En tiempo de juego 16 de diciembre
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16 de diciembre

ALICIA

Hace días que no veo a Isaiah; lo he estado evitando.

Desde que quedé con Santi en el hotel, estoy bastante confundida respecto a los motivos que me impulsan a seguir viéndolo, sobre todo sabiendo que me arriesgo a ser desenmascarada por las mentiras que le conté.

Entre ellas, una nada menor: que el hombre encarcelado como presunto culpable de mi apuñalamiento es solo eso, presunto y no necesariamente culpable.

Por otra parte, la que creía que era mi razón principal, ha quedado descartada: ya no tenemos sexo.

Estoy cansada. Además, tanta consideración suya en la cama me hacía sentir una impostora.

Los escasos momentos de disfrute me dejaban en conflicto conmigo misma.

Intento no pensar más en él y me tumbo en la cama con los auriculares puestos hasta que escucho la alerta de un mensaje. Es de Carla.

«¿Preparada? Te recogemos en veinte minutos».

¿Preparada para qué? Miro el calendario.

Se me ha olvidado que Marcos organizó una fiesta sorpresa de cumpleaños para Isaiah.

Otra laguna en mi memoria. Siempre he sido despistada, pero últimamente mis descuidos se han vuelto demasiado evidentes, incluso en el trabajo.

Como cuando programé un examen y los alumnos salieron de clase sin haberse examinado; o cuando falté a la asamblea de profesores.

Aunque nada supera el día en que olvidé la excursión al Museo de Ciencias Naturales con los alumnos de tercero.

*

En la fiesta, me pierdo en una animada charla entre Sergio, Marcos y Carla, mientras Isaiah saluda a varios amigos. No pasa mucho tiempo antes de que él regrese acompañado de Rosa.

—¿Has visto cuánta gente ha venido al cumpleaños de este amor? —dice ella, agarrándose del brazo de Isaiah.

Él sonríe y comenta que nadie puede resistirse a una buena fiesta organizada por Marcos. Antes de que Rosa intente entablar conversación conmigo, le entrego a Isaiah su regalo: un abrigo azul marino. Lo observo con media sonrisa mientras se lo prueba y comento:

—Para que no te dé un ataque, empezamos con una prenda azul. Si la combinas con amarillo, obtienes tu color favorito.

—¿El verde? —levanta las cejas, buscando a Sergio y a Marcos con la mirada, pidiendo confirmación.

Marcos se muerde el labio para no reír y asiente. Sergio, por su parte, matiza:

—También se pone mucho vaquero y algo en blanco.

Hace un gesto con los dedos, separando un poco el pulgar del índice, para indicar que son solo unas pocas prendas. Marcos se remanga el jersey y agarra la tela de un polo marrón.

—Hace unos años mi madre le regaló esto. No se lo vi puesto ni un día, así que lo cogí para mí.

—Tengo que confesarte algo —interviene Rosa, muerta de risa—: cuando entraste a trabajar con nosotros, te llamábamos «el guardia civil» porque siempre aparecías con jerséis verdes. Por nuestra salud mental, necesitamos una aclaración.

Isaiah sonríe, algo apurado.

—De pequeño, mi madre siempre me vestía de verde para resaltar el color de mis ojos.

Quería dejar clara su opinión frente a mi padre.

Él aseguraba que mis ojos eran azules. Supongo que eso me condicionó y, ahora, en las tiendas, siempre me parece que es el color que más me favorece.

Además, ya tengo tanta ropa de ese tono que combinarla resulta fácil.

Me guardo para mí que un jersey verde musgo y unos pantalones caquis no combinan en absoluto, salvo que estés en medio de una operación militar en la selva.

—Tranquilo, yo te sacaré de ese círculo vicioso —le digo con una sonrisa comprensiva, dándole unas palmaditas en la espalda.

Se ríen todos excepto Marcos.

A las diez de la noche mi energía empieza a decaer y mi conversación a deslavazarse. Pido un zumo de melocotón que tomo con una cápsula de cafeína. Últimamente, este invento me ha salvado más de una vez, evitando que mis alumnos y compañeros de trabajo piensen que he sufrido un golpe en la cabeza.

Antes de volver con el grupo, entro en el aseo. Estoy bajando la tapa del inodoro cuando escucho voces en los lavabos.

—Sandra, ¿has visto a la chica? —pregunta alguien.

¡Ay! Voy a encontrarme con la ex de Isaiah justamente en el servicio. Estoy a punto de abrir la puerta, aunque finalmente no lo hago; provocaría un momento embarazoso. Prefiero esperar a que se vayan, pero no lo hacen.

—Sí, otro proyecto solidario —responde Sandra.

—¿Y a esta qué le pasa? —quiere saber su amiga.

—La engañaron por una aplicación de citas y la apuñalaron, eso me dijo mi hermano.

Isaiah ya se habrá puesto en modo solucionador y habrá intentado rescatarla con su iglesia, su piscina y demás estrategias de su plan de recuperación.

La diferencia es que esta vez Marcos teme que, cuando ella se dé cuenta de que solo es su paciente, eso afecte a su relación con Carla. Es su mejor amiga.

—Tu hermano y tú deberíais mandarle a freír espárragos.

—Ya, pero él e Isaiah son como hermanos.

—Aun así, no entiendo por qué tú volviste a verlo.

—Porque después del desastre de Karin creí que abandonaría sus proyectos, pero no tiene remedio, sigue acogiendo a todos los animalillos malheridos que se cruzan en su camino.

Ahora desearía no haberlo conocido; perdí más de una década con él y, después, solo he encontrado adolescentes perpetuos o segundas vueltas que no están dispuestos a complicarse la vida con más hijos.

Y yo sí querría tenerlos. Monté la guardería porque me encantan los niños.

—Su voz suena cada vez más abatida y temblorosa—. Isaiah habría sido un buen padre.

—¿Y por qué no haces como Lydia? Ya sabes, un embarazo no planeado.

Se hace un silencio.

—¡Ostras! ¿Y no hubo suerte? —exclama su amiga.

—Isaiah no pierde el control, quizá porque eso fue lo que les pasó a sus padres.

—Siempre hay fórmulas para que se desinhiba un poco más.

Una bola se me forma en la garganta al oírlas. Trago saliva sin éxito y termino tosiendo, atragantada. La risa de la amiga de Sandra se corta en seco. Se han dado cuenta de que no están solas. Cuchichean y la puerta de los servicios rechina al abrirse.

De camino a casa, convencí a Isaiah de que el zumo me había sentado mal. No tuve que fingir demasiado; el diálogo entre Sandra y su amiga me había revuelto el estómago.

Me escondo debajo del edredón de emoticonos amarillos que ahora parecen sonreírme diabólicamente.

Esa voz me tortura otra vez: «¿Creíste que podías seguir con tu vida como si nada, después de acabar con la mía?

» No. Solo me apoyaba en Isaiah para no caer mientras él intentaba continuar con la labor que empezó hace casi un año en el suelo de los soportales de mi edificio.

Al menos, gracias a Sandra, ahora sé que no debo postergar la ruptura.

No tengo fuerzas para hablar con él cara a cara.

Le escribo un mensaje y lo programo para que se envíe en unas horas.

«No quise decírtelo en tu cumpleaños. No he conseguido perdonarte que me llevaras a mi piso sin permiso. Es mejor dar por terminado este “proyecto” antes de que acabe mal. Gracias por lo compartido».