En tiempo de juego 19 de diciembre
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19 de diciembre

ISAIAH

Maldita sea. Marcos parece una versión mejorada del personaje humorístico de la vieja del visillo.

Le ha contado todo a Carla, y ella me ha llamado a través del móvil de Marcos para rogarme que no contacte más con Alicia, algo que, según ha remarcado, es lo mejor de cara al juicio.

En cualquier caso, aunque quisiera, no podría hacerlo, al menos por teléfono.

Alicia me bloqueó tras enviarme un mensaje seco y definitivo: «Es lo mejor para ti también».

Cuesta entender cómo algo puede ser lo mejor para mí, habiéndome dejado en este estado.

Introduzco la llave en la cerradura de su piso en Hortaleza.

Es la misma que tomé “prestada” del llavero de sus padres.

Un préstamo que, admito, se ha alargado más de lo previsto.

Dejo mis deportivas, con las suelas enfrentadas, dentro de casa y fuera de la vista de los vecinos.

Sé que no le gusta que se pise el suelo con zapatos.

El lugar está exactamente igual que el día en que la traje a ciegas. Pero hoy, además de intruso, me siento un traidor mientras lo recorro, buscando respuestas.

El objetivo inicial pierde forma a medida que avanzo entre los fragmentos que narran su historia.

Observo las fotos y los pequeños frascos de perfumes, descubro su tesis encuadernada y me despisto ojeándola.

En el armario del salón encuentro una caja repleta de tarjetas de felicitación.

Una de ellas lleva impresa la bandera de Inglaterra.

Está firmada por Santiago, Carla, Lucía y varios nombres extranjeros, con fecha del 8 de mayo de 2022: el cumpleaños de Alicia.

Hago una foto para ir documentándolo todo.

Al fin y al cabo, eso es lo que hacen los buenos detectives, ¿no?

En otra caja guarda los omikuji , esos papelitos de la fortuna que se obtienen en los templos japoneses.

Los conozco porque me enseñó una foto durante la cena que preparé en mi casa.

Algunos están traducidos al inglés; todos auguran buena suerte.

Recuerdo cómo me contó, riendo, que no sabía que los dai-kyō , los que anuncian una maldición, no debían llevarse a casa.

Lo descubrió cuando su compañera de habitación japonesa casi se desmaya al verlos sobre su mesita de noche.

Al día siguiente, la llevó a recorrer los santuarios y a atar esas tiras de papel a las cuerdas dispuestas para ello, como si fueran flores blancas que penden de las ramas de los árboles.

En el mueble del televisor encuentro una carpeta etiquetada como documentos importantes, en la que no espero hallar nada relevante; sería demasiado sencillo.

Los documentos que busco deben de estar en algún lugar que no descubriré hasta estar a punto de tirar la toalla.

Aun así, por seguir siendo meticuloso, la abro.

Hay un contrato de trabajo para ejercer como profesora y la factura de la venta de su coche, que efectivamente vendió a un concesionario poco después de regresar de Londres.

En el fondo del cajón, debajo de un archivador, asoma la esquina de un sobre blanco.

Si esto fuera una de mis series favoritas, ahí dentro estaría la pista que busco (siempre y cuando supiera qué estoy buscando).

Del sobre saco varios papeles: informes de psiquiatras privados.

La primera consulta data de julio de 2022, poco después de su regreso de Londres; las siguientes, uno, tres y cuatro meses más tarde.

El diagnóstico es idéntico en todas: ansiedad e insomnio.

El tratamiento: benzodiacepinas, en concreto alprazolam, un ansiolítico que también puede emplearse de forma puntual para tratar el insomnio, normalmente durante períodos de cuatro a seis semanas.

Resoplo, frotándome la cara con las manos.

El dueño del pub irlandés donde Alicia se citó con aquel tipo se defendió asegurando que el zumo que ella bebió aquella noche no estaba adulterado.

Sin embargo, los análisis toxicológicos realizados en el hospital tras la agresión debieron de detectar alguna sustancia en su sangre.

Por eso la policía asumió de inmediato que había sido víctima de una sumisión química.

Pero si ya tomaba alprazolam en esa fecha, ¿por qué no lo aclaró?

¿O la drogaron y al alprazolam que consumía se le sumó el hipnótico que supuestamente aquel tipo echó en su bebida?

Una mezcla así bien podría explicar su amnesia total sobre el episodio.

El dolor que late en mis sienes me hace imaginar las piezas del clásico videojuego Tetris , cayendo sin parar.

Las manipulo tratando de encajarlas: la roja es Santiago; la amarilla el apuñalamiento de Alicia; la azul un accidente de tráfico en Londres; la verde las benzodiacepinas.

Según la navaja de Ockham, la explicación más sencilla suele ser la correcta.

Si organizo las piezas bajo esa premisa, la secuencia sería la siguiente: Alicia sufre en algún momento un accidente de tráfico en Londres que le provoca un fuerte impacto emocional.

Como consecuencia, abandona su trabajo y a Santiago, y se recluye en su piso de Madrid sin explicar los motivos de su regreso.

Sin embargo, el cambio de aires no basta para frenar su ansiedad.

Comienza a medicarse con alprazolam poco después.

Como todas las benzodiacepinas, actúa de inmediato y controla bien el trastorno.

Por eso le pide al psiquiatra una nueva receta.

Sale de la consulta con ella, pero también con la recomendación de reducir la dosis gradualmente y explorar otras opciones terapéuticas.

Quizás entonces intenta dejarlo, pero la dificultad de suspender este tipo de medicamentos, sumada a la sensación de no poder funcionar sin ellos, la lleva a buscar otro especialista que se los recete.

Sabe que le pondrán trabas para seguir obteniéndolos más allá de las seis semanas, así que, cuando se le agotan, acude a un nuevo psiquiatra y luego a otro.

Sin darse cuenta, ha pasado a depender de unas pastillas que, a largo plazo, no abordan la raíz del problema y, en cambio, generan tolerancia, adicción y unos efectos adversos nada despreciables.

Sus actuales problemas de sueño, memoria y aletargamiento coinciden con los síntomas descritos para el consumo prolongado de benzodiacepinas.

Esa sospecha conduce a una pregunta inevitable: ¿quién le prescribe ahora el alprazolam?

Y a una segunda, más especulativa: ¿podría el apuñalamiento que sufrió en enero estar relacionado con el accidente de Londres y formar parte de la misma secuencia?

Y a una tercera, ya delirante: ¿o acaso todo fue cuestión de mala suerte por llevarse a casa un puñado de dai-kyō , aquellos presagios japoneses del infortunio?