En tiempo de juego 18 de diciembre
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18 de diciembre

ISAIAH

A las cinco de la tarde, entro en el edificio de los padres de Alicia con determinación. El portero me recibe sacando el cubo de basura y me informa de que la señorita Rivas ha salido al gimnasio, o eso dedujo por la bolsa de deporte. Corrijo mentalmente: al gimnasio no, a la piscina. Le escribo:

«¿Estás en la piscina? ¿Nos vemos después?».

No obtengo respuesta, así que decido probar suerte haciendo el recorrido inverso hasta mi casa.

El tráfico de la hora punta convierte lo que debería ser un trayecto de veinte minutos en una odisea.

Un furgón blindado bloquea mi carril durante dos minutos, coches en doble fila me detienen otros cinco y una colisión provoca una retención que, según el navegador, me retrasa ocho minutos; nueve según mi reloj.

Al llegar al garaje, otro contratiempo: el automóvil que a todo hijo de vecino le gustaría tener, invade mi plaza.

Maniobro jurando en algunas de las lenguas bíblicas y acabo saliendo por el asiento del copiloto, en una contorsión digna de un circo, como bromearía ella.

A este paso, cuando llegue al polideportivo, Alicia se habrá ido.

Salgo deprisa del subterráneo. En cuanto recupero cobertura, entra un mensaje. La pantalla está negra. Bajo el sol no acierto a desbloquear el aparato con el brillo al mínimo. Cruzo la calle y entro en una tienda para protegerme de la claridad. Es de Alicia.

«Time».

Una palabra corta en inglés, cuatro letras, pero cada una me atraviesa el pecho como un disparo.

Es la canción que ella mencionó en aquel local de música, la que le gustaba como banda sonora para su funeral.

Un escalofrío me recorre la columna vertebral.

Salgo corriendo hacia el polideportivo en una carrera contra el tiempo, tiempo que ella parece haber dado por terminado.

El lugar está desierto, la garita del encargado vacía y el pasillo, normalmente bullicioso, en un extraño silencio.

¿Por qué no hay nadie en una piscina que es como la Plaza Mayor un día festivo?

Un cartel en la entrada de los vestuarios lo explica: «Disculpen las molestias, cerrado por mantenimiento».

Estoy a punto de darme la vuelta para buscarla en otra parte, cuando escucho un chapoteo.

Camino hacia el ruido, llamándola como haría un personaje torpe de película de terror estadounidense.

Estoy seguro de que ella se mofaría de eso con una sonrisa.

Reconozco a Alicia enseguida por su cabello negro.

Está en el agua, a su lado hay un hombre corpulento.

¡¿Qué hace?! La está obligando a sumergirse presionándola con su peso.

Ella lucha por salir a la superficie y él se abalanza de nuevo sobre su espalda.

Dejo caer el abrigo, me saco las deportivas a trompicones y me lanzo al agua.

El hombre opone resistencia y mi ropa me lastra.

Es un combate desigual y a punto estoy de ahogarme varias veces.

De improviso él abandona la lucha y, con un estilo de crol mucho mejor que el mío, alcanza el borde de la piscina.

Intento detenerlo agarrándole por el pie, pero se zafa con una patada violenta y huye hacia los vestuarios, no sin antes volver la cabeza.

Me giro yo también buscando a Alicia. No está.

Buceo hasta que distingo su silueta. Se hunde en una esquina.

Los mechones de su cabello flotan a cámara lenta, apelmazados por el agua, como algas negras.

Mi jersey de lana empapado se convierte en mi cruz, pesa demasiado y actúa de ancla.

Reúno las fuerzas suficientes para sacarla del agua, sujetándola por los hombros.

Con el corazón desbocado busco su pulso.

No respira. No puedo creer que esto esté pasando.

Comienzo con el boca a boca. No reacciona.

Paso a la reanimación cardiopulmonar y grito que alguien llame a emergencias.

Mi voz apenas se oye, ahogada por mi falta de aliento.

El encargado de la piscina aparece y marca el número.

Cuando llegan los sanitarios, todo se vuelve un torbellino de instrucciones y maniobras que me sé de memoria: desfibrilador, masaje, descarga, masaje.

Escucho las órdenes distantes mientras, congelado, contemplo cómo su cuerpo se estremece.

El sujetador de su bikini negro con letras blancas es una prenda abandonada en el borde de la piscina.

Una de las sanitarias informa que la paciente no responde y detiene el masaje. Despierto de mi estupor y descargo sobre ella mi desesperación, zarandeándola.

—¡Hija de perra! ¡Tenemos que seguir!

