13 de noviembre
ISAIAH
Ayer, después de la conversación con Marcos, busqué el vídeo de Santiago.
¿Quién iba a imaginar que, aunque ya no esté disponible, existió un registro gráfico que mostraba su carácter explosivo?
Por lo que deduzco de algunos memes basados en aquel material, Santiago profirió insultos a dos jóvenes que lo grababan mientras estaba bebido y, acto seguido, le dio un puñetazo a uno de ellos, gritándole que su chica era solo suya. Bochornoso.
Las novedades de ayer fueron su relación con Alicia y su mal carácter; la de esta mañana fue que ambos aparecieron fugazmente en la prensa, tras hacerse viral el vídeo.
He encontrado una foto de los dos entrando en un restaurante con los padres de él y un par de artículos en los medios afines al Gobierno que criticaban veladamente a su madre, Dalia Castellanos, insinuando que proyecta una imagen ética que no habría transmitido a su hijo: «un joven ebrio, violento y con actitudes machistas».
Tal vez el presidente Santolaria no creó la ocasión, pero sí parece que supo aprovecharla para erosionar la imagen de su rival.
Recuerdo que la madre de Santiago había dado el salto a la política un año antes, llamando la atención por sus propuestas económicas y por un discurso alejado de la retórica habitual.
Miro el reloj; aún tengo tiempo de ver la que califican como su entrevista más personal; quizá hable de Santiago. Le doy a reproducir.
En el vídeo explica que su hijo mayor, Rodrigo, la provocaba para que entrara en política.
Sabía que ella lo veía como un privilegio, aunque la frenaba la desconfianza que suele generar dar el paso desde el sector privado.
Tras la muerte de Rodrigo, cuenta que encontró en su ordenador una carpeta titulada PROYECTO.
Dentro había archivos que revelaban la interdependencia entre empresas españolas y distintas aplicaciones desarrolladas por su compañía Q, además de planes para futuras plataformas.
El objetivo de su hijo era crear un ecosistema digital basado en inteligencia artificial que funcionara como asistente personal, capaz de simplificar las tareas cotidianas y dejar más tiempo para cultivar las relaciones humanas.
El proyecto iba acompañado de una reflexión que la entrevistadora lee en voz alta: «Las experiencias compartidas son los recuerdos que ocupan un lugar central al final de la vida».
Aquel legado llevó a Dalia a preguntarse cuál sería su propio proyecto en mayúsculas.
Su respuesta, dice, fue inmediata: «Contribuir a construir un futuro mejor para las próximas generaciones».
Cierro el vídeo. Es una mujer que inspira empatía, dejando claro que su incursión en política tiene un trasfondo personal: honrar la memoria de su hijo.
Varios analistas la describen como una estratega rodeada de un equipo preparado, con ganas reales de trabajar por el país.
Comparto esa opinión; por eso voy a votarla en las elecciones generales dentro de dos meses, aunque me queda la duda de si logrará cumplir sus medidas cuando las artimañas políticas la pongan a prueba.
En cuanto a Santiago, no ha vuelto a aparecer en los medios salvo por una breve reseña de su boda en la prensa rosa. ¡Rosa! Me había olvidado de que la estaba esperando. Viene hacia mi mesa.
—Te he visto ocupado y no he querido molestarte. Toma tu té. ¿Te dio entonces sus informes?
«Técnicamente, no». Alicia me mata y Rosa me remata si se enteran de que rebusqué en el dormitorio de la primera y en un golpe de suerte, encontré un escueto documento.
—No es reciente, pero al menos puedo ver la terapia que siguió —dice Rosa, mientras se baja las gafas de lectura—. Yo insisto en que la terapia que utiliza movimientos oculares para reprocesar los recuerdos la ayudaría a liberar el trauma que ha olvidado o reprimido.
—Ni siquiera ha abierto los vídeos que me enviaste.
Rosa se queda unos segundos en silencio antes de contestar:
—Quizá debería regresar al piso donde se produjo la agresión acompañada por un terapeuta. No sería mi primera opción, pero es otro recurso para recuperar los recuerdos y confrontar las emociones asociadas.
—Imagino que durante la investigación ya la llevaron para reconstruir los hechos.
—Eso no tiene un enfoque terapéutico.
—¿Crees que aceptará?
—Bueno, me dijiste que el piso que tiene en Hortaleza sigue vacío, que no lo alquiló porque quería volver a él.
Pero aún no lo ha hecho. Quizá no se atreve a dar ese paso.
Puedo acompañarla. —Agarra mi mano, obligándome a dejar de rascarme la frente como si quisiera abrirme un surco, y me atusa el pelo—.
Isaiah, amor, ¿quieres saber mi opinión sobre la actitud de esta chica?
—Claro.
—Creo que se está negando a recordar por miedo a lo que pueda descubrir, y al mismo tiempo la incertidumbre de lo que pudo pasar es una tortura que no la deja respirar.
—O… —levanto el dedo índice, buscando en el aire otro motivo para su resistencia— se responsabiliza de su propia agresión. La psicoterapeuta que la trató se lo dijo a una amiga suya.
—En cualquier caso, no escucha tus consejos porque está aterrada o no cree merecerlos.
Sus palabras me asustan. No puedo evitar recordar mi breve relación con Karin, una chica alemana que también ignoró mis recomendaciones.
Todavía hay demasiados cabos sueltos en la historia de Alicia, entre ellos, por qué se siente culpable de su propia agresión, pero hay algo que tengo claro: haré todo lo que esté en mi mano para que su historia no termine como la de Karin.