5 de diciembre
ISAIAH
Alicia no muestra señales de mejoría. Al contrario, desde que le sugerí ir con Rosa a su piso en Hortaleza para después mudarse a él, está cada vez más cansada y perdida en sus pensamientos.
La única vez que aceptó quedarse a dormir conmigo dio más vueltas que Murph cuando busca dónde orinar.
Luego se despertó sobresaltada y pasó un rato llorando.
Ella pensaba que no me enteraba porque le había asegurado que suelo dormir bien, lo cual es cierto, pero también me despierto con facilidad, acostumbrado al descanso fragmentado por los avisos de urgencias.
A la mañana siguiente intenté convencerla de que al menos hablara conmigo; fue en vano.
Movido por la impotencia, organicé un encuentro “inesperado” con Rosa.
Alicia no se levantó de su asiento por mera cortesía hasta que Rosa se marchó.
Entonces ella también desapareció: seis largos días sin querer verme, alegando que no la estaba respetando.
Los viví como en un limbo, buscando descargar la tensión en la piscina mientras mi mente me repetía: «Tienes que hacer algo».
Hace unos días accedió a verme y entonces las vi.
Ahí estaban, colgadas en la entrada de la casa de sus padres: unas llaves con una etiqueta que decía «Alicia».
Desde ese momento una idea me acosó día y noche.
Al principio la intenté ignorar, convencido de que no era la forma correcta de actuar.
Pero a medida que mi inquietud crecía, también lo hacía la tentación de cogerlas; hasta que ayer dejó de ser solo una tentación y se convirtió en un hecho.
Tomé prestadas las llaves: voy a llevarla a su piso en Hortaleza, al lugar donde subió con el tipo que la apuñaló.
Con suerte, los lugares, los objetos y los olores, claves en su caso por su sensibilidad la ayudarán a recuperar y procesar los recuerdos de aquel episodio.
Sin el consentimiento de Alicia, la apuesta recae únicamente sobre mis hombros. Por eso estoy, con las llaves en el bolsillo y sin Rosa, frente al colegio donde Alicia trabaja.
Sale con algunos estudiantes, que me observan con descaro. Conociendo la etapa adolescente, mañana seré tema de conversación en los corrillos del descanso.
—¿Llevas tacones? —le pregunto al verla acercarse. Nunca la había visto con ellos.
—Cuando pongo un examen, así les vigilo desde las alturas —responde—. ¡A ver esa escapada que me tienes preparada!
Esta mañana accedió a llevar, como un juego, un gorro que la cubriera los ojos y así mantener la espontaneidad del destino de “la escapada” hasta el final.
En el coche, me palpa de improviso la rodilla y con un tono mitad burla, mitad advertencia, me dice que, si me da el alto la policía y ella no corrobora mi versión, podrían acusarme de secuestro.
Si no fuera porque nos dirigimos al piso que tiene en propiedad sin su aprobación explícita o implícita, me reiría.
La miro de reojo; tiene el gorro calado casi hasta la nariz, espero que eso baste para neutralizar su agudo olfato.
Intento convencerme de que estoy haciendo lo correcto, no sea que termine yo en chirona y ella en el hospital.
Cuando entramos en su piso, tiene una sonrisa tímida, casi infantil, la de un niño frente a los Reyes Magos con la ilusión de las primeras veces.
Conozco el lugar; lo recorrí esta mañana.
Sobre la encimera de la cocina hay un taco de madera con tres huecos y dos cuchillos.
Deduje que el tercero lo había utilizado aquel tipo para apuñalarla y que ahora está en manos de la policía como prueba del delito.
La pongo de espaldas a ese rincón, evitando que sea lo primero que vea.
Me pego a ella, rodeándola con un brazo, mientras con el otro subo el gorro.
—Esto te puede ayudar mucho; si no, no lo haría —le explico al oído.
No se mueve. No se enfada. Tampoco intenta irse como yo pensaba que haría.
No dice nada. Creo que imagina que todo es un sueño.
Es como una figura de cera y los minutos se me hacen eternos.
De pronto, pide bajar a los soportales. Su voz suena impostada; su semblante es impenetrable.
Esa calma resulta excesiva, casi antinatural.
Me obliga a bajar por las escaleras. Intento convencerme de que el plan va según lo previsto, aunque su reacción haya sido extraña.
Da una vuelta por los soportales del edificio y, sin más, me pide que nos vayamos.
El resto de la tarde transcurre en mi piso, ella es un androide y yo su sombra.
Extrañamente, no ha hecho el más mínimo intento de irse a casa de sus padres, menos mal, porque no puedo dejarla: se fueron al pueblo.
No responde a mis caricias, tampoco las rechaza.
Se le ha olvidado el pijama, así que le dejo algo amplio y cómodo para dormir: una camiseta de un equipo de fútbol americano que le queda muy bien.
Me ordena apagar la luz. Lo hago dócilmente, mientras rezo en silencio para que se recupere de la conmoción y mañana vuelva a ser ella.