6 de diciembre
ISAIAH
Hoy me ha quedado claro que ayer ella hizo voto de silencio. Se ducha, se viste con la mirada perdida y comemos sin cruzar palabra.
La tarde transcurre en el mismo mutismo, sin que levante la vista de su libro ni un solo segundo.
Yo, incapaz de concentrarme en otra cosa que no sea ella, finjo leer el mío: la nueva obra de Henry Marsh, Ante todo no hagas daño .
Sus dos anteriores forman parte de mis lecturas imprescindibles.
Los tengo en mi mesita de noche desde que, antes de comenzar la residencia en el hospital, me pregunté qué clase de médico quería ser, especialmente después de lo ocurrido con mi padre.
¿Me deshumanizaría dejando la empatía a un lado?
Debía evitarlo a toda costa; sin una verdadera preocupación por el paciente, erraría más y podría acabar cayendo en abusos de autoridad.
Los pacientes se convertirían en clientes de los que extraer un rédito, y yo, en un rehén de la industria.
El problema es que, como bien escribió este sabio neurocirujano en su libro: «Si los médicos hemos aprendido a controlar la empatía, es para protegernos, porque la empatía duele».
Por eso, al acabar la residencia como médico de familia, opté por formarme en urgencias, una especialidad en la que el contacto con el paciente es breve, casi fugaz.
De lo contrario, me implico tanto que acabo metiéndome en líos como este.
Miro de soslayo a Alicia mientras se recuesta sobre la almohada, dándome la espalda. Me molesta reconocerlo, pero creo que la he convertido en una autómata por haberme pasado de la raya.