En tiempo de juego 17 de diciembre
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17 de diciembre

ISAIAH

Recibí el mensaje de Alicia entre el primer y el segundo aviso de mi guardia.

En el segundo, atendimos un accidente de moto.

Tuve que dejar actuar a la otra dotación porque casi cometo un error que podría haberle costado la movilidad al motorista.

Mi compañero no pudo evitar preguntarme si me pasaba algo.

Sí. Voy conduciendo hacia la casa de los padres de Alicia, enfadado conmigo mismo y preocupado por ella.

La palabra «proyecto» en su mensaje no deja de dar vueltas en mi mente.

Solo Sandra la utiliza para referirse a las dos relaciones sentimentales que tuve después de romper con ella.

La calle está llena, así que doy varias vueltas a la manzana.

Finalmente, consigo encajar el coche en un espacio minúsculo.

Toco el telefonillo; Alicia no contesta.

¿Y sus padres? Decido esperar a que alguien entre al edificio para colarme.

Una señora entra con un paquete voluminoso; la ayudo.

Esto de infiltrarme en portales ajenos empieza a ser una afición, o una adicción, según varíe mi dramatismo.

Llevo al menos quince minutos en el rellano cuando oigo unos pasos en la vivienda de enfrente. La mirilla se oscurece: un vecino me vigila. Suena mi móvil.

Alicia: «Quiero descansar. Vete a casa».

Yo: «Por favor, deberíamos hablar en persona».

Alicia: «Otro día, vete».

Yo: «¿Mañana después del trabajo?».

Ya no recibo contestación. Si no quiero acabar interrogado por la benemérita, debería irme como me ha ordenado. Doy media vuelta para bajar.

ALICIA

No pude acostarme hasta que Isaiah se marchó.

Y ahora que por fin estoy en la cama, me cuesta descansar.

Pienso en todas las novelas que leí y en que perfectamente podría ser la protagonista de una de ellas.

Alguien parece estar inventándose una interminable serie de desdichas y enredos solo para mantener entretenido al lector.

Suena intrigante, pero cuando la trama no es ficción y uno es el protagonista, la perspectiva cambia drásticamente.

En los libros, si la tensión es excesiva, siempre se puede ojear el final.

Aquí no. Y si realmente mi vida fuera un libro, probablemente sería uno de tramas alternativas, de esos que nuestros padres nos regalaban para aprender a tomar decisiones.

La gran diferencia es que, en aquellas historias, siempre podías desandar el camino y probar otra opción.

En mi caso, cada una de mis penosas elecciones parece definitiva, sin posibilidad de enmienda.

Cierro los ojos. Mañana iré a nadar. Me ayuda a descansar.

Aún me quedan dos pases y no encontraré a Isaiah; sé que tiene que trabajar.

Ir sola no me da miedo. Lo que me turba es mi respuesta a la pregunta que martillea mi mente con la insistencia del taladro de un piso en obras: ¿y si James de verdad envió a un sicario para matarme y ahora quiere terminar el encargo para cobrar?

Necesito descansar y apartar de mi mente la alarmante emoción asociada a la idea de mi posible muerte.

Porque no es terror, es alivio. Un sentimiento más que añadir al explosivo cóctel de emociones que llevo dentro.

Me encojo de lado bajo el edredón, cubriéndome hasta la cabeza.

De niña, nunca me acostaba boca arriba, ni siquiera para darme la vuelta, por miedo a que los monstruos que yo creía que acechaban bajo la cama alargaran su mano para asfixiarme.

Ahora sé que no se esconden ahí debajo. Los llevo conmigo a todas partes y cada vez campan más a sus anchas en mi cabeza.