9 de diciembre
ALICIA
Cierro la puerta de mi habitación y me escondo bajo el edredón de emoticonos amarillos sonrientes.
Por fin sola. Fabricar mentiras y sostenerlas frente a Isaiah ha sido más difícil que con cualquier otra persona.
Por un momento creí que acabaría confesándole que parte de lo que le conté era inventado.
Otra parte, sin embargo, no lo era: él , el hombre que me apuñaló no llegó a agredirme sexualmente.
Ya lo intuíamos tanto la policía como yo, pero confirmarlo ha sido más liberador de lo que imaginaba.
El problema son las preguntas inquietantes que han despertado mis recuerdos recién recuperados: él dijo en mi piso que le iba a mostrar el tatuaje del infinito.
¿Cómo podía saberlo si solo Santi conocía la existencia del tatuaje?
¿Fue esa la causa del malestar que sentí al verlo en su boda con Lucía y, después, en el cumpleaños de Carla?
¿Y también la razón por la que mi mente se había negado a recordar lo ocurrido aquella noche durante todo este tiempo?
Aunque la pregunta principal es otra: ahora que han vuelto a mí las facciones de mi atacante y su tatuaje en el cuello, ahora que sé, con casi total certeza, que el hombre en prisión provisional no es el verdadero culpable, que no es él . ¿Voy a hacer algo al respecto?
Escribo un mensaje:
«Necesito hablar contigo en persona».
La respuesta no tarda en llegar.
*
El amplio vestíbulo del hotel me transporta a una mañana de noviembre de 2022, meses después del atropello y unas horas antes de volar a Londres para afrontar el juicio por ello.
En este lugar Santi y yo mantuvimos la última reunión online con el abogado al que Santi confió mi defensa.
Estaba acusada de conducción imprudente con resultado de muerte y me dejé arrastrar por ellos, inerme, convencida de que cualquier condena sería justa.
Hoy, en la recepción del mismo hotel, me entregan una tarjeta llave envuelta en un díptico que me desea una feliz estancia.
Mi mano tiembla al acercarla al lector de la habitación y la luz roja parpadea, denegándome el acceso.
Antes de que pueda intentarlo de nuevo, la manilla gira.
Santi me abre con un impecable traje gris marengo que deja entrever un jersey negro de cuello alto.
Su pelo, más corto de lo habitual, resalta aún más la calidez de sus ojos. Sonríe y eso me calma un poco.
—¿Cómo estás? —pregunta con su voz aterciopelada.
Hace ademán de abrazarme, pero retrocede bruscamente, como si temiera acercarse demasiado.
La química entre nosotros se conserva y espesa el aire, obligándonos a guardar distancia si queremos avanzar hacia la salita de la suite.
Antes de sentarme, deposito un sobre con un fajo de billetes sobre la mesa de centro.
—¿Es dinero? Te rogué que no me pagaras los honorarios del abogado.
—No he venido por eso —replico, apartando la vista por la intensidad de su mirada.
—No sabes la alegría que me dio tu mensaje. —Aprieta los labios con fuerza—. Te echo mucho de menos.
—¡Dijiste que habías pasado página!
—Quizá pasé página, pero no capítulo.
—No saques tu vena dramática. Quería verte en persona por lo que me pasó en enero.
—¿Por la apendicitis? —Me mira extrañado.
Busco algún rastro de culpabilidad en sus ojos; parecen sinceros. De verdad cree que me extirparon el apéndice. Los minutos siguientes son un interludio de incredulidad, rabia, tristeza y culpa mientras escucha mi relato.
—Deberías habérmelo contado antes —me recrimina, con una voz que ha perdido su potencia habitual—.
Después de que la policía nos solicitara acceso a un perfil de ESlove para investigarlo, reforzamos mucho la seguridad.
—Agacha la cabeza y se cubre los ojos con las manos, muy afectado—.
Lo siento, Ali. Nuestros caminos siguen entrelazados, aunque no como me gustaría.
