—Mañana.
—¿A qué hora?
—A las seis.
—¿Cuánto le vas a cobrar por él?
—Dos euros la pastilla.
—Te doy ahora cuarenta euros como pago por ese medicamento y mañana ciento cincuenta si cumples las siguientes condiciones.
—Tío, ¿me estás sobornando?
No lo confirmo. Solo le digo que la primera condición es que no le hable a ella de mí.
La segunda es que queden como han planeado y le diga que, por ahora, no consigue el medicamento que le ha pedido hoy.
La tercera, que siga suministrándole alprazolam si se lo pide, siempre de farmacia.
Debo asegurarme de que no suspenda ese ansiolítico de golpe, pues el síndrome de abstinencia es peligroso.
—¿Para qué voy a quedar con ella mañana si no le voy a dar nada?
—Porque quiero verla después aquí. Mañana te doy el dinero en este mismo sitio, a las siete.
—¿Y entonces cuándo le puedo pasar las pastillas que me ha pedido hoy?
Iba a responder que nunca, pero sé que, si no se lo vende él, recurrirá a otro.
Tengo que ganar tiempo. Le pido que retrase la venta hasta dentro de tres meses y le prometo otros ciento cincuenta euros al final de ese plazo si no se lo ha vendido.
Si no cumple, no habrá dinero y buscaré la forma de denunciarlo.
Termino recordándole que mi amigo es un policía antidrogas.
—Mañana dame doscientos cincuenta y trato, pero borra mi foto —contesta, tranquilo.
Por mi experiencia en los mercadillos africanos sé que regatear no es lo mío, así que no lo discuto.
—Ok, dame tu número de teléfono.
—Trescientos cincuenta.
—No te pases, macho. Trescientos y no más.
—Tú estás muy de la olla, tío. Háztelo mirar —opina, mientras me da su número y yo borro su foto.
«Muy de la olla». Esa frase en boca de un camello de barrio, probablemente dependiente, que trafica con sustancias de venta legal e ilegal, me ha afectado un poco. ¿Me he vuelto loco tratando de evitar el mismo final que Karin? Siento una punzada en el pecho al recordarla.
Las perspectivas no son nada halagüeñas.
El principio activo de la nueva medicación que Alicia le ha pedido hoy a este chico es el metilfenidato: un psicoestimulante habitual en el tratamiento del trastorno de déficit de atención, que también se usa con fines recreativos, debido a sus efectos parecidos a los de la cocaína.
Genera una potente adicción y síndrome de abstinencia grave si no se retira gradualmente.
Parece un intento de Alicia por contrarrestar los efectos del alprazolam y mejorar su concentración diurna.
Que recurra ahora a este otro fármaco es demasiado peligroso como para quedarse de brazos cruzados.
El problema es que ella no es una menor de edad a la que se pueda internar en un centro en contra de su voluntad.
Tiene que querer deshabituarse, y eso pasa por comprender qué la ha llevado a esta situación de dependencia.
Espero que este chico cumpla mis condiciones porque, repasando las palabras de mi inexperta y delirante actuación, dudo que una foto de su cara sirva como prueba para la policía. Afortunadamente, él tampoco advirtió lo absurda que fue mi intimidación.
Debajo del limpiaparabrisas de mi coche, encuentro “una receta” de doscientos euros; lo he estacionado delante de la señal de prohibido estacionar más grande de la calle. Al ritmo de hoy, voy a tener que aceptar más guardias.
En casa llamo a Arturo. Su voz sorprendida me recibe al otro lado de la línea.
—¡Hermano! ¿Qué vuelta? ¡Qué me llamas! Allí debe de ser tarde.
—¿Estás fuera de la oficina?
—No, pero podemos hablar. Tengo tiempo. Nos acaba de fallar el nuevo prototipo y nos llevará meses rediseñarlo.
—Lo siento —le doy el pésame; sé que para él ese trasto es como de la familia.
—Gracias. Ya lo despedimos esta mañana; a él y a seis colegas de la empresa.
—Pues, honestamente, tus colegas han pasado a mejor vida. Te llamo porque tengo los datos de una cuenta bancaria y por las letras iniciales es del Reino Unido. ¿Se puede investigar, de forma legal, a quién pertenece? Recuerdo que tenías una amiga que trabajaba en un banco en Londres.
—¿Para qué lo necesitas?
Le cuento la historia recalcando que sospecho que el exnovio de mi amiga, director de la aplicación de citas ESlove, la misma que ya investigó y a través de la cual ella conoció al hombre que la apuñaló, podría ser el causante de un accidente mortal en el Reino Unido.
— ¡Ño! Estás embollao .
—Necesito traducción, Arturo.
— No shit! You’re in love.
—¿Enamorado? No, hombre, solo quiero ayudarla.
Paso más de una hora canalizando toda mi energía en preparar mi estrategia de mañana.
De pronto, un ladrido me sobresalta. Hace rato que pasó la hora de la cena de Murph y yo me he dormido encima del escritorio.
Esa es una de las ventajas de tener un perro, imposible abrazar la anarquía a su lado.
Te obliga a salvaguardar las rutinas. Relleno su cuenco con pienso, que devora en un santiamén.
Luego me agacho para colocarle el collar y la correa.
—Vamos a dar una vuelta; necesitamos despejarnos un poco.
Me mira con evidente descontento. Intuyo que quiere decir: «Habla por ti, son las doce de la noche y yo ya no estoy para fiestas nocturnas». Le rasco el cuello y trato de convencerlo.
—¿Sabes? Mañana voy a necesitar tu ayuda para hablar con Alicia. Te cuento tu tarea durante el paseo.
Al oír el nombre mueve la cola y lanza un ladrido agudo de alegría.