10 de diciembre
ISAIAH
A Alicia se le ha olvidado que ayer quedamos en que iríamos a pasear con Murph.
Llevo un rato esperándola en su portal, adoptando sin darme cuenta la postura característica de mi padre: piernas cruzadas, los nudillos de una mano sosteniendo la barbilla y los codos apoyados en los reposabrazos de una butaca granate.
La de mi padre era roja, con motivos florales.
Cuando nos mudamos a España, mi tía nos la regaló tras reformar su casa.
Un asiento estilo Luis XVI no encajaba en la decoración nórdica que había elegido.
Mi padre le dio una segunda vida colocándola en un lugar destacado de nuestro piso.
Solía sentarse en ella cuando quería conferir a sus palabras un tono decimonónico, ya fuera para filosofar con sus amigos o porque la seriedad de alguna charla conmigo así lo requería.
Aprovecho el tiempo muerto para investigar el número de cuenta.
Lo encontré en la carpeta de enviados del correo de Alicia hace dos días, cuando, sin el menor pudor, me comporté como un espía de pacotilla y accedí a su móvil.
El ruido del ascensor detiene mi búsqueda.
Salen dos personas bastante mayores: los padres de Alicia.
Ella me contó que su madre se quedó embarazada cuando ya pensaban en planes de pensiones y no en biberones.
Me levanto y los saludo.
—¡Ah, hola, Isaías! —dice Judith con los mismos ojos afectuosos que su hija—. No sabíamos que la estabas esperando. Todavía está en su habitación. Llámala, no sea que se haya quedado dormida; hoy ha descansado regular.
Aprovecho para iniciar una conversación sobre su hija:
—Me dijo que últimamente no duerme bien.
—Sí, la vemos cansada desde hace tiempo.
—¿Desde enero? Es lógico —respondo, dejando entrever que sé lo que ocurrió ese mes.
Ellos asienten, intercambiando una mirada cargada de impotencia por no haber podido protegerla. Gregorio se recompone rápidamente, se despide con cortesía y avanza hacia la salida. Pero Judith no lo sigue; se acerca y baja la voz hasta un tono de confesionario:
—La verdad es que viene de antes de enero. Ya la vimos derrotada cuando regresó de Londres.
Miro de refilón a su marido, que parece incómodo y quiere irse. Tengo que responder rápido.
—¿Por la ruptura con ese chico?
—No lo sabemos, nos invitaron un fin de semana al piso que compartían allí. Él fue muy hospitalario y parecía encantador.
Gregorio retrocede, visiblemente contrariado, ya sea por no poder irse o por la mera mención de la expareja de su hija.
—Encantador de serpientes —apostilla, tajante—.
Demasiado adulador. Y ese tren de vida, aquellos viajes…
la hicieron vivir en una burbuja que le explotó en la cara.
¿Y no había más mujeres en el mundo para tener que casarse poco después con una de sus mejores amigas?
Eso, en mi lenguaje, se llama represalia.
Su comentario me recuerda que es un militar retirado. En su mente, «represalia» debe tener una connotación bélica, como si Santiago no se hubiera casado con Lucía por amor, sino por una cuestión táctica.
—Gregorio, fue ella quien terminó la relación —le recuerda Judith antes de volverse hacia mí—. Alicia trabajaba en un proyecto financiado por una empresa y estaba a punto de obtener una patente con ellos. Por eso nos sorprendió cuando nos escribió diciendo que regresaba a Madrid.
—¡Algo pasó con ese chico! —insiste Gregorio, frunciendo los labios mientras se frota la frente con los dedos.
—Creímos que nos contaría algo al llegar, pero no dijo nada —explica Judith—. Solo que echaba de menos a su familia y a sus amigos, algo contradictorio, pues se recluyó en su piso.
Gregorio consulta su reloj.
—Llegamos tarde.
Antes de irse, Judith me agradece que haya animado a su hija a salir más de casa.
Los veo marcharse, cabizbajos. Un chispazo de claridad me obliga a salir corriendo tras ellos.
Si existiera una precuela en esta historia, ahora estaría de acuerdo con Gregorio en el título: Algo pasó con Santiago en Londres.
Y ese «algo» bien podría explicar por qué Alicia vendió su coche y dejó de conducir.
—¡Disculpad! Una pregunta: ¿sabéis cuándo vendió Alicia su coche?
Gregorio responde primero:
—¿El Mini? Al regresar de Londres. Necesitaba el dinero para indemnizar a la inquilina de su piso por rescindir el contrato con tan poca antelación. ¿Por qué?
—Se lo habríamos prestado, pero no dijo nada hasta enero. Siempre ha querido mantener su independencia económica —interviene Judith.
—¿Por qué lo preguntas? —insiste Gregorio.
Lo pregunto porque creo que: un accidente automovilístico es lo que pasó con Santiago en Londres.