Su sorpresa inicial ante mi brutalidad se transforma en pena al ver cómo continúo yo mismo con el masaje. Me agarra del antebrazo, cuando ya ni lo siento.

—Estamos muy por encima del tiempo estipulado para la reanimación. Isaías, tienes que dejarlo.

—¡No lo habéis contado bien!

Busco el reloj en mi muñeca para mostrárselo.

No lo tengo. Por eso llegué tarde. Me cubro la cara con las manos.

Las muñecas me arden, destrozadas por la presión ejercida sobre su tórax, y siento que mi corazón ha sido desmantelado tan violentamente que las piezas de Lego que lo formaban se han perdido.

Ni siquiera dividiendo el suelo en cuadrantes para un muestreo sistemático lograría encontrar esos pequeños ladrillos dispersos.

Me despierto sobresaltado. Gracias a Dios, solo fue una pesadilla.

Entonces mi cerebro conecta con los receptores del dolor de mis muñecas y el mundo se me cae encima.

Me duelen porque Alicia murió ayer. Las lágrimas se abren paso, incontrolables.

¿Qué hice mal? Ella responde desde el fondo del dormitorio, enfundada en un mono negro con unas gafas de realidad virtual cubriéndole los ojos.

—Ser lento. Por eso me eliminaron de la simulación.

La próxima vez, si quieres derrotar al villano, debes darte prisa.

Se te olvidó que en un juego todo es cuestión de tiempo —con aire socarrón, añade—: Por cierto, hiciste un buen negocio llevándote mi cuadro del pez payaso.

Se ha revalorizado. Ya eres un nuevo rico que huele a calcetín sudado y cebolla pocha.

¡Dúchate, que ayer te pasaste el día corriendo inútilmente!

Estalla en una carcajada interminable hasta que su rostro se desvanece ante mis ojos. En su lugar, un hocico lleno de pelos se restriega contra mi mejilla.

—¿Estás bien? ¿Te has tomado alguna infusión de hierbas ilegales? —pregunta Marcos, apartando a Murph de mi cara—. He venido a recoger unos trastos y te encuentro en calzoncillos hablando en sueños en el sofá.

—Uff, me debí quedar dormido después de ducharme. Me iba a casa de los padres de Alicia, acompáñame y lleva tu arma—le pido con la urgencia de quien cree que aún puede enmendar un error.

—¿Mi arma? ¿Pillaste algún parásito en Nigeria? Estás rarísimo.

Le cuento la pesadilla. Al terminar, Marcos guarda silencio. Sospecho que ahora piensa que me he drogado o que he perdido la cabeza, y no estoy seguro de cuál de las dos opciones le parece menos alarmante.

—Tienes demasiada imaginación —concede al fin—. Ya tuviste pesadillas después de lo que le pasó a Karin, pero si te tranquiliza, vamos. —Su tono deja claro que no ve en mi sueño una advertencia sobre el futuro.

El portero del edificio donde viven los padres de Alicia nos recibe sacando un cubo de basura.

Tengo un déjà vu que no lo es, porque nos informa de que la señorita Rivas ha salido al gimnasio.

Si mi corazón no se paraliza al oírlo, debe ser que alguien ensambló mal las piezas de Lego de las que estaba hecho: bombea, sí, pero ya no funciona en términos emocionales.

Veinte minutos después aparcamos en doble fila frente a la piscina.

Entramos corriendo al polideportivo con Murph; en realidad solo yo corro; Marcos y mi perro me siguen, atónitos.

El encargado no tiene tiempo de protestar por nuestra irrupción con ropa de calle y un animal de cuatro patas.

Busco a Alicia entre la multitud. Contengo la respiración y el impulso de lanzarme al agua cuando la veo.

—¿Ha ocurrido algo? —pregunta, angustiada.

No encuentro las palabras; es Marcos quien toma la iniciativa:

—No pasa nada. Isaiah estaba… —hace una pausa dramática mientras yo rezo para que no diga «trastornado»—, preocupado por ti, así que lo acompañé a tu casa. Nos dijeron que estabas aquí.

Me da un codazo para que reaccione, pero sigo aturdido, dando vueltas a cómo sacarla del agua antes de que se ahogue.

No hace falta. Ella sale por su cuenta y se arranca el gorro de baño, liberando su cabello, que sacude para despegarlo de la cabeza.

Sus ojos almendrados, rojos por el cloro, miran a la puerta.

—No es el momento de hablar —dice, mientras coge su toalla.

Marcos, desconcertado por la fría reacción de Alicia, me lanza una mirada, igual que el resto de los nadadores. Tampoco ellos saben qué hacemos aquí con bufandas, un perro meneando el rabo y aspecto de pirados (al menos yo).