—Estabas tan furioso cuando regresamos del juicio en Londres que…
—¿Cómo no iba a estarlo? —me interrumpe y alza los brazos, tan enfadado, que se le marcan las venas del cuello—. Estaba harto porque no había forma de que entendieras que el accidente fue inevitable. Te absolvieron de todos los cargos.
—Contrataste al mejor abogado del Reino Unido. —Bajo la mirada hacia los motivos geométricos de la alfombra.
—¡Ya estamos! —exclama—. No superabas el límite de velocidad, el jurado concluyó que tampoco ibas distraída y que su muerte se debió a su maniobra peligrosa. ¡Giró de pronto, cruzándose delante de…!
—Vale —lo interrumpo yo ahora—, pero yo sé que no frené a tiempo porque conducía medio dormida. Quise vivir más intensamente y mira adónde me condujo. Vivir era disfrutar de las pequeñas cosas.
—¡No te vayas por las ramas, como después del juicio! —me reprende—. La visita de Carla y Lucía y la resaca de tu cumpleaños te dejaron agotada, pero esa no fue la causa; la chica no llevaba nada reflectante y no se la veía. Cualquiera habría reaccionado igual.
—Ese fue el argumento del abogado. Sí se la veía; de hecho, gritaste que parara y, aun así, no reaccioné. Si hubiera frenado antes, ella seguiría viva.
Se lleva las manos a la cabeza, aprieta los dientes con impotencia y se hunde en el sillón diciendo:
—Hubo planes tranquilos. ¿O no recuerdas aquellas tardes escuchando música y pintando?
Sus palabras me devuelven a cuando intentábamos imitar el estilo cubista porque, según él, disimulaba mejor su falta de habilidad.
Ahora esos recuerdos tienen un regusto agridulce.
Enderezo la espalda y me obligo a centrarme.
No he venido a revivir la fuerte discusión que tuvimos tras el juicio, sino a deshacerme de una idea.
—Santi, ese hombre dijo algo que solo tú conocías. ¿Es posible que, borracho, se lo contaras a alguien en la barra de un bar y no lo recuerdes?
Me mira, desconcertado.
—¿Qué dijo?
—Que le enseñara el tatuaje del infinito.
—Se lo mencionaste en el chat de la aplicación y no te acuerdas —argumenta rápidamente.
—No lo dije.
—Pues te lo habrás imaginado.
—¡No! —exclamo, cortante—. Lo dijo en mi piso. El médico que me atendió me oyó murmurar después: «dijo infinito».
—Ya, el compañero de piso de Marcos. Me han dicho que te lo estás… —se interrumpe a tiempo y reformula— que estás entretenida. Pues no sé. ¿Tal vez al sentir la muerte cerca, pensabas en mí porque te arrepentías de haber roto conmigo?
Lo ha dicho con tal suficiencia que siembra en mí la incómoda duda de si estará en lo cierto. Aun así, insisto:
—Haz memoria. ¿Le contaste a alguien lo del tatuaje?
Sus ojos se agrandan al darse cuenta de que reveló aquello que, en su momento, fue el símbolo secreto de nuestro compromiso eterno.
—Se lo dije a Marcos. ¿Crees que pudo llegar a oídos de ese depravado por su culpa? ¿O sería demasiado rocambolesco pensar que alguien de moral dudosa, de los que él trata como policía, lo oyera por casualidad?
Hay tantas conexiones inesperadas en esta historia que ya pienso que nada es imposible.
En mi cabeza se abre paso una teoría aún más inverosímil que la de él con Santi: la de él con Marcos.
Al fin y al cabo, ¿qué es un asesino a sueldo sino un hombre de moral cuestionable? Contesto a su pregunta con decisión:
—Quizá no sea rocambolesco. El hombre que me apuñaló podría ser un sicario.
—¡Claaaro! Y tú eres la protagonista de una serie sobre el narcotráfico —ironiza, riendo.
—Lo digo en serio. ¿No recuerdas los dos mensajes de odio que recibí después de atropellar a Nora? ¿Y la amenaza de su novio James cuando el tribunal retiró los cargos contra mí? Quizá se atrevió a cumplirla.
