En tiempo de juego 8 de diciembre
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8 de diciembre

ISAIAH

No esperaba una mejoría inmediata, pero tampoco esa expresión huraña constante. Me repito que es comprensible tras excederme en “mis funciones”, aunque sospecho que desde que recuperó la memoria esconde algo. Hoy, último día de nuestra “escapada”, intento averiguar qué es.

Imagino mi juicio: un juez con toga negra me interroga con severidad. Su voz retumba en la sala.

— ¿Se declara usted culpable de espiar la contraseña del móvil de Alicia Rivas utilizando depuradas técnicas de distracción?

Trago saliva y tratando de defenderme, replico:

— Señoría, con su permiso, lamer el cuello y morder la oreja no son métodos tan sofisticados como el abogado de la acusación quiere hacerles creer.

El juez me lanza una mirada hostil y agacho la cabeza, avergonzado:

— Sí, señoría. Me declaro culpable.

Ese pequeño dispositivo, que ejerce de secretario personal de Alicia, es lo que tengo en mi mano mientras ella se da un baño.

Esta mañana, fue el centro de mi dilema moral cuando se me pasó por la cabeza instalarle una aplicación espía oculta.

Mi Pepito Grillo se encargó de desterrar la idea.

Ilegal. Delito. Cárcel. Son todas palabras bastante disuasorias.

Los minutos de su relajante baño de sales son de intensa actividad para mí. Reviso frenéticamente sus llamadas, sus mensajes y en su correo electrónico, tecleo palabras clave, intentando descifrar un enigma que tal vez solo exista en mi cabeza.

Busco «ESlove»: aparece la confirmación de registro en la aplicación en diciembre de 2022, un mes antes de ser apuñalada.

Pruebo con «informes médicos», «hospital», «infinito», «tatuaje» y «Londres», pero no hay ningún resultado.

«Santiago» me lleva a una foto en una playa paradisíaca, posando los dos muy acaramelados en octubre de 2021.

Con «London» encuentro un correo electrónico con dos capturas de pantalla recortadas: en ellas se ve un número de cuenta y una cantidad cercana a los veinte mil euros. Alicia se lo envió a Santiago en noviembre de 2022, poco antes de registrarse en ESlove y de ser apuñalada.

El sonido de la ducha me obliga a interrumpir mi investigación.

Ella está a punto de salir del baño. Dejo el móvil exactamente dónde estaba, procurando no dejar rastro.

Al menos he corroborado, con casi total seguridad, que Alicia conoció a ese tipo a través de la aplicación de Santiago y he fotografiado el correo con esa suma de dinero.

Siendo sincero, la foto con Santiago en la playa ha despertado en mí una punzada de rivalidad y, aunque es absurdo, siento la necesidad de marcar territorio. Lo sé. Mal. Alicia no es propiedad de nadie. Solo que ahora desearía sentirla un poco más… no como mía, sino conmigo. Me cuelo en el baño.

—¡Qué susto! ¿Qué haces ahí desnudo? —pregunta sorprendida al apartar la cortina.

—Quería ducharme contigo, pero si ya sales, vamos a la cama.

«O al sofá, o a la mesa de la cocina, o a la alfombra, donde sea». Mis ojos recorren su cuerpo y le dedico una sonrisa provocadora.

—Sí, a dormir. Tu idea de darme un baño y tomar una infusión ha sido excelente.

Me acerco para besarla con fervor.

—Tengo sueño.

Me planta un beso casto en la mejilla y sale del baño, envuelta en mi toalla.

Me parece que lo que sí debo depurar son mis técnicas de seducción. ¿O esta ducha de agua fría para calmar mi deseo es la penitencia por haber vulnerado hoy su derecho a la intimidad?