En tiempo de juego 21 de diciembre
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21 de diciembre

ALICIA

En la reunión del profesorado me ha costado enterarme de los puntos tratados; es difícil mantener la atención cuando habla exclusivamente una persona, la directora, con una voz tan monótona que resulta casi narcótica.

Al salir de la sala, el aroma a sándalo de su opulento perfume me alcanza antes de que ella lo haga.

—Alicia, he visto en tu agenda que tienes una hora no lectiva. Por favor, acompáñame a mi despacho.

Traspasamos juntas el umbral de un monumento al pasado.

Su despacho es una reliquia, igual que ella: una mujer que ha aplazado voluntariamente su jubilación y que, con sesenta y siete años, dirige este centro de educación concertada con mano de hierro.

Sus opiniones se convierten en verdades absolutas porque nadie osa discutirlas.

Hace poco me enteré de que algunos la llaman Margaret, por Margaret Thatcher, aunque su verdadero nombre sea Dolores.

Retortijones es lo que siento ahora, sentada frente a ella.

—Voy a ir al grano; a mi edad no me gusta dar rodeos.

Hemos recibido quejas de varios padres, sus hijos les dicen que llegas tarde a clase, repites temario, te saltas páginas del libro y, sobre todo, que incluyes en los exámenes contenidos que no has explicado.

En resumen, tus clases están siendo caóticas.

Aseguran haberte trasladado las quejas, pero al parecer las olvidas.

Por eso te he citado. Si no puedes cumplir con tus obligaciones, debes plantearte solicitar la baja para que podamos contratar un sustituto mientras resuelves tus problemas personales.

Más que ir al grano, ha ido a meter el dedo en la llaga. Como un animal acorralado, dominado por el miedo, me revuelvo contra ella.

—Es que antes de las vacaciones no quise explicar uno de los temas más arduos, el que correspondería según el currículo educativo.

—No estamos discutiendo el currículo, sino tu desempeño.

Por favor, que no siga escarbando. Después de Londres quise dedicarme a la enseñanza para intentar construir un mundo más amable. No puedo dejar las clases; son lo único que me hace sentir que mi vida tiene un propósito. Vuelvo a lanzar una dentellada.

—Los chicos a veces exageran; a esta edad tienden a la tragedia.

—El profesorado también lo ha notado.

—Es que no creo que…

Dolores me ataja con un gesto de la mano. Acabo de agotar su paciencia. De todos modos, no tenía sentido decirle que en mi caso una baja laboral no va a resolver nada.

—Los alumnos también han comentado que en clase tan pronto ríes como lloras, y a estas edades no perdonan.

Ahora entiendo por qué escuché «¡Viene Alibajos!» cuando entré en el aula. Dolores prosigue sin darme respiro:

—Los padres están descontentos y son ellos quienes pagan las cuotas mensuales que sostienen tu salario.

Salgo del mausoleo más muerta que viva. No sé qué me duele más, si la posibilidad de que no me renueven el contrato o comprobar lo desordenadas e incoherentes que han sido mis clases. Pobres alumnos.