—No es posible. —Sacude la cabeza.
—¿Por qué no? ¿Tú no habrías querido matarlo si la situación hubiera sido la contraria?
—Lo habría destrozado —responde con agresividad—. Pero lo del tatuaje no encaja con un profesional; por lo que me has contado, su intención parecía forzarte, no matarte. —Me ofrece un refresco del minibar y apoya su mano sobre mi hombro antes de añadir—: ¿Le has contado a Carla algo de esto?
—No. Si James realmente contrató a alguien, acabaría imputado por instigar un crimen y ya ha sufrido bastante con la muerte de su novia.
—A mí lo que me preocupa es que salga a la luz lo del atropello —dice, mordiéndose el labio inferior—. Pascual Santolaria no dudaría en usarlo contra mi madre. Las elecciones están a la vuelta de la esquina.
Desde que las redes convirtieron a Santi en un meme por el vídeo del puñetazo y la frase «esta chica es mía», vive convencido de que Santolaria anda buscando una excusa para vincular el nombre de su madre a cualquier titular que incluya la palabra «polémica», aunque gramaticalmente ella no sea el sujeto.
—¡Ya estás exagerando! —lo regaño—. Yo conducía.
—No sabemos qué pasaría si pones en duda la culpabilidad del hombre que está en prisión provisional —advierte, con el miedo en los ojos—. Prométeme que no dirás nada. No merece la pena arriesgarnos.
—Pero estaría pagando un inocente…
—¿No te ha dicho Carla que está ahí por drogar y abusar de alguien? —replica—. Pues se merece cada año de cárcel. Y recuerda lo que hablamos en Londres: si la gente se entera del accidente, te mirarían de otra forma, aunque no tuvieras la culpa. ¿Quieres eso?
Pienso en mis padres, en mis amigas, en mis compañeros de trabajo. Me invade una vergüenza anticipada, paralizante.
—¡No! No diré nada. Lo prometo.
Me despido con la intención de no volver a verlo, ni siquiera en los grandes eventos de nuestros amigos en común:
—Santi, Lucía es una chica maravillosa. Céntrate en ella. Y haz que la música esté más presente en tu vida; cuando cantas, se te ve feliz.
Me giro para marcharme; apresa mi mano.
—No me des consejos sobre mi presente cuando tú estás destrozando el tuyo. Te castigas por un pasado que no puedes cambiar. Las máquinas del tiempo de tus películas favoritas aún no existen.
Abro la puerta, él agarra mi mano con más fuerza.
—Ali, dejarme a mí fue otra forma de castigarte. ¿No ves que todavía nos queremos? ¿Por qué te empeñas en ser tan dura contigo misma? Si de verdad me perdonaste por haberte obligado a conducir aquella noche, perdónate también a ti misma.
Tiro de su mano para soltarme; la aferra con tanta fuerza que me hace daño sin querer. La rabia le cruza el rostro.
—Sé que en el fondo me sigues culpando y no quisiste darme la oportunidad de demostrarte que había cambiado. Me dejaste solo en Londres, como si a mí no me hubiera afectado esa desgracia.
—Lo siento, Santi —me disculpo al leer en sus ojos el rastro amargo de aquel calvario—. Yo también cambié después de aquello.
—No tengo ninguna duda. La antigua Alicia habría luchado por nuestro proyecto de vida en común.
Tiro de mi mano una vez más. No puedo quedarme más tiempo con él.
—Sí, vete ya —dice con resignación, soltándome de repente—. Esta conversación ya es una mezcla de tragedia griega y charla de autoayuda.
Sonríe. Quiere que retenga su sonrisa en la memoria, quizá para darme fuerzas o, tal vez, como una pequeña venganza, para que lo eche de menos.
Salgo corriendo igual que cuando lo abandoné en Londres, porque si lo hiciera despacio me quedaría.
Y es que Santi tiene razón en algo: todavía lo quiero.
Nunca lo culpé por lo que pasó aquella noche.
Si lo aparté de mi vida fue porque sentía que ya no me merecía ni un solo instante más de felicidad.