—Alicia, por favor, hablamos en el pasillo, ¿ok?

—Tengo frío y prisa —responde, cortante, intentando esquivarme.

—¿Pero te ha dicho algo Sandra? No estaba con ella cuando nosotros…

Me interrumpe:

—¡No, no me ha dicho nada!

Lo dice con ese «no» que en realidad significa todo lo contrario. Como aquella vez en la casa de la Sierra, cuando me aseguró que estaba bien y acabó echándose a llorar.

—Ya te vale, Isaiah —me reprende Marcos; ha supuesto que mantengo una relación paralela con Sandra.

Alicia sale corriendo y Murph da tirones a la correa para seguirla, obligándome a sujetarlo con fuerza. A más de la mitad de los usuarios de la piscina solo les falta la caja de palomitas tamaño XXL para disfrutar del espectáculo gratuito que estamos ofreciendo.

Cuando por fin logro convencer a Marcos, jurándole por nuestra amistad que no estoy con su hermana (ni tampoco acostándome con ella), busco un lugar apartado y la llamo para vernos. Tengo que apretar los puños varias veces para no soltarle nada por teléfono.

*

Sandra aparece en la cafetería puntual como siempre. Inspiro profundamente y exhalo el aire despacio por la boca justo antes de que se siente a mi lado. Su mano se posa sobre la mía, mostrando una familiaridad que ahora me molesta porque consigue mitigar mi rabia.

—Sandra —pronuncio despacio, dejando que su nombre se impregne de lo que, por primera vez con ella, es algo más que un conato de enfado—. ¿Cómo pudiste hacer algo tan ruin?

—¿El qué? —pregunta, retirando la mano con gesto de sorpresa.

—Sabes muy bien el qué.

—No, no lo sé.

—Alicia…

—¿A qué viene esa ahora?

Esa forma despectiva de referirse a Alicia no me ha gustado.

—Marcos y yo te aconsejamos que no vinieras a la fiesta y te empeñaste en asistir.

—¡Era tu fiesta de cumpleaños! ¡No he faltado a ninguna desde que tenías doce años!

La nostalgia se apodera de mí al recordar nuestras batallas de bolas de nieve en la casa de la Sierra, en medio de aquellas celebraciones. Sacudo la cabeza con fuerza, intentando centrarme en el presente.

—Sandra, no mientas. Lo sé todo.

Ella se revuelve en su asiento, al borde del llanto y dice:

—¡No es cierto lo que te ha contado! Yo nunca te haría lo de Lydia.

—¿El qué? —pregunto, ahora perdido.

—Nada.

—Nada, no. Le contaste a Alicia que era un proyecto solidario, igual que llamaste a mis dos relaciones anteriores.

—¡Era una conversación privada con una amiga que escuchó en el baño! ¡No sabíamos que estaba dentro del aseo! No fue a propósito y de todas formas eso es verdad —responde exaltada—. Siempre estás intentando salvar a alguien para sentirte necesario. ¿No te das cuenta de que lo haces por ti?

En cuanto salgo a la calle, llamo a Marcos antes de que Sandra le pida que no me cuente nada. Conoce a Lydia del instituto y estoy seguro de que sabe lo que hizo. Tarda en situarse; sigue bastante confundido conmigo.

—¿Te refieres a lo de Simón? Fue la comidilla en el chat del instituto durante unos días.

—¿Por qué fue cotilleo?

—Porque Lydia se quedó embarazada por accidente después de reencontrarse con él en la reunión de antiguos alumnos.

—¿Accidente?

—Bueno, algunos dijeron que Lydia lo buscó porque Simón le gustaba desde el instituto. Supongo que fueron habladurías malintencionadas.

En ese momento intuyo, con tristeza, que las veces que Sandra me insistió en que tomaba la píldora por problemas hormonales no eran ciertas. Me invade la pena por ella. Se descubrió a sí misma; no imaginó que Alicia se lo callaría.

Murph me recibe en casa, alegre, pero enseguida nota que mi cara larga no va a desaparecer con un simple movimiento de rabo.

Me desplomo sobre la cama boca abajo. ¿Y si Sandra tiene razón?

¿Y si esa doctora en Químicas se ha instalado en mí como una reacción reversible, en la que los reactivos y productos se transforman mutuamente a igual velocidad, creando un equilibrio dinámico?

¿Un «me gusta Alicia y por eso la ayudo» y, al mismo tiempo, «poder ayudarla es la razón de que me guste»?

Murph se enrosca a mi lado. Aunque nunca le dejo subirse a la cama, hoy le acaricio el lomo sin dejar de preguntarme si Alicia solo me importa como parte de mi realización personal.